Hace unos meses, al abrirse formalmente el proceso para sustituir a António Guterres como secretario general de la ONU, la entonces presidenta de la Asamblea General, Annalena Baerbock, dijo que el mundo espera un liderazgo fuerte, comprometido y eficaz que atienda los tres pilares de la organización: paz y seguridad, derechos humanos y desarrollo, y que prepare a la ONU para el futuro. Pero esas expectativas públicas contrastan con lo que buscan y están dispuestos a apoyar los líderes internacionales.
Para muchas personas y comunidades vulnerables la ONU sigue siendo una última esperanza en un sistema internacional fracturado. Sin embargo, la estructura institucional limita su acción: el poder del Consejo de Seguridad y el derecho a veto de sus cinco miembros condicionan de forma decisiva la elección del secretario general. Históricamente China y Rusia han defendido intereses particulares en estas decisiones; hoy es Estados Unidos el que complica el proceso por motivos ideológicos y políticos, lo que, según observadores de derechos humanos, puede dejar fuera a candidaturas que reconozcan situaciones como la de Gaza.
Las grandes potencias, en general, prefieren una persona que medie y facilite reformas antes que alguien confrontador. En los pasillos de la ONU se dice desde hace años que el Consejo de Seguridad se inclina más por “un secretario que por un general”: alguien dispuesto a liderar modernizaciones sin resultar incómodo para los miembros permanentes. Una encuesta reciente de GeoPoll para la Fundación de las Naciones Unidas muestra que la mayoría confía en la ONU, pero que la mayoría también desconoce cómo se elige al secretario general.
El procedimiento formal es claro: los aspirantes se postulan y realizan campaña; el Consejo de Seguridad celebra votaciones internas conocidas como “straw polls” en las que cada miembro indica si apoya, rechaza o se abstiene respecto a un candidato. Con el tiempo, los aspirantes con menos respaldo o susceptibles de recibir un veto suelen retirarse hasta que quede un candidato con al menos nueve apoyos entre los 15 miembros y sin vetos. Esa designación luego debe ser ratificada por la Asamblea General.
Aunque no hay plazos estrictos, se esperan resultados en las próximas semanas, y dado el papel decisivo de los cinco miembros permanentes es posible que surja un candidato inesperado que se imponga. En las quinielas han sonado nombres como la holandesa Sigrid Kaag, la exembajadora de Emiratos Lana Nusseibeh, o figuras más controvertidas como el ex primer ministro húngaro Viktor Orbán o el serbio Vuk Jeremi.
Hasta hace poco había ocho candidaturas, pero la chilena Michelle Bachelet se retiró ante la previsión de un veto estadounidense motivado por sus posturas sobre aborto o feminismo. La Secretaría General suele rotar entre regiones; tras titulares procedentes de África, Asia y Europa, se considera probable que el próximo secretario provenga de América Latina o el Caribe, y existe un consenso en favorecer por primera vez a una mujer. En ese marco, la costarricense Rebeca Grynspan y la guyanesa Carolyn Rodrigues‐Birkett aparecen como candidatas con opciones.
Rebeca Grynspan fue secretaria general de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD).
La ausencia de un favorito claro alimenta las especulaciones sobre un posible “tapado” y refleja las reticencias de potencias concretas: Rusia rechaza al argentino Rafael Grossi por considerarlo demasiado próximo a Washington y por su actuación respecto a la central de Zaporiyia; y el expresidente senegalés Macky Sall no logró el respaldo formal de la Unión Africana ni de su propio Gobierno.
La Administración estadounidense ha intervenido activamente: muchas candidaturas han pasado por Washington para buscar apoyo y someterse a interrogatorios temáticos de la delegación norteamericana. Fuentes diplomáticas señalan que Estados Unidos rechazó el perfil de Bachelet y ve complicado aceptar a Rodrigues‐Birkett por declaraciones suyas sobre Gaza o por apoyos expresados en el pasado.
No es la primera vez que Washington influye decisivamente en la elección. En 2006, responsables estadounidenses y chinos maniobraron para favorecer a Ban Ki‐moon frente a otros aspirantes; según memorias diplomáticas, esa intervención buscaba un secretario general más alineado con intereses estadounidenses y menos proclive a ejercer un liderazgo independiente.
China, por su parte, actúa con mayor sutileza pero su respaldo también cuenta. En junio el ministro de Exteriores chino, Wang Yi, se reunió con Rebeca Grynspan en Pekín y, según el comunicado oficial, elogió su compromiso con el multilateralismo, su defensa de la Carta de la ONU y reiteró apoyo al principio de “una sola China”, lo que ha sido interpretado como un gesto de respaldo diplomático.


