Me gustaría, si me lo permite, examinar con más detenimiento algunos puntos de su intervención. La conferencia sobre mi persona y mi “Teoría General del empleo, el interés y el dinero” me pareció, tal como fue presentada, uno de los mayores embrollos que he visto. Es un ejemplo de cómo, partiendo de un error, un razonamiento riguroso puede desembocar en una conclusión absurda. Aun así, su exposición contiene intuiciones valiosas; aunque al despertarse confundieron los elementos del relato con nombres inapropiados, su sueño intelectual no carece de inspiración y puede provocar reflexión en el lector.
Paul Samuelson: un gran divulgador, pero un intérprete deficiente de mi obra.
En cuanto al señor Samuelson: Paul Samuelson ha sido, en muchos aspectos, un eficaz publicista de mis ideas, pero también su peor intérprete. No me conoció personalmente. Hace diecisiete años, cuando vino por aquí, le dije: “Doctor, hace seis meses se definió como ‘una cafetería keynesiana’, alguien que escoge y mezcla las partes de una doctrina que más le convienen”; le agradezco lo que debo agradecerle, pero usted es responsable de muchas de las críticas erróneas que me han hecho los ignorantes. Con suerte, su síntesis neoclásica es un borrón, y el ejemplo más claro es la formalización matemática que hizo de mi trabajo.
Sé que usted y sus colegas se consideran especialistas en keynesianismo, pero debo aclarar que yo no sé qué es eso y nunca me consideré keynesiano. Lydia y Austin Robinson pueden testificar que, en 1944, tras una reunión en Washington con economistas y legisladores, comenté en el desayuno que “yo era el único no-keynesiano en la sala”.
Como dejé claro en la introducción al trabajo de D. H. Robinson sobre “Money” en 1922, la teoría económica no ofrece un conjunto de conclusiones incuestionables aplicables directamente a las políticas. La economía es un método, no una doctrina; es una herramienta intelectual que ayuda a quien la posee a extraer conclusiones correctas.
Si alguna meta tuve con mis teorías fue que, una vez que los gobiernos aprendieran a administrar la economía, estas quedaran relegadas porque ya no serían necesarias.
Quienes hablan tanto de mí a menudo no aprecian que la economía es una ciencia moral más que natural o exacta. Por ello, “La Teoría” es un planteamiento epistemológico: una reflexión sobre cómo conocemos lo que sabemos de economía y por qué actuamos como lo hacemos.
Cuando nos evacuaron de Cambridge en 1944, Hayek —que había publicado “The Road to Serfdom”, un libro que siempre he considerado muy bueno— me preguntó si no me preocupaba lo que harían mis seguidores con mi teoría y si una doctrina que tenía sentido durante la peor etapa de la crisis de los años treinta no podría estimular la inflación cuando la economía se acercase al pleno empleo.
Respondí, sin darle muchas vueltas, que si en algún momento mis teorías se volvían perjudiciales —si mis seguidores exageraban o tomaban un rumbo equivocado— yo podía revertir la opinión pública en contra de ellas con relativa rapidez, y lo ilustré con un gesto.
Seis semanas después partí sin haber podido cumplir esa promesa a Hayek. El orgullo tuvo su factura.
He leído sobre su postura ideológica de que “no nos enamoramos de ningún modelo; nos enamoramos de los datos y de hacer las cosas bien”. Parece olvidar que en otra época se calificó de anarquista, libertario y otras etiquetas. Sospecho que parte de sus desaciertos provienen de ese vaivén; además, no hay evidencia de que “Toto” haya trabajado en BlackRock, y si lo hizo, fue de forma poco clara.
En 1978, Samuelson —con quien todavía tengo asuntos pendientes—, en una de sus paraphrases desafortunadas, me atribuyó la frase: “Cuando la información cambia, cambio mis ideas. ¿Qué hace usted?”. Él omitió la palabra clave: “información”, es decir, conocimiento más cercano a la realidad, no solo números o datos fríos. Así que pregunto: ¿qué hacen ustedes ante nueva información?
Nunca me enamoré de ninguna teoría económica, ni siquiera de las mías. Creo en los hechos y desconfío de los datos por sí solos y de definiciones grandilocuentes al estilo de Ragnar Frisch y Samuelson.
Aunque fui casi fundador y presidente de la Sociedad Econométrica en 1944, no debería omitirse que una de mis primeras críticas al uso indebido de los números en economía fue la que dirigí a Jan Tinbergen en septiembre de 1939; crítica que sigue siendo relevante y que todos deberían considerar.
Si desde el poder se lanzan andanadas contra mis errores —errores que he tenido y de los que me responsabilizo—, apunten con precisión hacia lo que realmente merece la crítica.
En cuanto a las opiniones sobre “ese caballero”, coincido en que fue un genio, aunque no malintencionado. Como tesorero del King’s College entre 1920 y 1946, el rendimiento anual medio del fondo que administré fue del 15–16%, muy por encima del mercado, resistiendo el Crash de 1929 y la Segunda Guerra Mundial: de unas 30.000 libras iniciales dejé unas 800.000 libras, todo ello documentado. Por tanto, acusaciones de estafa no me parecen fundadas.
¿Comunista de mano suave? Quienes afirman eso desconocen mi opinión sobre Marx y su obra. Nunca leí “Das Kapital” con detenimiento ni me interesó mucho; me resulta incomprensible el efecto que ha tenido. Su polemización académica me parece agotadora y, en muchos sentidos, inapropiada. ¿Cómo aceptar una doctrina que presenta como biblia un texto que considero científicamente defectuoso y sin relevancia práctica para el mundo moderno?
En una carta a Joan Robinson en noviembre de 1936 dejé claro que no estaba dispuesto a permitir reinterpretaciones “marxistas” de mi trabajo, ni en versión suave ni dura. Si quieren etiquetarme como socialista liberal —entendido, como expliqué en 1939, como “un sistema en el que podamos actuar como comunidad organizada con fines comunes para promover la justicia social y económica, protegiendo al individuo: su libertad de elección, su credo, su pensamiento, su libre expresión, su iniciativa empresarial y su propiedad”—, pueden hacerlo. Lamentablemente, quienes me atacan rara vez conocen estas aclaraciones, que se acercan a otras definiciones contemporáneas de socialismo liberal.
Siempre he pensado que las mentes poco sutiles, incapaces de captar la ironía, recurren al vulgar exceso y caen en la pomposidad del mal gusto. Contar cincuenta y cinco expresiones groseras en lo que pretende ser una lección magistral de poco más de una hora, con una exclamación obscena cada minuto y medio, no resulta apropiado en quien aspira a enseñar a las nuevas generaciones.
Como dijo Pascal: “No he hecho esta carta más larga porque no he tenido tiempo de hacerla más corta”. En cuanto a sus colegas que tanto me divirtieron, me abstendré de responderles.
Antes de concluir, diez días antes de partir, le comenté a Henry Clay: “Me encuentro cada vez más apoyándome para resolver nuestros problemas en la mano invisible que traté de suprimir de la teoría económica hace veinte años”. Por favor, dejen que los que son tozudos sigan siéndolo, en paz.
Con votos de que tarden mucho en volver a visitarme,
Suyo siempre


