Durante los cuatro años que viví en Kyiv hubo tramos prolongados en que las alarmas aéreas sonaban cada noche; en otros, los ataques se repetían semanalmente, también de noche. Desde julio de 2026 los rusos emplearon con más frecuencia misiles balísticos y Ucrania dispuso de menos interceptores Patriot PAC-3 para enfrentarlos. En la práctica, ese tipo de ataques deja muy poco tiempo para llegar a los refugios; a veces primero se oye la detonación y luego la alarma.
A la mañana siguiente de cada ataque la gente vuelve al trabajo, cansada pero decidida a mantener su vida cotidiana. Los equipos técnicos reparan rápidamente subestaciones eléctricas, los cafés sustituyen las vitrinas rotas por planchas de madera, las estaciones de metro, que sirvieron de refugio nocturno, recuperan su función habitual. Desde agosto, además, se volvieron frecuentes los ataques diurnos con drones a reacción, más difíciles de derribar, lo que hace aún más frágil esa normalidad construida en medio del conflicto.
La población teme un invierno más duro que el anterior: peor calidad de vida por falta de calefacción, electricidad y, en ocasiones, agua corriente, y mayor destrucción de infraestructuras críticas. Sin embargo, esa perspectiva no ha minado la determinación ucraniana: cuando la alternativa es desaparecer como nación, democracia y sociedad libre, la opción es resistir.
El sufrimiento de la población no es el resultado de una catástrofe inevitable, sino de una agresión armada que vulnera el derecho internacional. El Consejo de Seguridad de la ONU, encargado de garantizar la seguridad colectiva, no pudo imponer una respuesta porque Rusia ejerce veto y es potencia nuclear. Ante ese bloqueo, aliados de Ucrania prestaron un apoyo extraordinario; la movilización de la sociedad ucraniana permitió la resistencia y la ayuda exterior la sostuvo.
Ese apoyo exterior ha sido notable, pero llegó de forma gradual. Muchos sistemas de armamento fueron inicialmente excluidos y solo más tarde entregados; ciertas restricciones de uso se relajaron con el tiempo. La pregunta constante fue no solo qué necesitaba Ucrania, sino qué estaban dispuestos a suministrarle los socios sin provocar una escalada. Un envío tardío de armas llega a otro escenario de guerra: el adversario ha tenido tiempo para fortificarse, dispersar suministros y aprender a neutralizar sistemas nuevos.
La financiación también fue lenta y disputada: exigió negociaciones internas y sufrió bloqueos de meses, tanto en Europa como en Estados Unidos durante la administración Biden. Con Trump, las nuevas aportaciones estadounidenses se redujeron casi a cero. Rusia pudo interpretar esos debates como señales de debilidad y confiar en poder prevalecer, mientras Ucrania seguía en combate.
Que se hayan aprobado más de veinte paquetes de sanciones en Europa refleja tanto el aumento de la presión como los límites del gradualismo. Las medidas para reducir la dependencia energética rusa incluyeron excepciones y plazos transitorios para evitar una crisis económica aguda y atender circunstancias de ciertos socios. Rusia aprovechó ese tiempo para reorganizar sus intercambios y sortear restricciones.
El paso del tiempo altera el contexto: existen otras guerras, problemas fiscales y prioridades que compiten por atención. Por ejemplo, la respuesta regional a los ataques iraníes en la actual guerra del Golfo consume interceptores que Ucrania necesita. Además, el aumento del precio de los hidrocarburos proporciona a Rusia ingresos adicionales —aproximadamente el 1,4 % del PIB— que le permiten financiar armamento y contratar combatientes, contrarrestando en parte el efecto de las sanciones.
Ese mismo factor temporal ha afectado a Estados Unidos y puede hacerlo en Europa: la voluntad política que existe en un momento concreto no permanece indefinidamente disponible.
Mientras Ucrania conserve la capacidad y la voluntad de impedir que Rusia imponga su objetivo político, apoyar su resistencia es una contribución directa a la seguridad europea y al orden internacional en el que Europa se reconoce.
Pero el tiempo no es ilimitado. Sería un error pensar que, porque Ucrania ha resistido hasta ahora, la urgencia ha desaparecido. Rusia busca un punto de ruptura en el que la guerra se incline a su favor y usa el tiempo para adaptarse. Los socios de Ucrania deben emplear ese mismo tiempo para que su transcurso no equivalga a terreno cedido. Hay al menos cuatro ámbitos concretos en los que conviene actuar antes del invierno.
Primero, en la Unión Europea permanecen inmovilizados unos 210.000 millones de euros de activos del Banco Central ruso. Sus rendimientos ya se destinan a apoyar a Ucrania, pero el principal sigue intacto. Existen riesgos jurídicos y financieros para utilizar ese capital ahora, pero también cabe considerar el riesgo de reservarlo solo para indemnizaciones futuras cuando las necesidades de la guerra puedan ser mayores. Es preciso encontrar una fórmula jurídicamente sólida, con reparto de riesgos entre Estados, que permita movilizar ese valor inmediatamente.
Segundo, Ucrania puede seguir imponiendo costes directos a Rusia. Kyiv denomina “sanciones de largo alcance” a los ataques contra instalaciones rusas que sostienen materialmente la guerra. En septiembre atacó las seis mayores refinerías productoras de diésel y obligó a tres a reducir o detener su producción. Apoyar esa capacidad introduce en el cálculo ruso costes inmediatos por continuar la agresión.
Tercero, Ucrania necesita con urgencia interceptores PAC-3 para detener la cadena de misiles balísticos que destruye infraestructuras y busca aterrorizar a la población. Esos sistemas no solo están en arsenales occidentales, sino también en Asia oriental y en países del Golfo, donde tienen demandas propias. Kyiv ha ofrecido a naciones del Golfo asistencia y equipos contra drones a cambio de interceptores. Europa contribuye a financiar entregas antiaéreas y compensaciones por cesiones, pero aumentar la disponibilidad futura no suple la necesidad de defensas inmediatas este invierno. Este es uno de los reclamos más insistentes del presidente ucraniano a sus socios.
Cuarto, en el plano diplomático, poner fin pronto a la guerra del Golfo no es solo una prioridad por sus efectos en la economía global: a través de Ucrania, esa guerra incide directamente en la seguridad europea. Por ello Europa debería implicarse con intensidad en la búsqueda de una solución negociada en el Golfo.
En 2022 el apoyo occidental fue decisivo para evitar que Rusia anulara la independencia de Ucrania. En 2027 seguirá siendo esencial para impedir que el desgaste consiga gradualmente aquello que la invasión no logró de inmediato.
Este invierno será probablemente el más duro para los ucranianos. Aun así, no pueden ceder. Los socios de Ucrania, por su parte, deben recordar que no controlan el tiempo: el momento para actuar con decisión en apoyo de Ucrania es ahora.
*Ricardo López-Aranda es diplomático español. Fue embajador de España en Ucrania de julio de 2022 a agosto de 2026. Este artículo expresa sus opiniones personales.

