El marcado aumento del costo del financiamiento, el shock en los precios y el suministro de energía, junto con una mayor emisión de deuda corporativa, han endurecido las condiciones globales y aumentado la fragilidad del panorama económico.
Analistas identifican que los principales riesgos se concentran en empresas y países con altos niveles de endeudamiento, en sectores sensibles a las tasas de interés y en mercados emergentes con reservas externas limitadas o vulnerabilidades fiscales. En ese contexto, podrían comportarse mejor los activos de menor riesgo crediticio —como deuda soberana de alta calidad—, instrumentos con vencimientos cortos, efectivo y sectores defensivos (consumo básico, salud), así como activos protegidos contra la inflación en entornos de precios elevados. También se considera que ciertos bienes reales o materias primas vinculadas a la energía pueden ofrecer refugio dependiendo de la evolución del shock energético.
Para la economía local, las consecuencias probables incluyen un encarecimiento del crédito y una reducción del acceso a financiamiento, ralentización del crecimiento económico y presiones sobre la moneda y las cuentas externas. Estas dinámicas pueden traducirse en menor inversión privada, ajustes en la política macroeconómica y efectos diferenciados por sector según su exposición a la financiación y a los costos energéticos.


