19 de marzo de 2026
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Crisis del multilateralismo

La percepción de que el sistema internacional atraviesa una etapa de notable debilidad institucional frente a conflictos armados y un peligroso aumento del rearme ha vuelto al centro del debate diplomático. La incapacidad de organismos globales y regionales para influir en crisis recientes —como las guerras en Ucrania y Gaza, o las tensiones con Irán— refuerza la idea de que los mecanismos creados en Dumbarton Oaks (1944), concebidos para preservar la paz y la seguridad mediante acciones colectivas, ya no rinden como antes.

El caso más visible de esa paralización es Naciones Unidas. Aunque su estructura se diseñó para evitar conflictos globales, el funcionamiento del Consejo de Seguridad —donde los miembros con derecho a veto pueden bloquear resoluciones obligatorias— se ha mostrado recurrentemente ineficaz cuando los intereses estratégicos de las grandes potencias están en juego. La resolución 2817 (2026), promovida por Baréin sobre los ataques de Irán en el Golfo Pérsico, es un ejemplo de esas limitaciones.

El panorama regional presenta problemas similares. Organismos como la Liga Árabe y la Organización de Cooperación Islámica han hecho llamados diplomáticos moderados, pero sin capacidad o voluntad de imponer soluciones. Las disputas armadas entre algunos de sus miembros, junto a antagonismos históricos y estratégicos, han reducido la eficacia y relevancia de estas instituciones.

Algo análogo sucede entre agrupamientos que buscan representar al Sur Global. El Movimiento de Países No Alineados y los BRICS (ahora ampliados) agrupan Estados con visiones divergentes sobre seguridad internacional, lo que evidencia los límites diplomáticos ante crisis complejas. Sus declaraciones a menudo suenan más a gestos simbólicos que a respuestas concretas del siglo XXI.

La misma fragilidad institucional se aprecia en foros más amplios, como el G20. Un caso ilustrativo es la decisión de Estados Unidos de excluir a Sudáfrica de la próxima cumbre: la reacción de China y otras potencias emergentes se limitó a expresiones generales de solidaridad, sin acciones contundentes frente a la ausencia de Sudáfrica en Miami 2026.

Detrás de este cuadro de vulnerabilidad multilateral hay un cambio en el equilibrio global. Tras la Guerra Fría parecía formarse un orden relativamente estable, pero el ascenso de potencias como China y la reaparición de rivalidades estratégicas han fragmentado ese escenario. En la práctica, los intereses nacionales han cobrado mayor peso que la acción colectiva a través de organizaciones multilaterales.

El resultado es un sistema internacional menos sostenido por reglas compartidas, donde el multilateralismo persiste pero queda más expuesto a la lógica del poder. En ese contexto, la política internacional se asemeja cada vez más a un partido sin árbitro: se juega, pero con menos disciplina y mayores riesgos de conductas peligrosas. El desafío del siglo XXI no es solo evitar nuevas guerras, sino reconstruir el respeto por un marco normativo internacional capaz de prevenirlas y gestionarlas.

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