Ayer, 3 de noviembre de 2026, concluyeron por fin las largas, caras y agotadoras elecciones de las elecciones legislativas de mitad de mandato en Estados Unidos. Pero de forma oficiosa ya ha arrancado la carrera hacia 2028. El ciclo político estadounidense es permanente: los miembros de la Cámara compiten cada dos años (tras pasar por primarias), los senadores cada seis y los aspirantes presidenciales practicamente no tienen descanso. El inicio de la siguiente contienda ya está en marcha.
Estas midterms destacaron por un gasto publicitario sin precedentes y por una participación anticipada récord —57 millones de votos—, y son relevantes por varias razones: pueden decidir el control de las dos cámaras del Congreso; determinan miles de nombramientos en parlamentos estatales, tribunales y gobernaciones; y han sido las más costosas de la historia. Sobre todo, han operado como un referéndum sobre Donald Trump, su gestión y el futuro del movimiento que lidera.
En términos generales, el partido del presidente suele sufrir desgaste en las legislativas y las encuestas preveían un castigo importante. La pregunta ahora es si esa pérdida es lo bastante grande como para convertir a Trump en un pato cojo —un presidente sin capacidad de influencia en la siguiente etapa— o si mantendrá peso político.
Trump difiere de muchos de sus predecesores: ya es adinerado, mantiene un perfil público activo y ha convertido al Partido Republicano en una estructura fuertemente influida por él y su entorno familiar (con miembros de su familia en puestos de liderazgo). Desde esa posición se gestionan nombramientos y se castiga la deslealtad; dirigentes que le desafiaron perdieron en primarias. Incluso si en 2028 cambia su papel formal, es probable que intente seguir ejerciendo influencia desde su base en Mar-a-Lago.
Al situar las midterms como un plebiscito personal, Trump ha puesto en juego su capacidad de movilización. Estados Unidos debate si estas elecciones implican un cambio de rumbo para el movimiento MAGA, que ha sufrido tensiones en el último año. Figuras como Steve Bannon advierten de fuertes conflictos internos; otras, como Tucker Carlson, han roto con el presidente y desde sectores conservadores se multiplica la crítica.
Se percibe cierto final de ciclo dentro de ese universo: frustración por una oportunidad histórica desaprovechada. La coalición que Trump armó —desde grandes empresarios y tecnólogos hasta evangélicos, libertarios, sectores rurales, críticos de lo “woke”, quienes protestan por inmigración o por la economía— parece resquebrajarse ante la guerra de Irán, acusaciones de corrupción, el enriquecimiento familiar y decisiones políticas controvertidas.
Ante un país enfadado por la subida de precios, los actos finales de campaña de Trump incluyeron comentarios personales sobre aliados y figuras públicas y anécdotas que centraron la atención en lo simbólico más que en soluciones concretas. También defendió sin matices la posición de sus aliados petroleros frente a las quejas por el coste del combustible.
Fox News sigue siendo el canal preferido del presidente, y Trump mantiene presencia en sus programas; sin embargo, la cadena ha registrado una caída notable de audiencia en semanas recientes, cerca de un 20% interanual, lo que ha generado especulaciones sobre el cansancio de su público. Lachlan Murdoch atribuyó parte de esa caída al agotamiento por el ciclo político en la presentación de resultados trimestrales.
En paralelo, el exdirector del FBI en Chicago ha declarado que la Administración Trump lo presionó para investigar a oponentes políticos y que fue utilizado como chivo expiatorio tras el fracaso de un caso federal. Si los demócratas recuperan el Congreso, es probable que prosperen investigaciones que ahora eran inviables. En el ámbito conservador se discute la posibilidad de procesos judiciales y la necesidad de indultos; el propio Trump volvió a plantear públicamente la opción de perdones masivos preventivos para colaboradores cercanos.
Otro signo de cambio es el distanciamiento comunicativo: tras los primeros bombardeos en Irán Trump popularizó decenas de minientrevistas diarias; ahora, según varios periodistas, no responde a sus llamadas desde hace semanas. Eso se interpreta como un síntoma de transformación en su manera de gestionar la exposición pública o como preludio de otras decisiones.
La entrevista viral al gobernador saliente de Florida, Ron DeSantis —posible aspirante en 2028 y antiguo rival— mostró distancia crítica respecto a Trump: pidió a los republicanos dejar de culpar a Joe Biden por el precio de la gasolina y atribuirlo a la guerra de Irán, y cuestionó nombramientos del presidente que antes habrían sido defendidos dentro del partido.
Una encuesta de la Universidad de Massachusetts Amherst, publicada en septiembre, detectó una caída del 77% al 68% en la proporción de republicanos que se identifican con MAGA entre marzo y septiembre. Ese descenso sugiere que, sin la figura de Trump, el Partido Republicano puede seguir ganando elecciones, pero es improbable que resurja un movimiento idéntico al que dominó la última década y media.
El domingo por la noche en Kansas, después de 30 mítines en 32 días, Trump ofreció un cierre de tono melancólico: señaló que era el fin de un ciclo y que nunca habría habido nada igual. Hablaba de la campaña, aunque su comentario pudo interpretarse también en un sentido más amplio sobre su etapa política.

