Tras una elección marcada por alta tensión, Luiz Inácio Lula da Silva derrotó a Flávio Bolsonaro por tres puntos y se convierte nuevamente en presidente de Brasil, asegurando un cuarto mandato justo antes de cumplir 81 años.
El mal tiempo y problemas en el transporte en varias regiones motivaron que tanto el Partido Liberal, de Flávio Bolsonaro, como el Partido de los Trabajadores (PT), de Lula, solicitaran al Tribunal Superior Electoral (TSE) ampliar el horario de votación en dos horas.
La resolución del magistrado Cristiano Zanin, del Supremo Tribunal Federal (STF) y exabogado de Lula, llegó ya con las mesas cerradas. En algunos centros electorales seguía habiendo votantes en fila, y la televisión mostró quejas de ciudadanos que no pudieron votar.
El Tribunal Regional de Amazonas declaró la orden del STF «inaplicable» y varios estados afirmaron no haber recibido notificación formal. Mato Grosso do Sul informó que las urnas electrónicas habían cerrado y no se reabrirían; en algunos lugares se estudió aceptar votos en papel firmados y certificados.
Globo News difundió una cronología del trámite: el equipo de Lula presentó la petición al TSE a las 13:30; al no obtener respuesta, la elevó al STF a las 15:00. El presidente del STF, Edson Fachin, tardó en asignar el caso y la orden llegó a Zanin a las 16:32.
En Brasil el voto es electrónico y los comicios suelen desarrollarse con rapidez y precisión. La actuación del presidente del TSE, Kássio Nunes Marques, y del STF fue cuestionada, lo que abre la puerta a impugnaciones porque hubo electores que pudieron votar y otros que no.
Fernando Neisser, experto de la Fundación Getulio Vargas (FGV), señaló que la decisión tomada cuando algunas urnas ya estaban cerradas y otras seguían abiertas genera una desigualdad entre colegios electorales.
Neisser añadió que esa disparidad podría llevar a solicitar la anulación de la segunda vuelta y su repetición en una o dos semanas, dependiendo de cómo se gestione y refleje en el escrutinio total.
El recuento de votos había comenzado y el STF difundió cifras con un 0,25% escrutado, pero minutos después la contabilización fue suspendida hasta las 19:00, lo que añadió confusión al proceso.
El foco del problema estuvo en Salvador, capital de Bahía. Por la mañana decenas de autobuses no salieron por llevar pegatinas con el número 13, del PT; medios locales informaron de varios cientos afectados. El presidente del Tribunal Regional Electoral llegó a ordenar la detención del secretario municipal de Movilidad.
El alcalde de Salvador, Bruno Reis, de Unión Brasil, justificó la retirada de las pegatinas argumentando que obligar a los autobuses a portar el número 13 constituía un delito electoral. Los vehículos salieron tras quitarse las insignias.
Pablo Souza, el secretario municipal implicado, no fue detenido porque estaba en París. Una vez retiradas las pegatinas, el transporte se normalizó y se registraron incidentes similares, con distinta intensidad, en ciudades como Sao Paulo, Maceió, Belém, Recife, Teresina y Sao Gonzalo.
Usuarios denunciaron en redes sociales demoras y cobros en un día en que el transporte debía ser gratuito. Esa clase de problemas tiende a perjudicar más a la izquierda, dado que muchos de sus votantes dependen del transporte público.
Tanto Lula como Flávio Bolsonaro pudieron votar y continuaron con actos de campaña el mismo día, intercambiando críticas sobre la competencia del adversario.
Lula, al votar en Sao Bernardo do Campo, calificó a su rival en términos muy duros y lo acusó de falta de ética y de pertenecer a grupos criminales; expresó además que no esperaba competir contra alguien con ese perfil.
Tras votar, Lula habló brevemente con la prensa; su esposa, Rosângela («Janja»), protagonizó un intercambio verbal con un periodista que comentó que el presidente parecía desanimado.
Flávio Bolsonaro votó en Río de Janeiro y defendió la necesidad de un cambio, apuntando a problemas de seguridad y economía que, según él, han empeorado la vida de la población, e instó a los electores a acudir a las urnas.
En Miami votó Eduardo Bolsonaro, hermano de Flávio y exdiputado en el exilio. Afirmó que un comentario suyo sobre enviar marines a Brasil, hecho en un podcast, fue una broma, y añadió que quienes trabajan por la libertad tienen temor de estar en Brasil en la actualidad.
Las encuestas previas mostraban una paridad extrema tras la primera vuelta, en la que Bolsonaro había obtenido 47% y Lula 45%. Desde 1989 nunca un candidato que perdió la primera vuelta ganó la segunda; Lula aspiraba a esa remontada para presidir por cuarta vez.
Los sondeos indicaban empate técnico y la campaña de Lula mejoró tras los errores de la primera vuelta. Flávio Bolsonaro, por su parte, confiaba en el voto oculto y en el contexto de avances de la derecha en América Latina.
La izquierda remarcó que Flávio Bolsonaro, senador de 45 años, proviene de una posición privilegiada y atribuye gran parte de su trayectoria a ser hijo de Jair Bolsonaro, líder de la derecha actualmente en prisión por su papel en un intento de golpe, a quien su hijo prometió amnistiar si llega al poder.
No obstante, la campaña de Flávio transcurrió sin errores notorios, con una presencia televisiva destacada y una propuesta de futuro que, según críticos, Lula tuvo más dificultades para articular.
Lula proviene de una familia muy humilde del noreste brasileño; tras mudarse a São Paulo trabajó como obrero metalúrgico, se convirtió en dirigente sindical y, después de varios intentos, ganó la presidencia por primera vez en 2002.
Unos 159 millones de brasileños estaban convocados a las urnas para decidir si mantenían la influencia política de Lula o daban paso nuevamente al clan Bolsonaro, lo que representaría un cambio significativo en la orientación política de la novena economía mundial.

