A los 96 años, Jean Stewart vive en Arizona y realiza ejercicios de fuerza dos veces por semana en un gimnasio local. Comenzó a asistir a clases a los 81 años después de notar dificultades para realizar tareas cotidianas; buscaba recuperar la independencia y mejorar su salud física.
Su decisión se originó al experimentar debilidad: actividades simples, como podar sus rosas, se le hacían cada vez más difíciles. Al enterarse de un gimnasio que ofrecía CrossFit adaptado para personas mayores, pidió ayuda y así inició la rutina que mantiene hasta hoy.
El entrenamiento de fuerza le permitió recuperar actividades que había dejado de hacer, aumentar su capacidad física y recuperar la confianza, devolviéndole una parte importante de su autonomía.
Un desafío físico y emocional
Stewart tuvo experiencia deportiva en su juventud —jugó hockey y sóftbol y trabajó con las Girl Scouts—, pero con la edad notó una pérdida de fuerza que hacía más exigentes las tareas diarias.
La frustración creció al percibir que su entorno la trataba como incapaz. Buscó entonces clases que le ofrecieran no solo ejercicio, sino también un espacio para recuperar seguridad en sí misma. En su primer día en el gimnasio sintió nervios y también entusiasmo ante los nuevos retos.
Cheryl Cohen, entrenadora y propietaria del gimnasio, elaboró un plan centrado en movimientos funcionales útiles para la vida diaria, como incorporarse desde el suelo o caminar cargando peso ligero. El progreso de Stewart fue lento pero sostenido: pronto pudo hacer flexiones completas y mantener una plancha el tiempo suficiente para escuchar una breve historia.
Adaptación tras accidentes y desafíos médicos
El recorrido de Stewart incluyó obstáculos de salud. En estos años enfrentó problemas graves, entre ellos una infección por MRSA y las secuelas de un accidente de tráfico, situaciones que la obligaron a interrumpir su rutina y a pasar por rehabilitación.
A los 91 años sufrió una caída mientras paseaba a su perro y fue operada por una fractura de cadera. A pesar de estos contratiempos, continuó ejercitándose y su constancia le permitió recuperar movilidad y fuerza tras cada recuperación.
Según su entrenadora, Stewart mantiene su determinación incluso en tareas cotidianas: prefiere cargar por sí misma objetos pesados, como baldes de arena para gatos, para afirmar su independencia.
Ejercicio adaptado y vida independiente
Hoy, Stewart no realiza peso muerto debido a una condición en la columna, pero continúa con ejercicios adaptados. Su rutina incluye flexiones elevadas, sentadillas con pesas rusas y empujar un trineo con peso, movimientos que le permiten seguir realizando actividades cotidianas como podar plantas o levantarse del suelo sin ayuda.
Para ella, el entrenamiento de fuerza es esencial: afirma que sin él su situación sería muy distinta. Difunde su entusiasmo por el ejercicio entre otras personas mayores y aconseja a los jóvenes cuidar su salud física desde temprano.
Stewart forma parte del Desert Fitness Collective, un gimnasio que ofrece clases adaptadas para adultos mayores, y su caso ilustra cómo el ejercicio regular puede mejorar la calidad de vida incluso en edad avanzada.
El impacto social y el mensaje de Stewart
El ejemplo de Stewart ha inspirado a su entorno y a otras personas mayores que buscan mantener la autonomía. Su historia demuestra que nunca es tarde para empezar una rutina física y que con constancia y adaptación es posible recuperar habilidades perdidas.
Según The Guardian, la demanda de clases de entrenamiento para adultos mayores está creciendo en Estados Unidos. Los profesionales del sector destacan que el ejercicio mejora no solo la fuerza, sino también la autoestima y la independencia.
La experiencia de Jean Stewart subraya la importancia de mantenerse activo para conservar la autonomía y la calidad de vida; su perseverancia demuestra que el entrenamiento de fuerza puede hacer una diferencia significativa en la vejez.

