1 de julio de 2026
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Joven alemana muere desnutrida y deshidratada tras 67 exorcismos

Pesaba apenas 30 kilos, tenía las rodillas dañadas por repetidas genuflexiones y su cuerpo mostraba signos evidentes de desnutrición y deshidratación extrema. Esa fue la conclusión de la autopsia sobre Anneliese Michel, la universitaria de 23 años hallada muerta el 1 de julio de 1976 en su habitación de Klingenberg, en la entonces Alemania Occidental. No se encontró evidencia de fenómenos sobrenaturales: la causa del fallecimiento fue la privación prolongada de alimentos, agua y atención médica.

El caso conmocionó a la opinión pública. Lo que empezó como la búsqueda de una explicación para un trastorno grave derivó en un conflicto entre la fe y la medicina, y en una investigación que atribuyó la muerte a la negligencia. Durante casi un año, con el consentimiento familiar y la autorización eclesiástica, la joven fue sometida a decenas de exorcismos; años después, esas decisiones serían consideradas determinantes en su fallecimiento prevenible.

Antes de ser conocida por este episodio trágico, Anneliese fue una estudiante destacada que convivía con un cuadro complejo: epilepsia del lóbulo temporal, depresión severa y episodios de alucinaciones psicóticas. La progresiva falta de control clínico y las limitaciones de los tratamientos disponibles en la década de 1970 llevaron a su familia y a los responsables religiosos a buscar una solución fuera del entorno médico, lo que desembocó en la tragedia.

El laberinto de la medicina y el refugio en la fe

El deterioro comenzó en 1969, cuando a los 16 años Anneliese sufrió convulsiones graves. Tras ser internada en Wurzburgo, los especialistas diagnosticaron epilepsia del lóbulo temporal, un trastorno asociado a estados de trance, pérdidas de memoria y depresión profunda. A pesar de recibir distintos anticonvulsivantes y antipsicóticos, las crisis persistieron y su salud mental se fue agravando.

En los años siguientes tuvo múltiples internaciones y cambios de medicación sin resultados sostenidos. Pese a ello, completó el bachillerato e ingresó en 1973 a la Universidad de Wurzburgo. La enfermedad, sin embargo, acentuó su aislamiento. Con el tiempo, episodios como ver rostros demoníacos durante la oración, oír voces condenatorias y mostrar rechazo hacia crucifijos e imágenes religiosas llevaron a sus padres, católicos practicantes, a interpretar esos síntomas como una posible posesión.

Anneliese llegó a pedir exorcismos en dos ocasiones, pero la diócesis rechazó inicialmente las solicitudes porque la normativa exige descartar causas médicas antes de autorizar el rito. Ante la falta de mejoría y convencidos de que la medicina no podía ayudarla, sus padres, Josef y Anna Michel, insistieron con las autoridades eclesiásticas para que se aplicara el Rituale Romanum, el ritual tradicional de la Iglesia Católica.

Tras varias negativas por cautela, el obispo de Wurzburgo, Josef Stangl, autorizó finalmente el exorcismo en septiembre de 1975 y encomendó el rito a los sacerdotes Arnold Renz y Ernst Alt, bajo reserva. A partir de entonces, la habitación de Anneliese dejó de ser un espacio de tratamiento y se convirtió en el escenario de un prolongado aislamiento y sufrimiento.

El último exorcismo de Anneliese Michel fue realizado el 30 de junio de 1976

Los 67 rituales

El exorcismo se prolongó durante diez meses y constó de 67 sesiones registradas en grabaciones de audio que hoy son uno de los archivos más completos sobre un ritual de este tipo. Los sacerdotes Renz y Alt acudían con regularidad —en ocasiones hasta dos veces por semana— y las sesiones podían durar horas. En las grabaciones se aprecia el evidente empeoramiento físico y emocional de Anneliese: su voz alternaba entre gritos, llanto, plegarias y largos periodos de agotamiento.

