12 de septiembre de 2026
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Hacia una sociedad ordenada

Hacia una sociedad ordenada

Ulrich Siegmund (nacido el 25 de octubre de 1990) obtuvo una victoria electoral en Sajonia-Anhalt tras presentarse con una imagen nostálgica —montado en una motocicleta Simson, símbolo de la antigua RDA— y prometer una sociedad en la que, al llegar la Navidad, se comparta, los rostros sean autóctonos y los niños jueguen seguros en la calle; evocaciones de una realidad anterior a la caída del Muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989.

Siegmund apeló a la llamada “Ostalgie” (Ost, “Este”; Nostalgie, “Nostalgia”) para idealizar un modo de vida pasado, y su partido, la ultraderecha AfD, está aprovechando esa memoria selectiva para sumar votos, ofreciendo una versión edulcorada de la experiencia bajo la órbita soviética.

También desde la izquierda populista, el partido BSW recurre al recuerdo del modelo germano-oriental para atraer electores. Su líder, Sahra Wagenknecht, ha defendido la convergencia de intereses entre votantes de AfD y BSW: “Los votantes de AfD y los de BSW son personas con preocupaciones similares: quieren una migración controlada y, sobre todo, quieren que la política vuelva a centrarse en ellos, que sus vidas sean la prioridad”.

La confrontación política actual no se limita tanto a izquierda versus derecha como a diferentes concepciones de convivencia: ya no se discute solo sobre impuestos, sino sobre orden, seguridad e identidad, es decir, sobre el tipo de comunidad que desean los ciudadanos.

Esa dinámica se reproduce en otros países. En Italia, el exgeneral Roberto Vannacci, fundador del reciente partido Futuro Nazionale —definido como una fuerza de “derecha patriótica e identitaria” basada en “valores de la civilización católica”— figura en ascenso y aparece cuarto en sondeos a pocos meses de las elecciones.

En el Foro Ambrosetti, Vannacci discutió con el excomisario Mario Monti, quien prometió dedicar lo que le quede de vida a frenar “este intento de reconstrucción de la retórica del fascismo”. Vannacci, por su parte, reclama una “sociedad cohesionada” donde el sentido de pertenencia y el sacrificio impulsen a los ciudadanos a trabajar más y asumir riesgos.

Francia es otro ejemplo: en la carrera presidencial aparecen como favoritos Marine Le Pen (ultraderecha) y Jean-Luc Mélenchon (extrema izquierda), ambos prometiendo restablecer el orden desde visiones opuestas —Le Pen enfatiza seguridad, fronteras e identidad; Mélenchon pone el acento en la igualdad, la vivienda y los servicios públicos—.

Hoy los aspirantes a gobernar se presentan como quienes devolverán estabilidad y acabarán con la sensación de caos. Cuando los ciudadanos perciben ausencia de mando, experimentan desamparo que puede transformarse en indignación y traducirse en apoyo a opciones extremas.

Ese sentimiento de indefensión se aprecia también a pequeña escala: en Ceuta, según una reciente encuesta publicada en este medio, el “sentimiento de abandono” figura entre las tres principales preocupaciones de sus habitantes desde el pasado 30 de julio.

El debate central ha dejado de ser únicamente ideológico para centrarse en qué tipo de sociedad se desea. La decisión del elector ya no versa tanto sobre quién tiene razón, sino sobre quién ofrece el entorno y las reglas de convivencia que encajen con sus expectativas; entregar el voto al líder que promete ese orden es, para muchos, la opción decisiva, aunque lo que ocurra después sea otra cuestión.

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