31 de octubre de 2026
Buenos Aires, 19 C

Jesucristo, John Wayne y la religión en las elecciones de Estados Unidos

Jesucristo, John Wayne y la religión en las elecciones de Estados Unidos

El reverendo Kenneth Copeland, telepredicador texano y antiguo miembro del consejo asesor evangélico de Donald Trump, lleva décadas afirmando sin ambages que los creyentes que no voten o que no apoyen al Partido Republicano “serán culpables de asesinato”. Ha repetido ese mensaje antes de importantes citas electorales. En 2016 dijo: “Serán culpables de una abominación ante Dios. Serán culpables de cada bebé que sea abortado a partir de estas elecciones”. Esta semana volvió a plantear una visión apocalíptica: aseguró haber visto, “en espíritu”, el Día del Juicio, cuando Jesús preguntará a los que no votaron y les hará cargar con los nombres de los niños que “nunca tuvieron la oportunidad de nacer”, citando una cifra de más de 65 millones.

La religión sigue siendo central para muchos estadounidenses y su influencia en la política ha crecido. En las últimas semanas, en plena campaña de las elecciones de mitad de mandato, esa intersección se ha intensificado. Hace poco, el arzobispo de Denver, James Golka, y varios obispos católicos se reunieron con el presidente Trump en el Despacho Oval en un encuentro organizado por Paula White-Cain, directora de la Oficina de Asuntos Religiosos de la Casa Blanca y asesora espiritual de Trump, conocida por trazar paralelismos entre la trayectoria política del presidente y el sufrimiento o la resurrección de Jesús.

Más allá de gestos públicos, la retórica ha incluido ataques duros contra candidatos como el musulmán Abdul El-Sayed, al que algunos rivales acusan repetidamente de simpatías yihadistas. También hubo declaraciones del senador Bernie Moreno en un mitin en Ohio, donde afirmó que quien no crea que Jesús murió por su salvación “no es apto para servir en el Senado” y “no debería estar cerca de Washington”, ofendiendo así a otras confesiones.

Esos discursos recogen argumentos promovidos por líderes como Al Mohler, presidente del Southern Baptist Theological Seminary, que sostiene que el cristianismo debe reconocerse como fundamento de la nación y sus leyes. Y también reflejan posiciones más extremas, como las del pastor Doug Wilson, defensor de una teocracia cristiana gobernada por la ley bíblica. Wilson, autor prolífico, ha ganado recientemente eco en círculos conservadores y del movimiento MAGA; entre sus seguidores figura Pete Hegseth, el secretario de Guerra, miembro de la misma rama eclesial en Tennessee.

Históricamente, los evangélicos blancos —especialmente del sur— solían apoyar a figuras demócratas como Jimmy Carter. Desde los años ochenta, sin embargo, muchos sectores del conservadurismo religioso se acercaron al Partido Republicano: primero por la oposición al aborto y luego por la defensa de valores familiares tradicionales y la resistencia a cambios culturales. Con el tiempo, la religión se convirtió en una seña de identidad de la derecha estadounidense, una dinámica que todos los presidentes republicanos han aprovechado, incluso Donald Trump, cuya vida pública no se ha caracterizado por una exhibición constante de piedad.

El movimiento evangélico conservador se organizó como una fuerza política potente. Líderes como Jerry Falwell, fundador de la Moral Majority; Pat Robertson, promotor de Christian Broadcasting Network y la Christian Coalition; y Billy Graham, consejero espiritual de varios presidentes, desempeñaron papeles clave en la movilización electoral y la influencia cultural en las últimas décadas.

Con Donald Trump, esa alianza ha evolucionado hacia un nacionalismo cristiano que politiza de forma más explícita la fe. Hay numerosos podcasts, canales y voces radicales que priorizan la lucha por el poder sobre la predicación religiosa. En The Kingdom, the Power, and the Glory, el periodista Tim Alberta —hijo de un pastor evangélico— documenta cómo parte del movimiento cambió la atención pastoral por la búsqueda de influencia política, y cómo esa alianza con la derecha y el trumpismo ha fracturado congregaciones y marginado a líderes que rechazan convertir el culto en mitin.

El Papa Francisco, de origen argentino pero con amplias resonancias en Estados Unidos, encuentra críticas en su propio país: hay fieles que interpretan el mensaje cristiano en términos de defensa de fronteras y rechazo al diferente. La socióloga Nancy Ammerman, de la Universidad de Boston, concluye que las ideas del “nacionalismo cristiano” se han popularizado incluso dentro de denominaciones como la bautista. Su análisis de casi 100 resoluciones de la Convención Bautista del Sur entre 1972 y 2024 señala una transformación hacia posturas más conservadoras en asuntos como el aborto y los derechos LGTBI, mientras que temas como la paz mundial, el hambre y la pobreza han perdido visibilidad.

