7 de junio de 2026
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Por qué las rabietas no son mala conducta

Cuando un niño se desploma llorando en el supermercado o rompe a gritar en el parque, lo que ven los padres es solo la fase final de un proceso interno más complejo.

Las rabietas son la manifestación visible de una reacción neurobiológica que, como explica Jennifer Delgado en la revista Ser Padres, comienza antes del estallido. Comprender lo que ocurre en el cerebro del niño ayuda a evitar que la situación se intensifique.

Qué sucede en el cerebro infantil antes y durante una rabieta

La secuencia comienza en el sistema emocional: la amígdala, una estructura central del sistema límbico, detecta lo que interpreta como amenazas y activa respuestas emocionales rápidas. En los niños pequeños esta activación suele ser muy reactiva.

Según estudios de Joseph LeDoux citados por Delgado, la amígdala puede activarse ante estímulos cotidianos que el niño percibe como frustrantes o impredecibles. Cuando no obtiene lo que desea, la amígdala interpreta la situación como una “amenaza emocional” y desencadena la respuesta de estrés.

Al mismo tiempo se activa el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, que libera cortisol y adrenalina. El niño pasa a un modo de supervivencia: el pulso se acelera, los músculos se tensan y la capacidad de razonar disminuye. En teoría la corteza prefrontal —encargada de la autorregulación y el control de impulsos— debería moderar esa respuesta, pero en la infancia aún está en formación.

Investigaciones como las de Nitin Gogtay, mencionadas en el artículo, muestran que la maduración de la corteza prefrontal se completa mucho después, normalmente en la adolescencia. El resultado es un desequilibrio: el “acelerador” emocional funciona con fuerza mientras el “freno” cognitivo no está totalmente desarrollado.

Durante una rabieta, la amígdala toma el control y activa una cadena de reacciones emocionales y fisiológicas; la corteza prefrontal, todavía inmadura, no puede regular con eficacia esas emociones, lo que explica la intensidad y la dificultad para detenerlas en los primeros años.

Por qué no es mal comportamiento

Las rabietas no son una decisión deliberada ni necesariamente un síntoma de mala educación. Como detalla Jennifer Delgado en Ser Padres, se trata de una desregulación neurofisiológica: el cerebro del niño está aprendiendo a gestionar emociones intensas y aún no dispone de las herramientas para hacerlo por sí solo.

Detrás de una reacción que parece desproporcionada —un berrinche por un cambio de planes o por escuchar un “no”— hay un cerebro que todavía no sabe regular la frustración.

Esta perspectiva aleja la interpretación de la rabieta como desobediencia o provocación. El niño no elige comportarse mal; su sistema nervioso necesita intervención adulta para recuperar la calma y aprender estrategias de regulación emocional.

El papel de los adultos en la corregulación

Cuando el sistema nervioso del niño se desborda, la presencia tranquila del adulto actúa como regulador externo. Delgado señala que la corregulación efectiva implica acompañar al niño con afecto, modelar respuestas serenas y transmitir calma. Esto se logra con un tono de voz bajo, validación emocional y gestos de consuelo, como un abrazo si el menor lo acepta.

El adulto funciona como “ancla” que estabiliza al niño en estados de hiperirritabilidad. Sin esa referencia, el pequeño carece de los recursos necesarios para volver a la calma porque su capacidad de autorregulación aún está en desarrollo.

Cómo prevenir las rabietas

La prevención es más eficaz que la corrección. Delgado propone tres estrategias para reducir las rabietas:

Anticiparse a los desencadenantes: las rabietas rara vez aparecen de improviso. El cansancio, el hambre, la sobreestimulación o los cambios bruscos reducen la capacidad de autorregulación y aumentan el riesgo de estallidos. Mantener rutinas, respetar los tiempos de descanso y limitar estímulos en momentos críticos ayuda a evitar la saturación del niño.Preparar el cerebro antes del conflicto: los niños toleran mejor los cambios cuando pueden preverlos. Avisar con anticipación y usar límites claros y visuales —por ejemplo, “cuando termine este cuento, apagamos la luz”— reduce la sorpresa y la frustración, y modera la activación de la amígdala.Entrenar la frustración en dosis pequeñas: no toda frustración es negativa. Permitir experiencias controladas de espera o aceptar un “no” razonable fortalece los circuitos cerebrales de regulación emocional y mejora la tolerancia a la frustración con el tiempo.

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