30 de octubre de 2026
Buenos Aires, 18 C

Última misa en Ucrania: capellán pide no matar salvo necesidad

Última misa en Ucrania: capellán pide no matar salvo necesidad

Los reclutas, algunos con edad suficiente para haber hecho la mili en la URSS, afrontan su primera misión de combate y se nota su nerviosismo: fuman compulsivamente y conversan en voz baja. Acaban de terminar la instrucción y el mando considera que están preparados para lo que nadie puede preparar por completo: matar y morir. Para acompañarlos en ese trance llega una figura tradicional en el ejército ucraniano desde la época de los cosacos: el capellán.

Sergií Sager (42 años), de humor cortante y mirada avispada, llega al campamento escondido en el bosque, última parada antes del frente. Allí inicia su rito: se pone la sotana y la estola ortodoxa (felón) encima del uniforme de combate y cuelga una cruz del cuello. “Esta cruz la tomé de la iglesia de Sudzha. Es un suvenir de guerra” —dice riéndose—. Sudzha es una de las ciudades rusas que el ejército ucraniano tomó en 2024 en la región fronteriza de Kursk.

– ¿Por qué quiso ser capellán?

– No fue una elección mía ni lo buscaba. Servía como desminador en una compañía y un día llegó una orden del comandante: “Entrega el fusil”. Pregunté por qué y el jefe de brigada decidió que pasara al servicio de capellanía. Luego me ascendieron; ahora soy capellán de batallón con rango de capitán.

– ¿Cuánto tiempo lleva sirviendo? ¿En su familia hay tradición religiosa?

– Estudié teología, soy profesor de religión y sacerdote desde 2011. Mi familia, sin embargo, sufrió la represión soviética: a mi abuelo lo torturaron en algún lugar de Rusia y la familia quedó destrozada. Éramos una familia grande; en nuestro linaje hubo incluso una baronesa. Conozco las tumbas de mi bisabuela, mi abuelo y mi abuela por su nombre.

En su discurso a los soldados canta salmos con el canto ortodoxo, que suenan extraños junto al rugido de las bombas que explotan a kilómetros. Pronuncia una frase que queda: “No matéis si no es estrictamente necesario”. Es una observación marcada por la tensión entre las normas religiosas y la realidad de la guerra: lo que en paz es el mayor delito —matar intencionalmente— aquí se mezcla con la defensa y se celebra la eficacia militar. Terminada la misa, le preguntamos:

– Yo no pido a estos hombres que maten, les pido que defiendan su tierra.

Al padre Sager lo hemos visto llegar con una pistola en una funda sobaquera de cuero.

– ¿Por qué un sacerdote lleva un arma?

– Al principio pensé que no la llevaría. Somos cristianos ortodoxos y no pretendo matar con ella. Oficialmente los capellanes somos personal no combatiente, pero si hay peligro —por ejemplo, drones alrededor— no vamos a quedarnos de brazos cruzados si hace falta actuar para salvar a nuestros compañeros. Quien sacrifica su alma por sus camaradas, se salvará.

Como acto final, el padre Sager saca una garrafa de plástico con agua bendita y, con un escobillón mojado, va bendiciendo a cada soldado. Ellos cierran los ojos ante la descarga de agua.

– ¿Cómo es un día normal para usted?

– Visito unidades de combate: a veces gestiono condecoraciones para quienes lo merecen y otras veces doy apoyo, tanto a creyentes como a no creyentes. Voy a posiciones de primera línea; mi última rotación empezó el 6 de octubre y paso tres días en cada refugio con mis compañeros.

– ¿Ha estado cerca de la muerte en esta guerra?

– Con regularidad. Incluso sobreviví a dos ataques con misiles balísticos Iskander hace dos meses.

El padre guarda la garrafa con el agua sobrante y saca de su mochila pequeñas biblias de bolsillo con oraciones para combatientes y una estampa plastificada.

– ¿Cómo es una confesión dentro de una trinchera?

– Visito al soldado y rezamos juntos; el servicio es breve. Luego quien quiere se confiesa individualmente, a veces incluso por teléfono. Hay también una oración para quien no ha podido confesarse. Eso suele calmar el alma y ayuda.

– ¿Cuántos funerales ha oficiado? [Mira hacia el suelo, guarda silencio unos segundos y sus ojos se vuelven acuosos por unos instantes].

– Es la parte más dura del trabajo. Ya dejé de contarlos. Enterré a un amigo y fue muy difícil: llevaba el mismo uniforme que yo. Quería estar solo, pero me asustaba quedarme aislado. Luego me enviaron diez días a un curso sobre ayuda a militares en combate activo con un psiquiatra, y tras eso me encontré mejor.

– Como cristiano ortodoxo, ¿podría perdonar algún día a los rusos?

– Es una pregunta complicada. Como sacerdote entiendo la necesidad de perdonar, pero también veo que a muchos los envían aquí como si fueran esclavos.

– Si tuviera delante a un capellán militar ruso, ¿qué le diría?

– Pide perdón por tus pecados.

– ¿Ha tenido alguna crisis de fe en estos años?

– No, al contrario. Una vez pisé una trampa explosiva que no detonó sin que aún sepa por qué. Pensé que Dios quiso que no fuera mi hora. Eso reforzó mi fe.

Varios soldados le piden el teléfono antes de partir. En el lugar al que van, rodeado de peligro, cualquier ayuda resulta importante. El padre se quita la vestimenta de capellán y vuelve a ponerse el uniforme militar.

– ¿Cómo imagina el día en que termine la guerra?

– Quiero reunir a toda mi familia, ir a un lago y pasar tres días pescando.

Artículo anterior

Testigo de 13 años cambia el caso Nancy Godoy

Artículo siguiente

Brasil exige a Argentina explicaciones por la fuga de Bolsonaro con apoyo de Milei

Continuar leyendo

Publicidad Izquierda del Artículo
Publicidad Derecha del Artículo

Últimas noticias

Comienza el Mundial en: