El brindis fue con un Schramsberg Blanc de Noirs, un espumoso californiano cargado de simbolismo diplomático. No fue casual: era el mismo vino descorchado en Pekín en 1972 durante el llamado “Brindis por la Paz”, cuando Richard Nixon y Zhou Enlai sellaron el acercamiento entre Estados Unidos y la China comunista. Aquella copa abrió una fisura en la Guerra Fría, permitió a Washington contrapesar a Moscú y ofreció a Pekín una vía de entrada al mundo que transformó al país. Medio siglo después, Donald Trump y Xi Jinping volvieron a brindar en Washington, pero ahora la escena reflejaba menos apertura y más una convivencia tensa entre dos potencias interdependientes.
En su discurso en la cena de Estado, Trump presentó la cumbre como el encuentro entre dos modelos distintos condenados a entenderse. Reconoció las diferencias políticas entre ambos líderes, pero enfatizó que “los lazos entre nuestros pueblos perduran” y aseguró que nunca habían estado mejor las relaciones. Afirmó además que ambos países podían construir una relación que promoviera prosperidad y seguridad para las próximas generaciones, intentando enmarcar la rivalidad estratégica en términos de cooperación.
Como gesto simbólico, Trump obsequió a Xi una escultura de un águila calva, emblema nacional de EE. UU., creada por un artista estadounidense y diseñada por la primera dama y él. La pieza, dijo, representa el “espíritu libre y audaz de EEUU” y expresó su deseo de que encuentre un lugar en Pekín, una ofrenda patriótica envuelta en cortesía diplomática.
La Casa Blanca preparó una escenografía pensada para agradar al invitado: predominó el rojo, color asociado en China con la fortuna y el poder, en mantelería y arreglos florales. Xi acudió con un traje Zhongshan —conocido en Occidente como “traje de Mao”—, que evoca austeridad revolucionaria y autoridad, y la primera dama Peng Liyuan vistió una larga túnica roja, subrayando la intención de deferencia en cada detalle del evento.
El menú cerró con helado de vainilla, confitura de cerezas ácidas sobre frangipane de nueces y un helado con miel cosechada en la Casa Blanca. La lista de invitados fue igualmente reveladora: empresarios y ejecutivos tecnológicos como Elon Musk (SpaceX), Jensen Huang (Nvidia), Sam Altman (OpenAI), Tim Cook (Apple), Sundar Pichai (Google), Satya Nadella (Microsoft), Jamie Dimon (JPMorgan Chase), Jane Fraser (Citigroup), James Taiclet (Lockheed Martin) y Albert Bourla (Pfizer). La élite empresarial estadounidense coincidió en la mesa con el líder del país que Washington define simultáneamente como rival sistémico, mercado esencial, fábrica crítica y desafío tecnológico.
Trump agasajó a Xi con una jornada de alta ceremonia: recepción oficial, himnos, casi 500 militares en el Jardín Sur y el sobrevuelo de un bombardero B-2 Spirit escoltado por cuatro F-22 Raptor. El gesto combinó respeto al invitado con una demostración de poder. Trump habló de paz, prosperidad y decisiones con impacto a largo plazo. Xi apeló a la estabilidad en la relación y a la amistad entre los pueblos, y planteó que el “gran rejuvenecimiento de la nación china” y el objetivo de fortalecer a EE. UU. pueden avanzar simultáneamente.
La visita dejó más ritual que resultados concretos. Washington consiguió una prórroga limitada de la tregua comercial: el acuerdo para frenar la guerra arancelaria se extendió dos meses, según aclaró el secretario del Tesoro, Scott Bessent. Esa extensión da oxígeno, pero no resuelve los problemas estructurales del conflicto comercial.
Pekín habló de un “nuevo acuerdo conjunto” en materia comercial, presentado como una noticia positiva para empresas y economías, pero ofreció pocos detalles. Trump insinuó avances en un mecanismo que permitiría reducir de forma equivalente aranceles sobre productos no estratégicos. En la práctica, la cumbre sirvió para aplazar tensiones y mantener canales abiertos en un año en el que ambos líderes pueden volver a encontrarse en APEC en Shenzhen y en el G-20 en Miami.
Taiwán volvió a ocupar el papel habitual en estos encuentros: el centro implícito de la agenda. Según medios oficiales chinos, Xi pidió a Trump manejar “con prudencia” la cuestión y que Estados Unidos se opusiera a la independencia de la isla. Esa redacción es relevante: EE. UU. mantiene desde hace décadas una postura deliberadamente ambigua sobre Taiwán, que preserva el statu quo sin aceptar la formulación explícita que Pekín demanda. No hay, por ahora, indicios de que Washington vaya a cambiar oficialmente ese lenguaje.
Xi también mencionó la llamada “trampa de Tucídides”, la tesis de que la rivalidad entre una potencia emergente y otra establecida puede conducir a la guerra. Afirmó que ese desenlace es evitable y, al mismo tiempo, subrayó la necesidad de diálogo regular entre ejércitos y mecanismos de prevención de crisis, recordando los riesgos que pesan sobre la relación: una escalada en Taiwán, en el mar de China Meridional o en el ámbito tecnológico podría derivar en confrontación militar.
La inteligencia artificial puso de manifiesto contrastes en el enfoque regulatorio. Trump ha defendido un trato menos restrictivo, proponiendo que el Departamento de Justicia supervise en vez de imponer nuevas barreras, y llegó a afirmar que China compartía esa visión. Xi empleó un tono más pro-regulación: dijo que, como líderes en IA, China y EE. UU. tienen la capacidad y la responsabilidad de desarrollar y gestionar esta tecnología para el bien común, manteniéndola bajo control humano. Pekín intenta proyectarse como promotor de gobernanza internacional de la IA mientras consolida uno de los sistemas de control algorítmico más avanzados.
El editorial del Global Times, periódico nacionalista chino, resumió la lectura que Pekín quiere transmitir: la visita aporta “confianza” para construir una relación estratégica y estable, y defendió que China y EE. UU. deben ser “socios, no rivales”, manteniendo la competencia dentro de límites razonables. El texto argumentó que sin cooperación bilateral será difícil abordar desafíos como la recuperación económica, conflictos regionales, la gobernanza de la IA, el ciberespacio o la exploración espacial.
La prensa internacional fue más crítica: la percepción general fue que la cumbre enfrió tensiones superficiales sin alterar la estructura del conflicto. Trump logró proyectar la imagen de un estadista capaz de recibir al líder chino con honores militares y la presencia de destacados empresarios tecnológicos. Xi, por su parte, obtuvo una escena de reconocimiento en Washington que refuerza la posición de China como interlocutor inevitable en la política global.
No obstante, las cuestiones de fondo permanecen sin resolver: aranceles, controles a la exportación de semiconductores, la presión militar en torno a Taiwán, la competencia tecnológica y la desconfianza estratégica siguen siendo puntos centrales de fricción.
El detalle del Schramsberg subrayó la ironía histórica: en 1972 Nixon y Zhou celebraron una apertura que transformó el mundo. En 2026, Trump y Xi brindaron con el objetivo de evitar que ese mundo se fracture en dos. Entonces, EE. UU. necesitaba a China para equilibrar a la Unión Soviética y China necesitaba salir del aislamiento. Hoy, ambos se necesitan para sostener la economía global, pero actúan como adversarios que se miden en cada chip, puerto, cable submarino y algoritmo.

