15 de enero de 2026
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Ancianos abandonados en el frente de Ucrania

“Un momento. Acaba de haber una explosión muy fuerte. Otra. Denme un segundo”. La voz de Enrique García Quiroz se corta mientras ordena a su equipo: “Let’s go to the shelter, guys!”. Bombas aerodirigidas rusas han impactado cerca de Sloviansk, en el este de Ucrania, donde este coordinador de operaciones de Médicos Sin Fronteras (MSF) lleva cuatro meses trabajando en la línea de frente, entre Kharkiv y Donetsk.

El ataque que interrumpe la entrevista forma parte de un bombardeo masivo que dura más de media hora. Entre las 17:05 y las 17:36 del miércoles, las fuerzas rusas lanzaron tres oleadas sobre distintas zonas de la ciudad, arrojando nueve bombas aéreas guiadas en total. Una de ellas cayó sobre un edificio residencial de varios pisos; el saldo fue de siete heridos, entre ellos dos niños de 13 y 7 años.

Al retomar la videollamada desde el refugio, con unas treinta personas buscando protección a su alrededor, García Quiroz describe una situación habitual: “No hay zonas seguras. Te puede caer en cualquier lado”. A diferencia de otros teatros de operaciones donde actúa MSF, aquí los ataques no siguen patrones claros. “Son bombas sin control: les ponen un motor que las impulsa y pueden caer en cualquier lugar”, explica sobre los proyectiles que obligaron a interrumpir la conversación.

MSF procura mantener sus actividades al menos a quince kilómetros del frente, la distancia máxima a la que llegan los drones FPV que se manejan con visores. Más allá de esa línea, el riesgo proviene de misiles balísticos, de crucero o de estas bombas aerodirigidas, que convierten cualquier punto del este ucraniano en objetivo potencial.

“Ya me había preparado para morir”

En las localidades próximas a la línea de frente, García Quiroz observa un drama humano recurrente: familias que deben tomar decisiones imposibles. “Somos cinco en la familia y solo podemos salir cuatro. ¿Qué hacemos? ¿Nos vamos? Pues sí, nos tenemos que ir”, relata, reproduciendo el dilema que afrontan muchos. “Porque hay niños, porque hay mujeres, porque hay hombres con un futuro en otro sitio. A veces se decide: ‘Mamá, nos vamos; aquí te quedas’”.

Los que huyen lo hacen con lo puesto y se dirigen a refugios improvisados en teatros o edificios comunales, sin certezas sobre si podrán volver. Los que permanecen —principalmente mujeres ancianas que no pueden trasladarse— quedan en pueblos casi desiertos, sin electricidad, sin agua, sin farmacias ni supermercados.

En las visitas a esos asentamientos abandonados, los equipos de MSF encuentran escenas angustiosas: personas al borde de la muerte, incapaces de obtener alimentos, agua o medicamentos durante semanas. García Quiroz recuerda la reacción de una anciana que se enfadó al verlos: “Ya me había preparado para morir. ¿Para qué me traen medicinas? ¿Para qué me traen comida si yo ya asumí que iba a morir?”.

Son las historias de los mayores las que más lo afectan, como la de un hombre que creyó haber muerto cuando una bomba destruyó su casa. “Despertó porque su perro lo empujó hacia afuera entre los escombros. Si no, se habría quedado bajo el polvo y se habría asfixiado”.

Un sistema de salud sin personal

El problema sanitario en estas zonas no es solo la destrucción de instalaciones —el martes bombardearon en dos sectores el hospital donde trabaja García Quiroz— sino la falta estructural de personal. “Por mucho que el sistema tenga capacidad o voluntad para seguir funcionando, no hay gente que trabaje aquí”, explica. Las áreas próximas al frente se quedan sin enfermeras, médicos ni cirujanos. “Nuestro cirujano, por ejemplo, en Donetsk, es el único cirujano en toda la zona. Ese es el principal problema”.

El coordinador subraya que el sistema de salud ucraniano cuenta con capacidad técnica y recursos económicos, pero la evacuación forzada del personal lo torna insostenible: la infraestructura existe, pero no hay trabajadores para operarla.

Para cubrir ese vacío, MSF despliega equipos completos en las regiones de Sumy, Kharkiv, Dnipro, Zaporizhzhia y Donetsk. Reabren hospitales, quirófanos y salas de emergencia, y sus ambulancias trasladan pacientes desde centros saturados en el frente hacia zonas más seguras. Cuando la seguridad impide el acceso presencial, ofrecen consultas telefónicas a distancia.

El 90% del personal de MSF en la región es ucraniano. “Viven para atender a la población del conflicto, pero al mismo tiempo son parte del conflicto”, apunta García Quiroz. Trabajan mientras sus hogares son bombardeados y sus familias evacuadas; varios han perdido propiedades y algunos, familiares. Uno de los médicos de MSF, director de un centro de salud en Liman, perdió ambas piernas tras un ataque con drones mientras repartía medicinas.

“Las metrallas explotan y entran en todo el cuerpo”

En los cuatro meses que lleva en el este, García Quiroz ha observado una escalada significativa. Confirmó un “pico histórico” de ataques a infraestructuras durante el último trimestre de 2025: “Agosto, septiembre y octubre han sido los tres meses con más ataques desde que empezó la guerra”, afirmó, una tendencia que coincide con los datos de la Organización Mundial de la Salud que documentan un número récord de agresiones al sistema sanitario desde 2022.

Tras casi dos años con el frente relativamente estancado, los meses recientes han reactivado la dinámica bélica. “Se han abierto muchos centros de refugiados y de tránsito. La cantidad de gente desplazada en estos días es muy alta”, explica García Quiroz, que atribuye parte de esta intensificación a negociaciones y presiones internacionales sobre ambas partes.

Los equipos de MSF atienden principalmente heridas causadas por ataques con drones: amputaciones de brazos y piernas y lesiones por metralla que “explotan y atraviesan el cuerpo”. También tratan heridas de bala, por minas y por granadas, además de las secuelas psicológicas y psiquiátricas, que son numerosas y de larga duración.

Para los casos de amputación, MSF ha desarrollado un programa de rehabilitación temprana que interviene entre las 24 y 72 horas posteriores a la operación. El desafío principal es formar fisioterapeutas en distintos hospitales a lo largo del frente para que apliquen estas técnicas de inmediato. “Esto mejora mucho la movilidad, la recuperación y la efectividad de la intervención”, señala.

Cada vez que suena una alerta aérea —todos los días— la población se tensiona. Algunos corren a los refugios, como el equipo de García Quiroz esta mañana; otros ya se han acostumbrado y no se mueven. “Pueden caer drones o bombas en cualquier momento”, advierte.

Desde ese refugio en Sloviansk, con el eco de las detonaciones aún reciente, García Quiroz lanza un mensaje directo a la comunidad internacional: “Lo más importante es el respeto al derecho internacional humanitario: la protección de la población civil y de la misión médica. Cuando eso se pierde, se pierde lo más básico de los derechos humanos”.

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