Hace 27 años, Jorge Drexler vivió uno de los episodios más relevantes de su vida con el nacimiento de su primer hijo. Al mismo tiempo lanzó el álbum Frontera, grabado en Uruguay, que marcó una nueva etapa artística. Casi tres décadas después, volvió a sentir la necesidad de reconectarse con sus raíces, un impulso que se intensificó tras la muerte de su padre y un cambio en su situación familiar.
Esos sentimientos están presentes en su nuevo disco, Taracá, que toma al candombe uruguayo como elemento central. El álbum reúne once canciones en las que la letra y la percusión, especialmente el tambor, ocupan un lugar protagónico. Además, Drexler concreta una colaboración anhelada con Young Miko, sumada tras su visita a Puerto Rico durante la residencia de Bad Bunny.
En una entrevista con Teleshow, el músico explica las claves de Taracá y cómo la música le permitió identificar por qué volvió a conectar con Uruguay en esta etapa y qué vivencias lo llevaron a plasmar sus emociones en esas canciones.
Al inicio de la charla, Drexler habla del primer adelanto que presentó al público, “Tocar madera”. Explica, con cierto humor, las dos lecturas del título: por un lado la superstición de tocar madera para evitar la mala suerte, extendida en distintas culturas (en inglés “touch wood”); por otro, en el candombe tocar madera remite a marcar la clave pegando en la piel o el costado del tambor, razón por la cual la canción está construida sobre esa clave. Añade que, personalmente, suele tocar madera como gesto ante algo bueno que teme “echar a perder” al mencionarlo.
– ¿Cómo trabajaste la composición de este disco?
– El álbum está muy centrado en la percusión. En particular, el candombe, el ritmo afro-uruguayo por excelencia, tiene una presencia muy importante. Taracá es una onomatopeya que remite al tambor chico, uno de los tres tambores del candombe. Me atrajo además la idea de un título con la vocal A, una vocal abierta que transmite espontaneidad. “Tar acá” es también una forma coloquial de decir “estoy aquí”, un acortamiento que da esa sensación de presencia.
– También es un regreso a tus raíces…
– Sí, de algún modo es una necesidad de reconectar con Uruguay por varios motivos, pero sobre todo una reconexión con mi país.
– ¿Por qué sentiste esa necesidad y cuándo te agarró?
– Muchas veces me doy cuenta del sentido de un disco después. Al comparar Taracá con Frontera (1999) me vi preguntando qué tenían en común: ambos aparecen cuando hubo un cambio en mi estatus familiar. En Frontera fue cuando pasé a ser padre; ahora, en Taracá, es cuando dejo de ser hijo tras la muerte de mi padre. Esos tránsitos me removieron y me llevaron, de forma casi instintiva, a volver a un territorio que me hiciera sentir en casa.
– ¿Cómo transitaste la partida de tu padre?
– Mi hijo mayor tiene 28 años y mi hija menor 14. Lo nuevo para mí fue dejar de ser hijo, sentirme en primera línea hacia el horizonte. Podía reaccionar tomando más responsabilidades o, como me ocurrió, con ganas de innovar: trabajar con gente más joven, arriesgar y jugarme. El productor más joven del disco comenzó conmigo con 21 años, Tadu, y ahora tiene 22; el mayor tiene 32.
– ¿Cómo recordás tu infancia en Uruguay?
– Para uno de los videoclips usamos imágenes en Súper 8 que filmó mi padre de nuestra infancia. Al verlas entendí que viví con dos sensaciones opuestas: en casa, mucho amor y una infancia feliz; afuera, miedo, porque crecimos durante la dictadura. En el hogar intentábamos compensar ese temor externo.
– ¿Cuál es la mayor lección de vida de tus padres?
– Al revisar esas filmaciones vi el amor con que nos miraba quien nos filmaba, mi padre. La gran lección de mis padres fue haber superado sus diferencias de origen: tenían visiones políticas, nacionalidades y religiones distintas y aun así formaron una familia. Me enseñaron a construir puentes entre elementos aparentemente opuestos, algo valioso en un mundo cada vez más polarizado. Crecí en una familia integradora en tiempos que hoy parecen más desintegradores.
