26 de octubre de 2026
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Google ruso: botín de guerra para Ucrania

Google ruso: botín de guerra para Ucrania

“La información es el combustible del siglo XXI, y su análisis es el motor de explosión”. La frase del entonces consejero delegado de Google, Eric Schmidt, pronunciada en el Foro de Davos en enero de 2010, ha cobrado más sentido con los años. En 2026, sin embargo, se ha hecho evidente que la información, como el petróleo, también depende de “refinerías” y “depósitos”: los centros de datos.

Desde finales del siglo XIX, una forma eficaz de paralizar a un país ha sido atacar su infraestructura energética: bombardear refinerías, oleoductos —como el oleoducto que comunica los yacimientos saudíes del Golfo Pérsico con la terminal petrolera de Yanbu, en el mar Rojo— o cortar el suministro eléctrico. Hoy, los grandes centros de datos, los cables submarinos y las redes de comunicaciones son objetivos vulnerables: la economía digital tiene edificios y naves que drones relativamente económicos pueden destruir, dejando sin internet a regiones enteras. La nube ha resultado ser, también, muy física.

Los ciudadanos rusos han experimentado esa vulnerabilidad. Entre el jueves 8 y el domingo 11 de octubre, Ucrania atacó con drones tres grandes centros de datos de Yandex, el llamado “Google ruso”. La empresa controla alrededor del 72% del mercado de búsquedas online en Rusia, el 65% del de VTC y entre el 7% y el 13% del de servicios en la nube. Esos ataques dejaron a muchos sin VTC y provocaron caídas de webs de empresas y del operador ferroviario; además, en una de las instalaciones estaban dos de los tres superordenadores usados en el desarrollo de su inteligencia artificial, lo que supondrá un retroceso para esos proyectos.

El ataque a Yandex también generó rumores sobre un supuesto desplome de la actividad de bots rusos en redes sociales, afirmación promovida, entre otros, por el presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, quien señaló con ironía que “se ha hecho un poco más fácil respirar en muchas redes sociales”. No obstante, esa percepción no está corroborada por los datos disponibles.

“Los datos son lo que son”, señala Álex Romero, consejero delegado de la empresa de ciberinteligencia Alto Intelligence, que monitoriza más de seis millones de grupos en Telegram, una de las plataformas más utilizadas por cuentas automatizadas. Romero no observó “una disminución significativa de las publicaciones durante los días de los ataques”. Los bots empleados para indexar páginas en buscadores, como los de Yandex o Google, no son necesariamente herramientas diseñadas para manipular la opinión pública de terceros países.

Lo importante del caso Yandex es que los centros de datos se han convertido en blancos válidos en conflictos armados. No es un fenómeno nuevo: el 1 de marzo Israel y Estados Unidos bombardearon un centro de datos del banco Sepah en Teherán, con el objetivo, según The Wall Street Journal, de paralizar el pago de salarios a miembros de las fuerzas de seguridad iraníes. El 11 de marzo, drones iraníes dañaron gravemente tres centros de datos de Amazon Web Services (cada vez que se abre un recurso cuya URL termina en “amazonaws” se está utilizando esa nube), dos en Emiratos Árabes Unidos y uno en Baréin; este último sigue sin reabrir meses después.

Estos ejemplos subrayan la vulnerabilidad de los centros de datos. Fueron concebidos como infraestructuras civiles e industriales, no como objetivos bélicos: requieren grandes cantidades de energía y agua, y las operaciones de extinción de incendios pueden agravar los daños, como ocurrió en la región del Golfo Pérsico. Además, su reconstrucción y reposición implican costes elevados.

Al mismo tiempo, muchos centros de datos funcionan como instalaciones “de doble uso”, con aplicaciones civiles y militares. Sistemas de defensa como Maven Smart System, desarrollado por Palantir y empleado por EEUU y la OTAN, dependen de centros de datos de AWS. Israel y Ucrania han recurrido a servicios en la nube de empresas como Microsoft en sus operaciones contra Hamas y Rusia. Esa mezcla de usos complica determinar si una instalación es exclusivamente civil o también militar.

La destrucción de centros de datos tiene además efectos sobre la soberanía digital. Por ejemplo, cuando las instalaciones de AWS en Emiratos y Baréin quedaron fuera de servicio, la empresa sugirió a sus clientes en la región que autorizaran la transferencia de operaciones a terceros países. Eso plantea dudas sobre si un organismo público puede permitir que datos sensibles o confidenciales de sus ciudadanos sean trasladados a infraestructuras ubicadas bajo regímenes jurídicos distintos, con posibles accesos por parte de autoridades extranjeras.

Ante estos riesgos, Emiratos, que busca atraer inversión en centros de datos, está planteando situarlos en zonas aisladas y despobladas para dificultar su alcance. No obstante, no es factible proteger todos los centros, y la duplicación de servicios para evitar interrupciones tras la pérdida de una instalación solo ofrece una protección limitada.

En definitiva, la progresiva militarización de los objetivos digitales muestra que nadie previó que los centros de datos terminarían por convertirse, también, en blancos en las trincheras del siglo XXI.

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