6 de noviembre de 2026
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Salud mental de Trump: ¿deterioro cognitivo o estrategia de confusión?

Salud mental de Trump: ¿deterioro cognitivo o estrategia de confusión?

¿Se trata de un deterioro en la capacidad de controlar pensamientos y distracciones, de los primeros síntomas de demencia, de una falta patológica de inhibición o de la continuación extrema de una estrategia deliberada iniciada en 2015, conocida como “The Weave”, cuyo fin es provocar, cambiar de tema y atraer la atención para evitar debates políticos sostenidos? Esa es la pregunta que surge al evaluar ciertas conductas públicas de Donald Trump: ¿desorden cognitivo, impulsividad patológica o táctica escénica?

Durante años se ha planteado esta duda ante los exabruptos de un presidente que ya de por sí rompía con la etiqueta presidencial tradicional. Recientemente, sin embargo, esas conductas han aumentado: abusos verbales frecuentes, inexactitudes, declaraciones poco coherentes y rasgos narcisistas más evidentes. Las últimas salidas públicas, tanto en la fase final de su campaña como tras su derrota en las elecciones legislativas de mitad de mandato, han generado alarma en su equipo: por ejemplo, restar importancia al impacto del alza de los combustibles y admitir satisfacción por los mayores beneficios de las petroleras, respondiendo con un “me da igual” a quienes señalan el sufrimiento de la población.

«¿Hay gente sufriendo? No me importa»

En mítines recientes se han sucedido comentarios que sorprendieron por su tono y contenido. En Ohio, al apoyar al senador Jon Husted, Trump elogió con insistencia partes del cuerpo del político, aludiendo a su condición de “verdadero atleta”, y repitió ese tipo de referencias en otros estados como Kentucky y Carolina del Norte. En Pensilvania hizo además un comentario sobre el tamaño del pene de la figura del golf Arnold Palmer. Estas intervenciones, consideradas inapropiadas por muchos, causaron desconcierto tanto en el público como en su propio entorno.

A sus asesores también les molestó que, pocas horas antes de las elecciones, en vez de centrarse en temas como la inflación, la inmigración y la seguridad pública, dedicara tiempo a celebrar la restauración del Estanque Reflectante frente al Monumento a Lincoln e incluso sugiriera, en tono de broma o en serio, cambiarle el nombre por el suyo propio.

Por ello es relevante aclarar su estado mental: no solo porque su conducta pudo influir en los resultados electorales, sino porque un presidente imprevisible plantea riesgos inmediatos. En las semanas que siguen hay una agenda diplomática y legislativa sensible —cumbres con líderes como Vladimir Putin y Xi Jinping, y una ventana breve para aprobar leyes y nombramientos antes de que cambie la composición del Congreso el 3 de enero— en la que decisiones erráticas podrían tener consecuencias importantes para la política exterior y doméstica.

Incoherencias cada vez más frecuentes

Tras la derrota, Trump se ha concentrado en proyectos visibles por la ciudad, presentando obras de acondicionamiento urbano y decorativas en Washington y celebrándolas en público, algo que irritó a algunos colaboradores pese a que otros lo acompañaron en la promoción de esos trabajos. Doug Burgum, por ejemplo, elogió esas iniciativas al referirse a los “embellecimientos” impulsados por la administración.

Evaluar su estado psíquico resulta complejo incluso para profesionales que lo han observado desde la distancia. Un análisis del New York Times, que empleó herramientas de inteligencia artificial sobre cerca de 6.500 discursos, detectó un aumento notable en el uso de insultos y blasfemias —y en las digresiones y frases confusas— a lo largo de una década. Aunque la propensión al escándalo y al tono agresivo ha sido una constante en su trayectoria pública, la frecuencia y el carácter de estas incoherencias han crecido.

Especialistas que siguen su comportamiento consideran que ciertas “defensas psicológicas” podrían estar debilitándose. Esto implicaría un mayor riesgo de desconexión progresiva con la realidad por parte de un líder con rasgos narcisistas, que históricamente ha intentado imponer su versión de los hechos mediante lo que denominó “hechos alternativos”. Ese posible deterioro plantea dudas sobre la estabilidad de su juicio y sobre el impacto que podría tener en la toma de decisiones públicas.

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