29 de mayo de 2026
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Obesidad: del estigma al enfoque biológico y personalizado

La obesidad dejó de considerarse únicamente un problema de voluntad para consolidarse como una enfermedad crónica, compleja y multifactorial, según lo planteado por especialistas en el Congreso Europeo de Obesidad (ECO 2026) celebrado en Estambul.

El congreso reunió a más de 3.000 profesionales de diversas disciplinas y presentó avances científicos sobre las causas biológicas, el impacto psicosocial y las estrategias terapéuticas más eficaces frente a esta amenaza para la salud pública global.

La doctora Juliana Mosciulsky, coordinadora del Comité de Obesidad y Diabetes de la Sociedad Argentina de Diabetes (SAD) y participante del evento, recordó en conferencia de prensa que la obesidad es una enfermedad crónica, multicausal y recurrente que requiere atención comparable a la de otras enfermedades crónicas como la diabetes, la hipertensión o las enfermedades cardiovasculares.

Este cambio de enfoque, presente en ECO 2026, se sustenta en hallazgos recientes sobre el papel del tejido adiposo y cómo su disfunción afecta la salud metabólica y la capacidad funcional de las personas.

Durante años la obesidad fue interpretada principalmente como un problema de conducta y voluntad, lo que generó estigma y culpabilización. Hoy la medicina la reconoce como una “enfermedad de la grasa”, según la definición citada por Mosciulsky.

Cuando el tejido adiposo aumenta o pierde funcionalidad, secreta mediadores inflamatorios y puede distribuirse en localizaciones anatómicas que implican riesgos mayores. Estas alteraciones neurohormonales influyen en el apetito y explican por qué solo dieta y ejercicio no siempre bastan.

La importancia del problema quedó demostrada por la variedad de especialistas en ECO 2026: endocrinólogos, cardiólogos, psiquiatras, ginecólogos, especialistas en salud mental, nefrólogos y hepatólogos, entre otros. La obesidad afecta transversalmente a múltiples especialidades y requiere un abordaje multidisciplinario para diagnosticar y tratar a tiempo las más de 200 complicaciones asociadas.

El consenso emergente propone abandonar la etiqueta única de “obesidad” hacia términos más precisos, como adiposopatía o enfermedad crónica del tejido adiposo. Según Mosciulsky, la forma en que esta adiposopatía se manifieste dará lugar a distintos fenotipos clínicos.

Entre los avances presentados destacó la consolidación de tratamientos farmacológicos dirigidos a las vías neurohormonales del apetito. La semaglutida (Wegovy) imita la acción de la hormona GLP-1, prolongando y reforzando la sensación de saciedad, regulando la glucemia y reduciendo la compulsión alimentaria.

El estudio Step Up mostró que dosis más altas de semaglutida (7,2 mg) permitieron reducciones de peso de hasta el 20% en pacientes con menor respuesta a dosis habituales, y que respondientes tempranos alcanzaron pérdidas cercanas al 28%, resultados comparables a los de la cirugía bariátrica en ciertos casos.

Los efectos no fueron uniformes en todos los pacientes, lo que subraya la necesidad de personalizar los tratamientos según la sensibilidad individual y las condiciones clínicas. También se destacó la importancia de preservar la masa muscular durante la pérdida de peso para mantener la funcionalidad a largo plazo.

La evaluación de la composición corporal y de la función muscular, mediante pruebas como el hand grip o la prueba de levantarse y sentarse, mostró que una pérdida de peso equilibrada se asocia a mejoras funcionales. Reducir el volumen de grasa facilita la incorporación progresiva a la actividad física, explicó la especialista.

La distribución de la grasa corporal fue un tema central: la grasa ectópica, presente en compartimientos profundos como el abdomen y alrededor de órganos, actúa como un foco inflamatorio persistente que eleva colesterol, presión arterial y glucosa, incrementando el riesgo cardiorrenal y metabólico.

Mosciulsky destacó que la disminución del tejido adiposo visceral equivale a una ganancia de salud, ya que dicha grasa, que incluye la que rodea al corazón, se asocia a mayor incidencia de enfermedad cardiovascular, arritmias y alteraciones metabólicas responsables de un mayor riesgo de muerte.

