19 de marzo de 2026
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Perdón como secuela de la violencia sexual infantil

Hay una escena que se repite a menudo cuando sobrevivientes de abusos sexuales en la infancia comienzan a relatar su historia. No corresponde al momento de la agresión, sino a años después, cuando la vida continuó y el pasado vuelve a hacerse presente.

Suele ocurrir en situaciones familiares cotidianas donde se espera confianza: una reunión, una celebración, una comida. La persona entra en la habitación y se encuentra con quien la agredió. Es una situación profundamente perturbadora.

El agresor puede estar sentado a la mesa como si nada hubiera pasado, como si aquella infancia arrebatada fuera irrelevante o hubiera quedado olvidada. Para la persona que sufrió la violencia, no es así.

El sentimiento dentro del sobreviviente es muy intenso. Quienes saben lo ocurrido a menudo desvían la mirada y permiten que quien les quitó una parte de la vida —a un bebé, a un niño o a una niña— siga presente en el entorno.

Muchos describen que, aunque su cuerpo sea adulto, la sensación es de volver a ser el niño o la niña de entonces: se congelan, sienten vergüenza, intentan ocultarse o proteger su cuerpo. No es solo ver al agresor, es también oír la voz que humilló, amenazó y dominó. Con frecuencia aparece además el asco como forma de resistencia que confirma el crimen.

La psiquiatra Judith Herman, que estudió el trauma interpersonal durante décadas, señala que los traumas causados por personas cercanas se reactivan cuando la víctima vuelve a encontrarse con el agresor o con situaciones que evocan esa relación desigual de poder, produciendo la sensación de vulnerabilidad infantil recuperada.

En los grupos de apoyo que dirijo, las narrativas suelen ser sorprendemente semejantes. Algunas personas logran sostener la conversación pero sienten una desconexión profunda: presentes y ausentes al mismo tiempo.

Otras relatan parálisis, dificultad para reaccionar o para pensar con claridad. Algunas intentan normalizar la escena aterradora actuando con naturalidad. ¿Quién podría convivir con quien torturó?

El aparato psíquico se exige al máximo y reaparecen mecanismos antiguos empleados en el momento de la agresión, como la disociación: “Estaba ahí pero no estaba”, contó un paciente de 53 años que sintió de nuevo tener nueve años y quiso hacerse pequeño para desaparecer. Al día siguiente fue hospitalizado con un dolor abdominal intenso. El cuerpo se expresa cuando la mente silencia.

Se reactiva no solo la memoria del hecho, sino la posición psíquica en la que estaba el niño frente al adulto que lo violentó, y con ella un conjunto de sensaciones: miedo, asco, dolor, humillación, terror y vacío.

Para comprender estas escenas hay que atender a la estructura de la violencia sexual infantil. A diferencia de otras violencias, la mayoría de las agresiones sexuales contra niños y niñas ocurre dentro del círculo de confianza: familiares, cuidadores o personas cercanas con relaciones afectivas sostenidas. El agresor forma parte del sistema familiar.

La psicóloga Jennifer Freyd denominó “trauma por traición” a los abusos cometidos por personas de las que la víctima depende para sobrevivir. Cuando el abuso se da dentro de una relación de apego —un padre, un familiar cercano, un cuidador, un sacerdote— reconocer plenamente la traición puede poner en riesgo el vínculo del que depende el niño. Para sobrevivir, el psiquismo puede bloquear, fragmentar o minimizar lo ocurrido y así preservar la relación.

Freyd llamó a este mecanismo “ceguera ante la traición”. No solo afecta a la víctima; puede extenderse a su entorno. Familias enteras pueden dejar de ver lo que amenaza la estabilidad del sistema.

Recuerdo el caso de una niña de 6 años agredida por su tío materno. Cuando su madre llevó la denuncia fue silenciada por la familia. La abuela le exigió retirar la denuncia bajo la amenaza de dejarla en la calle con sus tres hijos. La madre no tuvo opción: retiró la denuncia y cerró puertas para mantener al agresor lejos.

Yo terminé presentando la denuncia, pero no se actuó para protegerla ni para perseguir al agresor; el caso se archivó. De esa injusticia e impotencia nació nuestro cortometraje Play, que busca visibilizar lo que ocurre cuando familias y sistemas de justicia miran para otro lado y subraya la necesidad de ofrecer oportunidades para que las infancias agredidas puedan rehacer su vida.

Esta negación y ocultamiento social, más frecuente de lo que se piensa, explica por qué el agresor puede seguir presente en la vida familiar años después.

La historia de quien fue niño o niña agredido queda suspendida: todos saben algo y, al mismo tiempo, nadie lo reconoce por completo. La persona que sufrió queda en una posición imposible, mientras el agresor conserva su lugar en la mesa.

Investigaciones contemporáneas sobre violencia sexual muestran que estas experiencias no se disuelven con el tiempo. Revisiones en revistas médicas y psicológicas indican que quienes vivieron estas violencias presentan con mayor frecuencia depresión, ansiedad y trastorno por estrés postraumático en la edad adulta.

También se observa una mayor incidencia de problemas físicos, desde dolor crónico hasta enfermedades cardiovasculares, en personas que sufrieron traumas severos en la infancia. Lo vivido en la infancia permanece inscrito en la memoria, en los vínculos y en el cuerpo.

En muchos relatos aparece la vergüenza. Boris Cyrulnik señala que la vergüenza es una de las marcas más persistentes del trauma infantil: afecta la identidad, induce a bajar la mirada, desaparecer de la escena y no perturbar la aparente normalidad que la familia intenta sostener por mandatos sociales o religiosos.

El cine también ha mostrado cómo la violencia infantil puede condicionar la vida adulta. En Mystic River, la película de Clint Eastwood, el personaje de Dave Boyle carga durante décadas con las consecuencias de un abuso en la infancia, y esa marca alcanza también a sus amigos de la infancia.

Un aspecto menos tratado son las secuelas en niños y niñas que fueron testigos o que supieron de lo ocurrido. Es un tema que abordo en mi nuevo libro y que puedo retomar en otra columna.

En ese contexto surge a menudo la cuestión del perdón. Etimológicamente, “perdonar” (latín tardío perdonāre) significa dar o absolver completamente, remitir una falta o eximir a alguien de una pena; implica liberar al otro de culpa o sanción.

Durante mucho tiempo se sostuvo que perdonar era necesario para sanar. Hoy esa idea circula con fuerza en las redes sociales como si fuera la única salida posible del trauma.

No comparto esa afirmación.

La noción del perdón, arraigada en tradiciones religiosas, ha funcionado a menudo como un mecanismo de disciplina moral y de preservación del statu quo. Incluso en ámbitos del psicoanálisis aparece la idea del perdón como un horizonte deseable de elaboración.

La idea moderna del perdón no nació como un proceso de reparación para la víctima: surgió en el mundo romano como renuncia al castigo y fue transformada por el cristianismo en un mandato moral. Con el tiempo se convirtió muchas veces en una exigencia dirigida a quienes han sufrido daño.

¿Qué se perdona y con qué propósito?

Mi experiencia de trabajo con sobrevivientes indica que el perdón suele favorecer más a los perpetradores y a las familias que desean ocultar o negar lo ocurrido. En la mayoría de los casos, los agresores no padecen una enfermedad mental que disminuya su responsabilidad; por el contrario, actúan con conocimiento. Prefiero referirme a ellos como criminales con método.

Se aprovechan de la vulnerabilidad, explotan la desigualdad de poder y usan estrategias conscientes de coerción: amenazan, silencian, manipulan, buscan evadir la ley y preservar la impunidad.

El perdón se presenta a veces como una etapa necesaria de la recuperación, pero elaborar un trauma no implica absolver al agresor. Procesar la experiencia requiere poder nombrarla, entenderla y situarla en la propia historia sin quedar atrapado por el silencio o la negación.

Es como si alguien fuera atropellado deliberadamente por un camión: ¿por qué habría que exonerar al conductor?

Con frecuencia se escucha: “Perdoné por mí, para recuperar mi paz”. Esa idea debe ser cuestionada: la víctima no tiene nada que perdonarse. Debe desprenderse de la culpa implantada por el perpetrador. El daño lo cometió otro. Sin embargo, la cultura del perdón está tan arraigada que muchas personas sienten que deben, además de recuperarse, absolver al agresor.

En los casos de violencia sexual, donde el daño ocurre en una relación de poder y confianza, el trabajo psíquico consiste más en reconocer la traición y restituir la dignidad de la víctima que en reconciliarse con quien la agredió.

Exigir perdón a las víctimas no es un gesto terapéutico ni moralmente superior; a menudo es revictimizante. Traslada el foco del agresor a la víctima y le impone la carga de restaurar una armonía que no le correspondía romper. Además, sugiere que incluso un crimen contra un niño puede ser perdonado.

El perdón no puede ser una obligación ni una condición para la recuperación. Algunos sobrevivientes lo eligen, otros no. En los grupos de apoyo se advierte que cuando se exige perdón para restablecer la armonía familiar puede convertirse en otra forma de dominación y coerción.

Existen perdones que se pronuncian en nombre de la paz familiar o social mientras el daño permanece intacto. A veces ese perdón se paga con el cuerpo: síntomas persistentes, angustias sin palabras o enfermedades que aparecen cuando la historia vuelve a ser empujada al olvido.

Los sobrevivientes no necesitan que se les demande perdonar. Necesitan protección, cuidado, reconocimiento y justicia. El verdadero comienzo de la recuperación es que el agresor deje de ocupar un lugar en la mesa, en el club, en la iglesia y en las instituciones, y que la sociedad deje de pedir a las víctimas que sostengan el silencio que protege al agresor.

Sonia Almada es licenciada en Psicología por la Universidad de Buenos Aires. Tiene un Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO), y se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma, dedicada a erradicar las violencias contra infancias, juventudes y familias. Es autora de los libros La niña deshilachada, Me gusta como soy, La niña del campanario y Huérfanos atravesados por el femicidio.

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