22 de agosto de 2026
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Xi, Putin y Kim enfrentados por un río asiático

Putin y Kim conversan en Pekín, el año pasado.

Desde la torre de observación de Fangchuan, en el extremo oriental de China, basta con girar la vista para ver, a un lado, Khasan, una pequeña localidad del Lejano Oriente ruso, y, al otro, las montañas norcoreanas que conducen a Rason. Entre ambas se observa el río Tumen, que en sus últimos kilómetros funciona como una frontera líquida antes de desembocar en el Mar de Japón.

Los visitantes chinos hacen cola para fotografiarse junto a un gran cartel que resume el atractivo del lugar: “Un ojo, tres países”. Desde ese punto se pueden contemplar al mismo tiempo tres potencias nucleares: China, Rusia y Corea del Norte.

A lo lejos también se distingue el puente ferroviario que conecta territorio ruso y norcoreano. Es una estampa fronteriza aparentemente tranquila que, sin embargo, concentra algunas de las tensiones que alteran el equilibrio en el noreste asiático.

Existe, además, una paradoja geográfica: desde Fangchuan China puede ver el mar, pero no acceder directamente a él.

El territorio chino termina unos kilómetros antes de la desembocadura. Una franja estrecha donde Rusia y Corea del Norte comparten alrededor de 17 kilómetros de frontera impide a Pekín disponer de una salida directa al océano en ese punto. La anomalía se remonta al siglo XIX, cuando una debilitada dinastía Qing cedió amplios territorios al Imperio ruso; el Tratado de Pekín de 1860 consolidó ese dominio y dejó a China alejada de la costa.

Más de siglo y medio después, esa demarcación mantiene efectos estratégicos. Pekín lleva décadas intentando garantizar que embarcaciones chinas puedan navegar el tramo final del Tumen hasta aguas abiertas. Para las provincias industriales del noreste significaría una nueva puerta comercial al Pacífico. Al mismo tiempo, situaría a China en aguas próximas a Vladivostok, sede de la Flota rusa del Pacífico, y más allá, cerca de Japón y Corea del Sur, aliados militares destacados de Estados Unidos en la región.

El Tumen también actúa como termómetro de la relación compleja entre Xi Jinping, Vladimir Putin y Kim Jong-un. Los tres líderes han difundido imágenes de unidad frente a Washington y sus socios, pero desde esta frontera sus intereses no siempre coinciden.

Putin y Kim conversan en Pekín, el año pasado.

Putin y Kim conversan en Pekín el año pasado. AP

La manifestación más visible de esas dinámicas se está levantando sobre el propio río. Rusia y Corea del Norte están terminando su primer puente de carretera, una obra de cerca de un kilómetro erigida junto al viejo enlace ferroviario. Moscú y Pyongyang iniciaron el proyecto en 2025 y sostienen que facilitará el comercio y el turismo.

El puente puede, además, convertirse en la vía física de una alianza militar que hasta hace pocos años parecía improbable. La invasión rusa de Ucrania ha llevado a Corea del Norte a afianzarse como uno de los apoyos militares más importantes del Kremlin.

Pyongyang ha suministrado millones de proyectiles de artillería, misiles balísticos y miles de soldados para respaldar a las fuerzas rusas. A principios de agosto, la inteligencia militar ucraniana afirmó que una unidad norcoreana se estaba desplegando en la región rusa de Voronezh y que podría operar hasta 120 misiles balísticos y seis lanzadores contra Ucrania.

A cambio de tropas y armamento, Kim obtiene suministros que las sanciones internacionales habían dificultado durante años: petróleo, divisas y tecnología militar rusa. El nuevo puente sobre el Tumen puede acelerar esos intercambios. Algunos analistas señalan que el transporte por carretera es más difícil de vigilar por satélite que los trenes que cruzan el único puente ferroviario existente.

China también observa las obras desde apenas unos kilómetros río arriba. Durante décadas Pekín fue el principal protector económico de Corea del Norte, con una influencia que ningún otro país igualaba. Ahora, Putin ofrece a Kim algo que Xi difícilmente podría facilitar sin desafiar abiertamente el régimen de sanciones: una alianza militar estrecha.

Acercamiento entre Xi y Kim

Al mismo tiempo, China parece apostar por un mayor acercamiento a Pyongyang. En junio pasado, Xi viajó a la capital norcoreana por primera vez en siete años, en reciprocidad a la visita de Kim a Pekín en septiembre anterior. En Pyongyang, el líder chino se comprometió a mantener una “estrecha comunicación estratégica” y a ampliar la cooperación en comercio, agricultura, construcción, ciencia y tecnología.

La visita buscaba subrayar que, pese al idilio entre Kim y Putin, China sigue siendo un vecino imprescindible. Tras años de enfriamiento y una frontera prácticamente cerrada durante la pandemia, han vuelto a funcionar los trenes de pasajeros entre Pekín y Pyongyang y se han restablecido los vuelos directos.

“Una de las prioridades de Pekín es contrarrestar la creciente influencia rusa sobre Pyongyang. Recuperar canales militares permitiría además a China saber mejor qué tecnología puede estar transfiriendo Rusia a Corea del Norte”, afirma Victor Cha, titular de la Cátedra de Corea en el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS).

China, Rusia y Corea del Norte comparten adversarios y el rechazo al orden liderado por Estados Unidos, pero sus objetivos no siempre coinciden. Putin necesita a Kim para sostener su guerra; Kim necesita a Putin para avanzar en su programa nuclear y reducir su dependencia económica de Pekín; y Xi busca mantener el equilibrio entre sus dos vecinos para que Moscú no desplace la influencia histórica de China sobre la imprevisible Pyongyang.

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