Los sacerdotes afirmaron haber detectado la presencia de varias entidades demoníacas —mencionaron a Lucifer, Caín, Judas Iscariote, el emperador Nerón, Adolf Hitler y a un sacerdote llamado Fleischmann—, interpretación que reforzó la continuidad y el endurecimiento de los ritos. Fuera de las ceremonias, su conducta se volvió cada vez más autodestructiva: genuflexiones compulsivas (llegó a realizarlas hasta seiscientas veces al día), comportamientos regresivos y agresiones a sí misma, además de hábitos alimentarios extremos y peligrosos.

Los testimonios y documentos judiciales relatan acciones como esconderse bajo mesas, ladrar, comer sustancias no comestibles, morder paredes y objetos, lamer su orina y otros actos de autolesión. A pesar del agravamiento físico, la familia y los religiosos interpretaron esas conductas como resistencia demoníaca, lo que redujo la intervención médica y prolongó la situación crítica.

En la primavera de 1976 sufrió desnutrición severa, anemia y neumonía; apenas podía mantenerse de pie y dependía en gran medida de sus padres. La negativa de Anneliese a comer —que ella atribuía a la acción de los demonios y concebía como un sacrificio expiatorio— no fue contrarrestada con hospitalización ni con medidas para alimentarla, una omisión que la Justicia consideraría clave y que pudo haber evitado la muerte.

Durante en juicio, los sacerdotes Ernst Alt y Arnold Renz y los padres de Anneliese, Anna y Josef Michel

El trágico desenlace y el impacto judicial

En las últimas semanas Anneliese perdió la movilidad por las lesiones en las rodillas y se consumió por la desnutrición. Aunque los exorcismos continuaron hasta la noche previa a su muerte, su organismo colapsó. En los días finales presentaba neumonía, anemia y un deterioro físico extremo; llegó a pesar alrededor de 30 kilos. En una de las grabaciones finales se la escucha decir a su madre: “Mamá, tengo miedo”, antes de fallecer durante la madrugada del 1 de julio de 1976.

La autopsia descartó causas sobrenaturales y determinó que la muerte se debió a desnutrición y deshidratación agravadas por la falta de atención médica. La fiscalía abrió una investigación que puso bajo sospecha tanto a la familia como a los sacerdotes, en un caso que confrontó la interpretación religiosa con la evidencia científica.

En el juicio de 1978, conocido como el “Caso Klingenberg”, la acusación sostuvo que los cuatro acusados —los padres y los sacerdotes— habían reemplazado la atención médica necesaria por un ritual prolongado, permitiendo que Anneliese muriera lentamente. Aunque la defensa presentó las grabaciones como pruebas de una posesión, el tribunal dio prioridad a los informes médicos y concluyó que la omisión de cuidados básicos fue la causa directa de la muerte.

El veredicto y el caso llevado al cine de terror

La justicia alemana determinó que las creencias religiosas no eximen del deber de proteger la vida de una persona vulnerable cuando existen tratamientos disponibles. Los padres, Arnold Renz y Ernst Alt fueron condenados por homicidio por negligencia a seis meses de prisión condicional y a tres años de libertad vigilada, una sentencia que generó debate público entre quienes la consideraron insuficiente y quienes interpretaron que los acusados actuaron movidos por convicciones sinceras.

El caso tuvo consecuencias más allá de la condena: la Iglesia Católica revisó y endureció los requisitos para autorizar exorcismos, instituyendo protocolos que exigen descartar enfermedades físicas o psiquiátricas mediante evaluaciones médicas. El expediente de Anneliese, con horas de grabaciones y numerosos informes, se convirtió en material de estudio para médicos, psiquiatras, juristas, historiadores y teólogos, y sirvió de inspiración para filmes como El exorcismo de Emily Rose (2005) y Réquiem, el exorcismo de Micaela (2006).

Pasadas cinco décadas, el caso sigue siendo una referencia en el debate sobre los límites entre la fe, la enfermedad mental y la responsabilidad legal. La tumba de Anneliese en Klingenberg continúa recibiendo visitas de quienes la consideran mártir, mientras que su historia permanece como advertencia sobre los riesgos de sustituir la atención médica por prácticas religiosas en situaciones de vulnerabilidad.

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