25 de febrero de 2026
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Longwood House, la última morada de Napoleón

En el corazón del Atlántico Sur, la mansión Longwood en la isla de Santa Elena fue la última residencia y la prisión de Napoleón Bonaparte. En esta remota isla, con alrededor de 4.000 habitantes, el emperador pasó sus últimos años tras su derrota en Waterloo.

Entre los responsables de conservar la memoria del lugar destaca Michel Dancoisne-Martineau, curador de la casa. Vinculado a Longwood casi cuarenta años, ha sido testigo y narrador de su historia, según relató a Atlas Obscura.

Tras la derrota en Waterloo, las potencias europeas decidieron enviar a Napoleón lejos para evitar fugas o que se convirtiera en un símbolo. Eligieron Santa Elena por su aislamiento —a más de 1.900 kilómetros de la costa africana—, que hacía casi imposible escapar. “Es como estar totalmente fuera del mundo, fuera de todo. Aquí no pasa nada. Es muy tranquilo y pacífico”, explicó Dancoisne-Martineau.

Napoleón llegó a la isla en 1815, cuando la población rondaba las 8.000 personas. A diferencia de un pueblo continental, aquí el océano lo rodea: en su época solo llegaba un barco cada dos meses; hoy en día hay vuelos semanales, comenta el curador.

La vida de Napoleón en Longwood House

Aunque estaba retenido, Longwood no era una cárcel al uso. Contaba con jardines y espacios para la vida cotidiana, algo que no encaja con la idea de una celda estricta, señala Dancoisne-Martineau.

En la mansión, Napoleón celebraba cenas en un gran comedor, jugaba al billar y estaba acompañado por generales leales y personal de servicio. Sus jornadas empezaban con la esperanza de que el encierro fuera temporal.

La situación se volvió definitiva en noviembre de 1818, cuando las potencias ordenaron que permaneciera allí hasta que su “odiosa fama llegara a su fin”. Para Dancoisne-Martineau, aquello fue “una pena mayor que la vida”. Con 47 años, Napoleón tuvo que adaptarse a una existencia marcada por la rutina y la introspección.

Reflexión y jardinería en el exilio

En sus últimos años su carácter cambió. Se dedicó a transformar su entorno y a trabajar en el jardín; llegó a decir que quería ser “un hombre y nada más que un hombre”, recuerda el curador.

La jardinería se convirtió en un refugio: mezclaba plantas ornamentales con hortalizas porque valoraba la utilidad del jardín, explica Dancoisne-Martineau.

Las largas caminatas por los senderos le ofrecían momentos de calma y reflexión sobre victorias y derrotas. También pasaba hasta dos horas diarias en su bañera de cobre, uno de sus lugares preferidos.

Muerte y legado de Napoleón en Santa Elena

El retiro terminó el 5 de mayo de 1821, cuando Napoleón murió en el salón de la mansión tras padecer problemas hepáticos, hepatitis y un deterioro intestinal. Francia promovió una reconstrucción meticulosa de la casa y algunos muebles y objetos originales se conservan en museos.

Hoy Longwood House conserva detalles de esa época y recibe visitantes interesados en recorrer los espacios del exilio: según Atlas Obscura, unas 4.000 personas la visitan cada año.

Santa Elena hoy: aislamiento y turismo

La población actual es aproximadamente la mitad de la que había en tiempos de Napoleón, con cerca de 4.000 habitantes. “Hoy la gente se va buscando mejores oportunidades. La población está envejeciendo y la tasa de natalidad baja”, señaló Dancoisne-Martineau a Atlas Obscura.

A pesar de la emigración, quienes permanecen valoran la calma y el aislamiento, cualidades que también atraen a los visitantes. El ritmo de vida es “mucho más lento que en el resto del mundo”, añadió el curador.

La isla es accesible por avión o en los pocos cruceros que recalan, y alrededor del 80% de los visitantes son turistas.

La singularidad de Santa Elena y de Longwood House reside en su aislamiento y en el paso sereno del tiempo; recorrer sus jardines permite imaginar el silencio y la introspección que marcaron los últimos días del emperador.

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