Tras cuatro años extremadamente convulsos —con ciudadanos buscando refugio en Tel Aviv y soldados desplegados hasta el Monte Hermon en Siria— 7.331.981 israelíes votan hoy en las primeras elecciones desde el ataque de Hamas del 7 de octubre de 2023. Las urnas decidirán si Israel prolonga la era de Benjamin Netanyahu, que suma casi 20 años en tres mandatos distintos, si opta por un cambio de rumbo bajo una figura con menos experiencia pero mayor consenso como Gadi Eisenkot, o si deriva en un estancamiento que obligue a repetir las elecciones en primavera. El panorama es además incierto por el riesgo de un nuevo enfrentamiento directo con Irán y por el aumento de las tensiones entre Netanyahu y el jefe del ejército, Eyal Zamir.
Como en las cinco elecciones celebradas desde 2019, los bloques se han articulado en torno a Netanyahu: el Likud, dos partidos ultraortodoxos y formaciones ultranacionalistas frente a varias fuerzas alternativas que incluyen partidos de centro y de distintas franjas de la derecha y la centroizquierda. Figuras como Naftali Bennett y Avigdor Liberman se consideran más experimentadas que el recién llegado Eisenkot, pero aseguran que harán todo lo posible para poner fin a lo que califican de «el peor Gobierno de la historia de Israel». Netanyahu vuelve a medirse con un ex jefe del Estado Mayor, aunque su principal rival no es solo Eisenkot, sino también la pesada sombra del fracaso del 7-O, cuando 1.200 israelíes fueron asesinados y 251 secuestrados, y una guerra que mantiene frentes abiertos.
El ataque en el sur debilitó la bandera electoral de Netanyahu —la seguridad—, pero no la derribó: su administración ha lanzado ofensivas contra el régimen iraní y ha atacado a Hizbulá en Líbano y a Hamas en Gaza. Netanyahu logró además impedir la creación de una comisión estatal de investigación sobre el 7-O y posponer unas elecciones anticipadas; la guerra y las encuestas adversas de 2024 y 2025 contribuyeron a cohesionar a su coalición para evitar ir a las urnas antes de tiempo.
La exención del servicio militar para los ultraortodoxos, ya sensible por la necesidad de miles de soldados para relevar a reservistas tras tres años de desgaste, ha estado presente en la campaña, aunque no con la intensidad que esperaba la oposición. Eisenkot, Bennett, Yair Golán y Liberman consideran ese privilegio el talón de Aquiles de Netanyahu por su alianza con los partidos jaredíes y prometen premiar únicamente a quienes cumplan el servicio militar y trabajen. Ese mensaje atrae a buena parte del electorado de derechas, pero no basta por sí solo para que muchos abandonen el bloque de Netanyahu, que valoran también otros factores como la identidad del país —el papel de la religión, el sistema judicial— y, por encima de todo, la seguridad.
En los últimos días, Netanyahu ha apelado al voto del miedo. Si en 1996 advertía que «Peres dividirá Jerusalén», ahora recurre a lemas en hebreo que buscan impacto tras el 7-O, como «Derecha o Palestina», y difunde imágenes generadas por IA que sugieren que Irán atacaría Tel Aviv si hay otro primer ministro. La oposición describe estas tácticas como una muestra de desesperación. A ese mensaje se sumó el presidente estadounidense Donald Trump, que ha pedido públicamente el voto para Netanyahu asegurando que, juntos, podrán confrontar al régimen de los ayatolás.
«Estamos ante una cuestión existencial», advierte Netanyahu, quien afirma que el nuevo líder iraní, Mojtaba Jamenei, desea su derrota. Eisenkot, por su parte, promete firmeza contra Irán, la eliminación de Hamas, mantener la cooperación con Estados Unidos bajo Trump, mejorar las relaciones regionales y revertir el perjuicio internacional que, dice, causan ministros como Itamar Ben Gvir o Bezalel Smotrich.
Los sondeos más recientes de diversos medios otorgan la ventaja a Eisenkot en cinco encuestas y a Netanyahu en dos, pero ninguno concede a sus respectivos bloques una mayoría clara. La atención está puesta en la participación: si supera el 70,6% registrado en 2022 —algo que pronostican y que podría deberse en parte a un mayor voto árabe—, el umbral electoral del 3,25% exigirá más de 170.000 votos para acceder a la Knéset. Ese requisito constituye un desafío para el único partido del tercer bloque y para la nueva formación derechista de Ofer Winter.

