16 de julio de 2026
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Falsas teorías sobre Messi y el éxito argentino

Desde distintas ventanas mediáticas y en redes sociales se han formulado varias acusaciones sobre supuestas ventajas arbitrales para la selección argentina: se señaló que una amonestación incorrecta a Paredes habría provocado la expulsión de Embolo, que Argentina habría recibido más penales que otros equipos, que no se sancionó a Messi cuando debía sancionarse, que le anularon goles legítimos a rivales y que la estructura del torneo facilitó el camino de la selección. Entre las críticas circula además una teoría extrema: que Lionel Messi sería sionista y que esa filiación inclinaría a la FIFA a su favor. Analizar esa hipótesis permite explicar cómo se forman y se difunden las conspiraciones, por descabelladas que parezcan.

Que en Argentina no se conozca al imán Sallar Rasoul es comprensible: desarrolla su trabajo en el mundo musulmán angloparlante. Rasoul es un canadiense con presencia en redes que difunde el islam y, recientemente, protagonizó un intercambio público que llamó la atención.

Un seguidor le preguntó si era pecado (haram) apoyar a Messi si, según la tesis del seguidor, Messi fuese sionista y Argentina un país racista.

La respuesta esperable habría sido una negación tajante de cualquier vínculo entre Messi y el sionismo. Sin embargo, el imán no descartó esa posibilidad de entrada.

Rasoul dijo que no sabía si Messi era sionista y habló de ello como un asunto discutible que podía debatirse en los comentarios.

La mera posibilidad de esa afirmación sorprende: ¿es discutible que Messi sea sionista?

El imán añadió que, en todo caso, lo que le parecía claro era que Messi había permanecido en silencio frente a la opresión y al genocidio, y citó una frase sobre la responsabilidad de no callar frente a la verdad. Concluyó señalando que la mayoría de los seguidores siguen a Messi por su rendimiento deportivo, no por sus convicciones políticas o personales.

El post del imán terminó con una exclamación contra la FIFA, calificándola de corrupta.

El Mundial, además de ser un espectáculo deportivo que genera intensas pasiones, se ha convertido en un terreno para disputas culturales, reivindicaciones políticas y teorías conspirativas. En su forma básica, una teoría conspirativa atribuye una desgracia o un resultado adverso a fuerzas oscuras que maniobran para causarlo.

En la era de las redes sociales ese mecanismo se amplifica. La pandemia, crisis económicas, escándalos políticos, derrotas deportivas, enfermedades de mandatarios, resultados electorales, catástrofes o fallos judiciales pueden verse desde un análisis racional que incorpora intereses contrapuestos o pueden explicarse, sin más, por la acción de fuerzas ocultas que supuestamente dirigen los acontecimientos. Esas fuerzas pueden definirse de muchas maneras: entidades financieras, grupos políticos, medios, comunidades concretas o combinaciones diversas.

Mi primera pista sobre la circulación de la idea de que Messi sería sionista apareció después del partido con Egipto. El algoritmo de Instagram me mostró entrevistas en la calle en El Cairo donde varias personas se quejaban por la derrota; entre ellas, algunas gritaban consignas que vinculaban a Messi con el Mossad. Al buscar en internet expresiones como “Messi Mossad” o “Messi sionismo” surgieron numerosas publicaciones que difundían esa hipótesis, desde mensajes hasta caricaturas. Entre ellas, apareció el post del imán Sallar Rasoul, lo que me llevó a investigar cómo se construía y justificaba esa teoría.

Los argumentos que circulan son básicamente los siguientes.

– La FIFA favorece a la Argentina: se afirma que le otorgaron seis penales en los últimos dos mundiales; que no expulsaron a Messi por una entrada; que se otorgó un penal dudoso contra Egipto; que se anuló un gol legítimo a Egipto; y que se validó un gol argentino que debió ser anulado por otras faltas en el inicio de la jugada.

– Messi visitó Israel en dos ocasiones.

– A diferencia de algunos colegas, asegura la teoría, Messi no condenó públicamente los bombardeos en la franja de Gaza.

– Messi se fotografió con Donald Trump, y Trump había recibido poco antes un premio de la FIFA entregado por Gianni Infantino.