Los expertos coincidieron en que la reducción de peso debe complementarse con una estrategia nutricional adecuada —con suficiente aporte proteico— y un plan individualizado de ejercicio, especialmente de fuerza y resistencia, para preservar la masa muscular.

Este enfoque es especialmente relevante en mujeres en transición menopáusica y en adultos mayores, poblaciones que experimentan pérdida natural de masa muscular y redistribución de grasa que aumentan los riesgos metabólicos y cardiovasculares.

La obesidad en la mujer fue un tema destacado: tras la menopausia el riesgo cardiovascular femenino se aproxima al masculino por la caída de estrógenos y el aumento de grasa visceral, lo que complica la pérdida de peso y aumenta las complicaciones. No obstante, la evidencia mostró que los tratamientos farmacológicos actuales son efectivos en mujeres premenopáusicas, perimenopáusicas y posmenopáusicas.

Asimismo, se puso el foco en la calidad de vida del paciente. El estigma y la frustración histórica asociados al diagnóstico alejan a muchas personas de la atención médica y dificultan la adherencia. La participación de pacientes en mesas de discusión evidenció la necesidad de entender la obesidad como una enfermedad biológica y no como un fallo moral.

Las estrategias contemporáneas combinan medicación, nutrición y ejercicio, adaptadas a cada persona. Estudios como AUX-STEP1 mostraron que la semaglutida no solo reduce el peso, sino que mejora la relación con la comida, disminuye el pensamiento obsesivo sobre la ingesta y facilita cambios de hábitos sostenibles.

El diagnóstico también está en evolución: además del índice de masa corporal (IMC), se recomienda evaluar la circunferencia abdominal y la distribución de la grasa para identificar con mayor precisión a quienes presentan obesidad central y mayor riesgo de complicaciones.

El estudio SELECT y los nuevos horizontes en el tratamiento de la obesidad

Uno de los momentos más relevantes del congreso fue la presentación del estudio SELECT, que aportó evidencia sobre el impacto de la pérdida de peso en resultados cardiovasculares. A diferencia de décadas pasadas, los ensayos actuales incluyen una mayor proporción de mujeres, lo que permite evaluar efectos en ambos sexos.

SELECT analizó el efecto de semaglutida 2,4 mg en la incidencia de infarto no fatal, accidente cerebrovascular no fatal y mortalidad por todas las causas en personas con obesidad y antecedentes cardiovasculares, mostrando una reducción aproximada del 20% en estos eventos sin diferencias significativas por sexo.

El hallazgo es relevante más allá de la pérdida de peso: ofreció evidencia de prevención de nuevos eventos en pacientes con antecedentes cardiovasculares, lo que sitúa a estos fármacos como herramientas importantes en la práctica cardiológica para reducir la mortalidad y mejorar la calidad de vida.

SELECT también destacó cómo la reducción de peso, acompañada de mejoras en composición corporal y funcionalidad muscular, se traduce en menos medicación, menos consultas y una vida diaria menos condicionada por la enfermedad, con impacto directo en la calidad de vida del paciente.

Los estudios presentados incorporaron además la perspectiva del paciente. En AUX-STEP1 se observó que las prioridades de los pacientes cambian con el tratamiento: de centrar la esperanza solo en perder peso a valorar el control del apetito, la reducción de pensamientos intrusivos sobre la comida y la capacidad de mantener hábitos saludables.

El tratamiento farmacológico también facilitó la adopción progresiva de actividad física, algo que muchos pacientes no consideraban posible antes de iniciar la terapia. La personalización del abordaje, junto con el acompañamiento profesional, fue señalada como clave del éxito.

En cuanto a criterios para iniciar tratamiento farmacológico, la recomendación general considera un IMC ≥ 30 kg/m2, o ≥ 27 kg/m2 con comorbilidades metabólicas, aunque la tendencia clínica es individualizar la decisión según el perfil y las necesidades de cada paciente.

La evidencia presentada en ECO 2026 confirma que abordar la obesidad requiere combinar ciencia, empatía y estrategias personalizadas. La integración de tratamientos eficaces, el trabajo multidisciplinario y el reconocimiento del impacto social y psicológico representan un avance en la atención de esta enfermedad que afecta a millones en todo el mundo.

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