Ram Thakur, de 9 años, sigue esperando que sus padres aparezcan en la puerta de la escuela pública donde lleva casi un mes durmiendo. El aula, convertida en refugio temporal en el distrito de Nuwakot, huele a ropa húmeda, arroz cocido y temor contenido. Allí están 27 niños desplazados por las inundaciones del 26 de agosto que arrasaron los valles del norte de Nepal. Ram recuerda a su madre tirando de él cuesta arriba entre gritos mientras el agua marrón subía por la ladera; antes de soltarlo le ordenó en nepalí: “Sube más rápido, no mires atrás”.
El niño obedeció y corrió sin volver la vista. Cuando lo hizo, su madre ya no estaba; tampoco ha regresado su padre. La historia de Ram, recogida por Al Jazeera, forma parte de una generación de huérfanos del desastre: más de 500 menores localizados en refugios temporales de los distritos afectados por una riada que no fue provocada por una tormenta habitual, sino por el derrumbe masivo de hielo y roca en una de las montañas del Himalaya. Algunos niños siguen preguntando cada tarde cuándo vendrán a recogerlos; otros han dejado de hacerlo.
En Nepal, la condición de huérfano puede quedar atrapada en la burocracia: una persona desaparecida no puede ser declarada muerta hasta transcurridos 12 años, salvo que la familia obtenga una declaración judicial de defunción por desastre. Legalmente, muchos de estos niños no han sido reconocidos como huérfanos, aunque en la práctica llevan semanas sin sus padres. UNICEF estima que más de 32.000 niños fueron desplazados y en muchos pueblos ya no queda una vivienda a la que regresar.
Un mes después del desastre, los equipos de rescate han recuperado 1.451 cadáveres y más de 5.700 personas siguen desaparecidas. La tragedia comenzó la mañana del 26 de agosto en la ladera norte del Langtang Lirung, cerca de la frontera entre Nepal y China. Según los primeros análisis científicos, una masa de roca y hielo de unos 600 metros de ancho se desprendió a aproximadamente 5.200 metros de altitud, liberando una energía comparable a la de un terremoto de magnitud 5,2.
El primer ministro Balendra Shah reprochó el jueves a los líderes mundiales en la Asamblea General de la ONU que la catástrofe del mes pasado “fue una advertencia para el mundo” y preguntó al auditorio de Nueva York: “¿Han escuchado realmente esa advertencia?”.
No fue una inundación clásica, sino una reacción en cadena: la montaña se desplomó, el hielo se fundió casi de forma inmediata por la fricción y la presión del derrumbe, el río quedó temporalmente bloqueado y luego reventó convertiéndose en una lengua de agua, barro y piedras. Los expertos calculan que la avalancha recorrió unos 20 kilómetros y descendió 1.700 metros hasta la zona de Rasuwagadhi en apenas siete minutos, arrasando asentamientos, carreteras, puentes, centrales hidroeléctricas y puestos fronterizos.
“Cuando un desastre provocado por el cambio climático destruye la infraestructura de un país pobre, la solución no puede ser simplemente otro megapréstamo o un conjunto de pequeñas subvenciones”, afirmó el primer ministro en la ONU. “Necesitamos un apoyo adecuado del mundo”. Shah destacó que Nepal contribuye con menos de una décima parte del 1% de las emisiones de gases de efecto invernadero: “Nosotros no creamos esta crisis, pero estamos pagando un precio altísimo por ella”.
El factor del cambio climático
Basanta Raj Adhikari, director del Centro de Estudios de Desastres de la Universidad de Tribhuvan en Katmandú, ha calificado el episodio de inédito por su magnitud, el área afectada y el mecanismo desencadenante. No hubo una única causa visible: el desastre se fue gestando en silencio durante años —posiblemente décadas— en las grietas de la montaña. El terremoto de 2015 (magnitud 7,8) pudo debilitar laderas del Langtang; a ello se sumaron nevadas excepcionales a finales de 2025, un verano anormalmente cálido y el retroceso del glaciar Langtang-Lirung.
El informe de World Weather Attribution, elaborado por más de 20 expertos internacionales, señala al cambio climático como un factor determinante en la génesis de la catástrofe. No se trata de asignar una emisión concreta a una avalancha concreta, sino de reconocer que el calentamiento está modificando la estructura física del Himalaya: el permafrost —mezcla de hielo, roca y tierra que actúa como cemento en la alta montaña— se degrada; al descongelarse, la roca pierde resistencia y el agua penetra en las fracturas.
Walter Immerzeel, hidrólogo de montaña de la Universidad de Utrecht y coautor del análisis, sostiene que la región atraviesa cambios “fundamentales e irreversibles”. Julio y agosto fueron los meses más cálidos registrados en la zona. Según el estudio, las temperaturas estivales son ahora alrededor de 1,5 °C más altas por efecto del calentamiento global, y la temperatura anual regional ha aumentado cerca de dos grados.
La climatóloga Friederike Otto, del Imperial College de Londres, lo sintetiza con firmeza: “No cabe la menor duda de que el cambio climático provocado por el ser humano desempeñó un papel fundamental en la gestación del desastre”.
Nepal es un país montañoso y mayoritariamente rural, donde comunidades, carreteras, proyectos hidroeléctricos y rutas turísticas se han extendido hacia valles estrechos y expuestos.
Los científicos advierten que las amenazas ya no llegan de forma aislada: una avalancha puede bloquear un río, ese bloqueo puede formar un lago temporal, y ese lago puede reventar transformándose en una riada de escombros. El Himalaya comienza a comportarse como un territorio en el que un peligro puede desencadenar otro.
Una reconstrucción lenta
La reconstrucción no será rápida. Sara Netzer, directora regional de operaciones de campo de UNOPS, describió algunas zonas visitadas como un paisaje “apocalíptico”.
En una comunidad de unas 400 viviendas y 1.200 personas todo quedó arrasado: las casas se desplazaron hasta 150 metros y los escombros alcanzan entre cinco y ocho metros de profundidad. Entre los restos aparecen gafas, libros escolares, zapatos, mantas y, probablemente, los restos de muchas personas desaparecidas.
Solo uno de los 40 puentes de la zona permanece en pie, lo que ha dejado aldeas aisladas y ha obligado al Programa Mundial de Alimentos a distribuir ayuda por helicóptero. En los centros de acogida faltan alojamientos temporales, agua potable y servicios de saneamiento. Muchas familias duermen en escuelas que las autoridades intentan reabrir para restaurar cierta rutina escolar. No está claro dónde se podrán reconstruir algunas comunidades: el río ha cambiado de curso y el terreno aún no se ha estabilizado.
En las aulas convertidas en refugio, el futuro se reduce a cosas básicas: una lista de nombres, una comida caliente, una manta seca y preguntas sin respuesta. El pequeño Ram conserva la última orden de su madre: subir y no mirar atrás. Un mes después, Nepal mira hacia atrás para contar a sus muertos y buscar a los desaparecidos, y mira hacia arriba a un Himalaya que se está derritiendo y resquebrajando.