A comienzos de este mes, el presidente de la Convención Bautista, Willy Rice, pidió a los pastores intensificar su activismo político y señaló cuatro asuntos prioritarios para muchos fieles: el aborto, la redefinición del matrimonio, la identidad transgénero y la inmigración ilegal, que denominó “imperativos bíblicos innegociables”.

Los mensajes radicales no son infrecuentes. Por ejemplo, el pastor texano Joel Webbon, acusado de antisemitismo, publicó en redes sociales un llamamiento a la ejecución pública de Mike Huckabee, ex político y pastor republicano y ahora embajador de Estados Unidos en Israel, comparándolo con Nidal Hasan, el autor de la matanza en una base militar.

No obstante, la religión en Estados Unidos no es monolítica ni exclusividad de la derecha. Las iglesias protestantes afroamericanas tienen una larga tradición de compromiso con los derechos civiles y el Partido Demócrata; entre sus representantes figura el senador Raphael Warnock. Desde el metodismo, líderes como Adam Hamilton combinan fe con un discurso sobre justicia social y una política más moderada o progresista.

Según Pew Research Center, alrededor del 83% de los adultos estadounidenses cree en Dios o en un “espíritu universal”; el 62% se identifica como cristiano y el 29% no tiene afiliación religiosa. La fe no es el factor decisivo para la mayoría al elegir en política (solo uno de cada cuatro lo considera determinante), aunque sigue siendo relevante: aproximadamente el 25% de la población asiste a servicios religiosos al menos una vez por semana.

Durante mucho tiempo, muchos telepredicadores se alinearon con candidatos conservadores: el 81% de los evangélicos blancos apoyó a Trump en 2024. En Jesús and John Wayne, Kristin Kobes Du Mez analiza cómo amplios sectores del evangelicalismo blanco construyeron un ideal de masculinidad cristiana asociado a la fuerza, el militarismo y el nacionalismo —con John Wayne como arquetipo— y por qué ese imaginario ha facilitado el apoyo a un líder como Trump.

Aun así, el país muestra diversidad y cambios. Este año, el candidato demócrata al Senado por Texas, James Talarico, un seminarista, invoca las Escrituras para defender la solidaridad con inmigrantes y reducir las desigualdades. En Kansas, Adam Hamilton, pastor con una amplia congregación metodista, es candidato; y Raphael Warnock, que fue y es pastor en la Ebenezer Baptist Church de Atlanta, lleva desde 2021 como senador.

Según Religion News Service, ocho candidatos demócratas al Congreso tienen experiencia como pastores, reverendos, capellanes o seminaristas. Entre ellos están Frederick Douglass Haynes III, pastor bautista en Texas; Sarah Trone Garriott, ministra luterana de Iowa y ex capellana hospitalaria; así como líderes religiosos implicados en política estatal como Olu Brown en Georgia y Jermaine Johnson en Carolina del Sur.

En estados rurales como Kansas e Iowa, muy conservadores y que votaron mayoritariamente por Trump en 2024, la fe sigue siendo un factor central. Adam Hamilton celebra actos de campaña en iglesias y centros religiosos de distintas confesiones. Cuando el vicepresidente JD Vance lo atacó en un mitin, decenas de colegas de Hamilton salieron a defenderlo; Vance llegó a afirmar: “Adam Hamilton cree que es pecado ser blanco…” y calificó sus posturas como “radicalismo de izquierda”.

Atacar a líderes religiosos puede funcionar en algunos contextos, pero resulta difícil desacreditar ante electores profundamente religiosos a quienes perciben como sus guías morales, especialmente cuando el presidente no es visto como un modelo de piedad y su segundo al mando, convertido recientemente al catolicismo, entra en conflicto con el Papa por cuestiones éticas y teológicas.

En el Medio Oeste, los demócratas han apostado más por candidatos con perfil religioso para competir en estados rojos, recurriendo a opciones centristas menos asociadas con el progresismo urbano. Y la estrategia da frutos: encuestas recientes muestran un desgaste del apoyo católico a Trump desde el inicio de su segundo mandato. Una encuesta de Pew realizada entre el 28 de septiembre y el 4 de octubre a 5.062 adultos, incluidos 3.917 votantes registrados, indica que los católicos prefieren a los candidatos demócratas para la Cámara de Representantes por un 42% frente a un 39% que apoya a los republicanos. Además, sólo el 30% de los católicos aprueba la gestión de Trump, frente a un 67% que la desaprueba; en enero de 2025 su índice de aprobación entre católicos rondaba el 47%.

Artículo anterior

Amiga de Lali perdona infidelidad con actriz famosa y asiste al casamiento

Artículo siguiente

Gerrymandering en EEUU: políticos que eligen votantes

Continuar leyendo

Publicidad Izquierda del Artículo
Publicidad Derecha del Artículo

Últimas noticias

Comienza el Mundial en: