Cuando pilota su dron, dicen que Andrií es casi un “ángel exterminador” con numerosas bajas enemigas en su historial; en persona es tímido y educado, de manos finas, gafas pequeñas y aspecto de estudiante de física. “No me saques las fotos de cintura para abajo, que no llevo el calzado reglamentario”, comenta en perfecto inglés al notar que lleva zapatillas deportivas con el uniforme. Nos encontramos en el edificio derruido de lo que fue una escuela, en una de las ciudades liberadas del control ruso, ya muy cerca del Donbás.
Hemos venido a hablar con varios protagonistas de la llamada Operación Vivaldi, una ofensiva que logró liberar 277 kilómetros cuadrados de territorio ocupado por las fuerzas que usan la letra Z. Durante meses Kiev mantuvo discreción sobre los avances en este entorno extremadamente hostil, donde miles de drones de distintos tipos vigilaban el frente y dificultaban cualquier ruptura: el peor contexto imaginable para la infantería. Aun así, el Tercer Cuerpo de Ejército ucraniano, dirigido por el general Biletski, diseñó un avance metódico para reducir bajas propias y empujar al enemigo hasta el río Zherebets.
La operación fue relevante porque destruyó la pinza rusa que intentaba tomar Limán y rodear las últimas grandes ciudades que Ucrania controla en Donetsk: Sloviansk y Kramatorsk. Además, debilitó a la 144.a División de Fusileros Motorizados rusa hasta dejarla incapacitada para el combate. Las cifras oficiales hablan de 250 soldados rusos capturados —muchos mostrados en vídeo— y alrededor de 5.000 bajas, aunque hay discrepancias sobre si se trata de muertos o de bajas totales. Zelenski afirmó que las pérdidas ucranianas fueron varias veces inferiores a las del ejército ruso.
Valentin, comandante de infantería de la Brigada 66, en Izium. FOTO: ALBERTO ROJAS
Valentin, comandante de infantería de la Brigada 66 y uno de los oficiales a cargo, explica que la meteorología fue crucial: “Aprovechábamos los días nublados y con poca visibilidad, cuando los drones espía del enemigo son menos efectivos”. En esas jornadas, pilotos como Oleksí volaban muy bajo, inspeccionando cada línea de árboles donde pudieran ocultarse soldados rusos. “Antes de que avanzara nuestra infantería, reconocíamos el terreno y localizábamos posiciones rusas ocultas. Cuando las encontrábamos, atacábamos con drones y robots terrestres”. Seguimos con preguntas a Andrií:
—¿Estaban bien entrenados y equipados los soldados rusos en esta zona?
—Sí, estaban bien entrenados, pero les cortamos la logística durante meses. Algunos no tenían prácticamente nada que comer y los hallamos muy debilitados tras permanecer largos periodos en las mismas posiciones, escondidos y sin moverse.
Ucrania empleó ampliamente el engaño por radio: hizo creer a los rusos que atacaría por otro sector, distrayéndolos del objetivo principal en el norte de la aldea de Nove. También hubo silencio informativo y guerra electrónica: Kiev mantuvo la operación en secreto, perturbó los drones de reconocimiento rusos, atacó suministros y depósitos en la retaguardia y desplegó robots aerotransportados más allá de las líneas enemigas para sembrar pánico. A veces lanzaron asaltos robóticos por medio de drones bombarderos a más de 10 kilómetros en la retaguardia. También usaron viejos blindados BTR-60 convertidos en vehículos explosivos dirigidos contra fortificaciones rusas.
Ahora preguntamos al comandante de infantería, responsable de despejar esas zonas arboladas:
—Cuando alcanzáis sus posiciones, ¿prefieren rendirse o combaten hasta el final?
—La mayoría combate hasta el final. La propaganda rusa les ha convencido durante años de que los matamos cuando ya están desarmados. Eso no es cierto. A los prisioneros los tratamos de forma humana.
Andrií, piloto de drones, en Izium. FOTO: ALBERTO ROJAS
Una vez despejada la línea de árboles, la infantería avanzaba protegida por drones ucranianos encargados de derribar los aparatos rusos que intentaran sobrevolar la zona. También actuaban los drones bombarderos, de mayor tamaño, capaces de lanzar bombas de 40 kilos y devastar refugios. Entre sus pilotos estaba Pavlo, con barba y gafas de sol, a quien Valentin atribuye más de 100 bajas enemigas solo en esta operación.
Pavlo relata que el mismo dron cumplía varias funciones en un día: “Podías comenzar destruyendo una posición con una bomba de 40 kilos; luego el dron volvía, cambiabas baterías y lo cargabas con comida, agua y munición para la infantería. Después podía regresar con el arma y las pertenencias de un herido para su evacuación”.
Ambos ejércitos han reducido el uso de blindados, pero Ucrania los empleó en algunas misiones, siempre escoltados por drones para neutralizar la amenaza aérea enemiga. “Todo estaba muy planificado; el primer día solo tuvimos un herido leve en la liberación de la primera población”, comenta el comandante. El nombre Vivaldi alude a Las cuatro estaciones: el general Biletski ironizó con esa referencia al explicar que la operación se ejecutó en cuatro fases con el objetivo, según fuentes abiertas, de empujar a las tropas rusas más allá de las orillas del río Zherebets.
¿Se puede seguir avanzando en estas condiciones, incluso en invierno, cuando se pierda la cobertura vegetal? “Sí, podemos seguir liberando territorio con esta misma estrategia. Hay que usar el clima a nuestro favor; las condiciones invernales también pueden ofrecer oportunidades para cumplir objetivos. Quizá lo hagamos en este frente o en otro. Nosotros cumplimos órdenes y planificamos cuidadosamente cada paso”, afirma Valentin. El general Biletski adelantó que habrá más operaciones similares y que se anunciarán “buenos resultados muy pronto”.