.- ¿Qué rituales tenés al momento de cantar en un show?
– Tengo algunos rituales, pero no muchos; no soy especialmente supersticioso. Hubo una época en que bebía una medida y media de ron antes de salir; dos era demasiado y una me parecía poco. (risas)
– ¿Y la seguís manteniendo?
– Hace tiempo que no doy tantos conciertos, pero supongo que la mantendré. Aunque una medida y media es bastante, a veces la reduzco a una. Hay que saber relacionarse con el alcohol. Me interesa el concepto de “sobria ebriedad” de mi maestro Antonio Escohotado: mantener un punto de sobriedad en lo que hacés. El escenario tensiona mucho y un poco de ayuda a veces viene bien.
– En tu vida personal, ¿te gusta tomar algún fin de semana, una reunión con amigos?
– ¿Me estás preguntando si soy alcohólico? (risas) Vivo en España, donde el vino forma parte de la vida social, de comidas y reuniones. Intento no beber entre semana y los fines de semana comparto vinos con amigos. El vino me hace feliz y es un complemento importante en mi vida.
– Jorge, en tu trayectoria has tenido crossovers impresionantes, con C. Tangana, con Bhavi…
– Y ahora con Young Miko, que sorprendió a muchos. Estoy muy contento por esa colaboración y también por la de Bhavi y la de Mateo Sujatovich. Con Bhavi, además de admiración, fue entrar en un terreno distinto: fue arriesgado para ambos y un aprendizaje musical intenso. Con él intercambiamos el apelativo de “sensei” con frecuencia.
– Además el hecho de cantar con autotune, que no sé cuántas veces lo has utilizado.
– El autotune es una herramienta tan potente y peligrosa como el reverb, la ecualización o la distorsión en una guitarra. Se puede hacer un desastre con ella; requiere técnica para usarla bien. No es solo afinar: quien canta con autotune puede buscar que se note como parte del estilo. Son elecciones estéticas.
– Siempre hay gente que lo critica…
– Leí una analogía que me gustó: cuando se pasó de la vihuela a la guitarra, esta última fue considerada más fácil y muchos criticaron que cualquiera podía tocarla. Esa crítica es similar a la que recibe el autotune hoy. Me interesa escribir esa canción sobre el paso de la vihuela a la guitarra. Al final, son instrumentos y cada uno sirve para lo que quieras hacer; el autotune es un instrumento más.
– Hablando de Young Miko, ¿cómo fue esa colaboración con la puertorriqueña?
– Soy fan de Miko desde hace tiempo. Tiene un talento enorme: flow, musicalidad, y una elegancia tanto en el rap como al cantar. Yo quería rapear con ella y hacer algo más cercano a su mundo reggaetonero, pero ella prefirió cantar, y me pareció un gesto bellísimo.
– ¿Habías escuchado la Bizarrap Session o cómo fue el primer acercamiento?
– La conocía desde antes de la Bizarrap Session; la seguía desde que empezó. Le escribí por Instagram hace tres o cuatro años y mantuvimos mensajes. Quedamos en vernos en Puerto Rico: fui a un show de Bad Bunny y le avisé. En el estudio me dijo que quería cantar; yo tenía una canción sin terminar, le propuse “Te llevo tatuada” y la terminamos allí.
– ¿Cómo fue tu experiencia en La Casita de Bad Bunny? ¿Te gustó?
– Me sentí muy honrado por la invitación y me trataron como un rey. Sin embargo, noté una combinación peligrosa: barra libre y cientos de celulares retratando todo. Fue agobiante en cierto momento: había que cuidar gestos, dónde mirabas, cómo te movías. Soy fan de Bad Bunny y vi un show increíble, pero me terminé resguardando porque me sentí expuesto, como en un escenario ajeno con mucha gente perreando alrededor.
– Hay un punto que los une, vos en los Óscar tuviste la primera nominación de una canción en español. Y después él hace poco ganó el Grammy mejor álbum con un disco en español.
– Mucha gente hace ese paralelismo y me honra. En su momento mi nominación en los Óscar fue inesperada y muy bonita; cantar en español en esa ceremonia fue especial. No es la Super Bowl, pero son los Óscar, y poder cantar aunque sea un par de versos fue significativo.