– Javier Milei, presidente de Argentina, se ha declarado abiertamente cercano al sionismo, y se cita su postura como indicio de una cercanía institucional.

– El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, expresó públicamente que deseaba la victoria de la selección argentina.

Sumados, estos elementos constituyen, según los creyentes de la teoría, la prueba de una conspiración sionista que favoreció a Argentina en determinados partidos. No obstante, como ocurre con muchas teorías conspirativas, el argumento se debilita cuando se introduce contexto adicional, porque se construye sobre selecciones sesgadas de datos que omiten información contradictoria.

En primer lugar, las decisiones arbitrales del partido entre Argentina y Egipto son objeto de debate y han sido analizadas por colegiados profesionales que llegan a conclusiones distintas sobre las jugadas mencionadas: hay razones para considerar legítimo el penal a favor de Argentina, elementos discutibles en la anulación del gol egipcio y dudas sobre las faltas que presuntamente no se revisaron. Además, si un equipo concede tres goles válidos en diez minutos, la protesta por decisiones aisladas pierde fuerza frente al rendimiento global en la cancha.

Es más sencillo, y habitual, culpar a la FIFA que admitir fallas propias. En cambio, la explicación del delantero egipcio Mohamed Salah fue directa: señaló que Argentina cuenta con “al mejor jugador de la historia”, lo que complica a cualquier rival. Salah, por su parte, sí se manifestó sobre lo ocurrido en Gaza.

El incidente de la plancha de Messi puede ser considerado sancionable, pero casos similares o comparables han ocurrido con otros jugadores y en otros partidos: entradas duras que no siempre reciben la misma sanción, decisiones polémicas que afectan a diferentes selecciones, y protestas por faltas no sancionadas. El fútbol registra este tipo de controversias sistemáticamente.

En cuanto al argumento de los penales, es cierto que a Argentina le concedieron seis penales en los últimos dos mundiales, dos más que a Francia; sin embargo, de los cuatro penales a Francia, dos se produjeron en la final contra Argentina en momentos decisivos. Ese dato muestra que la distribución de decisiones no siempre favorece de modo claro y uniforme a un solo bando.

Respecto a los viajes y vínculos personales de Messi: visitó Israel en dos ocasiones, como lo han hecho varios futbolistas por razones profesionales. En una de esas visitas estuvo también en territorio palestino junto con compañeros del Barcelona. Messi también tuvo relaciones con entidades de países como Arabia Saudita en algún período de su carrera, y ha viajado con frecuencia a Brasil, Italia y otros destinos por compromisos deportivos. Estos hechos, aislados, no prueban una alineación política determinada.

En cuanto a su silencio público sobre distintos conflictos, es cierto que Messi no se ha pronunciado sobre los bombardeos en Gaza ni sobre múltiples otros asuntos internacionales o locales (represión en Irán, conflictos en Siria o Ucrania, debates sobre políticas públicas, etc.). Esa ausencia de posicionamiento no constituye, por sí sola, una adhesión a una causa concreta: muchos deportistas optan por limitarse a su actividad profesional.

La selección argentina avanza en el torneo tras partidos complicados: pasó a Cabo Verde, sufrió ante Egipto y superó a Suiza. Ahora enfrenta desafíos mayores. Si existiera alguna conspiración —sea de la naturaleza que sea— a la que algunos atribuyen los resultados, los aficionados quizá solo esperarían que, en caso de existir, la supuesta influencia fuera menos dramática y más eficaz, porque el camino ha sido angustioso.

En el plano anecdótico, se mencionó también que Donald Trump jugó al golf con Harry Kane, quien calificó a Trump como buen jugador, lo que algunos usuarios interpretaron con humor como otra vuelta de la supuesta “conspiración”.

En resumen: la hipótesis de que Messi es sionista y que ello determina decisiones favorables de la FIFA se sostiene mediante una selección de datos y asociaciones circunstanciales que, al ser examinadas con contexto y comparaciones, resultan insuficientes para probar una conspiración. Ese tipo de teorías se alimenta de omisiones y de conexiones indirectas, y su aceptación ilustra cómo narrativas improbables pueden viralizarse en la era digital.

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