26 de septiembre de 2026
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Apoyo a Ucrania antes del invierno

Apoyo a Ucrania antes del invierno

Durante los cuatro años que viví en Kyiv hubo periodos en los que las alarmas aéreas sonaban cada noche y otros en los que los ataques se producían semanalmente, con oleadas nocturnas. Desde julio de 2026 los rusos aumentaron el uso de misiles balísticos mientras los ucranianos contaban con menos interceptores Patriot PAC-3. En la práctica, esos misiles dejan muy poco tiempo para alcanzar refugios; a veces se oye la detonación antes de que suene la alarma.

Tras cada ataque, la gente acude al trabajo al día siguiente con cansancio y ojeras, pero intentando mantener la rutina. Equipos técnicos reparan subestaciones con rapidez, los cafés reabren sustituyendo sus vitrinas por tablones, las estaciones de metro se vacían tras la noche de refugio y recuperan su función habitual. Desde agosto se añadieron ataques diurnos con drones a reacción, más difíciles de abatir, lo que dificulta aún más sostener la normalidad cotidiana construida en medio del conflicto.

Hay preocupación por un invierno potencialmente peor que el anterior: cortes de calefacción, electricidad y a veces de agua, además de más destrucción de infraestructuras críticas. Esa perspectiva no conduce al colapso inmediato; cuando la alternativa es la desaparición como nación, democracia y sociedad libre, la opción dominante es resistir.

El sufrimiento ucraniano no es fruto de una catástrofe inevitable sino de una agresión armada que viola el derecho internacional. El Consejo de Seguridad de la ONU no pudo articular una respuesta por el veto ruso y su condición de potencia nuclear. Ante ese bloqueo, los socios de Ucrania prestaron un apoyo extraordinario. La movilización de la sociedad ucraniana hizo viable la resistencia y la ayuda exterior la sostuvo.

El apoyo exterior fue notable pero gradual. Muchos sistemas de armamento estuvieron inicialmente excluidos y luego se entregaron; algunas restricciones de uso se relajaron con el tiempo. La cuestión no era solo qué necesitaba Ucrania, sino qué estaban dispuestos a suministrar sus socios sin provocar una escalada con Rusia. Una entrega tardía cambia el escenario: el adversario aprovecha el tiempo para fortificar posiciones, dispersar depósitos y aprender contramedidas.

La financiación también requirió tiempo: negociaciones internas y bloqueos que duraron meses, tanto en Europa como bajo administraciones estadounidenses. Con la llegada de Trump, las nuevas aportaciones estadounidenses casi se detuvieron. Rusia pudo interpretar esos debates como señales de debilidad, mientras Ucrania seguía defendiendo su territorio.

Que se hayan aprobado más de veinte paquetes de sanciones en Europa refleja tanto la presión ejercida como los límites del enfoque gradual. Las medidas para reducir la dependencia energética rusa incluyeron excepciones y periodos transitorios para evitar una crisis económica mayor y atender circunstancias de socios concretos, lo que dio a Rusia margen para reorganizar intercambios y evadir restricciones.

El paso del tiempo cambia el contexto: otras guerras, crisis fiscales y prioridades compiten por atención y recursos. Por ejemplo, la respuesta regional a ataques iraníes en la actual guerra del Golfo consume interceptores que Ucrania necesita. Además, el aumento del precio de los hidrocarburos aporta a Rusia recursos adicionales —equivalentes a aproximadamente el 1,4 % del PIB— para fabricar armamento y contratar personal, lo que mitiga parte del efecto de las sanciones.

El factor tiempo también afecta a la coalición de apoyo en Estados Unidos y puede afectarla en Europa: la voluntad política no se conserva de forma indefinida.

Mientras Ucrania mantenga la capacidad y la determinación de impedir que Rusia imponga su objetivo político, apoyar su resistencia es una contribución directa a la seguridad europea y al orden internacional en el que Europa se reconoce.

Pero el tiempo no es infinito. Sería un error pensar que, por haberse sostenido hasta ahora, ha desaparecido la urgencia. Rusia busca alcanzar un punto de ruptura favorable y usa el tiempo para adaptarse. Los socios de Ucrania deben emplear ese tiempo para que su transcurso no suponga terreno cedido. Conviene actuar con prioridad en al menos cuatro ámbitos antes del invierno.

Primero, en la Unión Europea permanecen inmovilizados unos 210.000 millones de euros del Banco Central ruso. Los rendimientos de esos activos ya apoyan a Ucrania, pero el principal sigue bloqueado. Hay riesgos jurídicos y financieros en utilizarlos, pero también el riesgo de reservar ese valor para indemnizaciones futuras cuando la guerra pueda empeorar por falta de recursos. Es necesario acordar una fórmula jurídicamente sólida y con riesgos compartidos entre Estados europeos para movilizar ese valor ahora.

Segundo, Ucrania puede seguir imponiendo costes directos a Rusia. Kyiv llama “sanciones de largo alcance” a los ataques contra instalaciones rusas que sostienen materialmente la guerra. En septiembre atacó las seis mayores refinerías productoras de diésel y obligó a tres a reducir o detener significativamente su producción. Apoyar esa capacidad introduce costes presentes para Moscú por continuar la agresión.

Tercero, Ucrania necesita de forma urgente misiles interceptores PAC-3 para frenar la lluvia de misiles balísticos que destruye infraestructuras y pretende aterrorizar a la población. Los PAC-3 no solo están en arsenales occidentales, sino también en Asia oriental y en países del Golfo, donde se emplean contra amenazas propias. Kyiv ha ofrecido a países del Golfo experiencia y equipos contra drones a cambio de interceptores. Europa contribuye a financiar entregas y compensar cesiones, pero aumentar la disponibilidad futura no sustituye las defensas necesarias este invierno. El presidente ucraniano insiste en ello con insistencia y vehemencia.

Cuarto, en el plano diplomático, poner fin rápidamente a la guerra en el Golfo no es importante solo por sus efectos en la economía global: a través de Ucrania sus consecuencias inciden directamente en la seguridad europea. Por eso Europa debería implicarse intensamente en la búsqueda de una solución negociada en el Golfo.

En 2022 el apoyo occidental fue decisivo para evitar que Rusia eliminara la independencia de Ucrania. En 2027 seguirá siendo decisivo para impedir que el desgaste logre con el tiempo lo que la invasión no consiguió de manera inmediata.

Este invierno será el más duro para la población ucraniana. Aun así, no pueden ceder. Los socios de Ucrania deben recordar que no son dueños del tiempo: el momento para actuar de forma decisiva es ahora.

*Ricardo López-Aranda es diplomático español. Ha sido embajador de España en Ucrania de julio de 2022 a agosto de 2026. Este artículo expresa sus opiniones personales.

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