Para muchos padres, el ingreso a la guardería coincide con una serie de resfriados, episodios febriles y consultas médicas. No obstante, más allá de ser un problema puntual, este proceso puede tener un papel importante en el desarrollo del sistema inmunológico infantil.
Una revisión reciente encabezada por investigadores de University College London sugiere que la frecuente exposición a infecciones durante los primeros años contribuye a fortalecer las defensas del organismo.
Aunque esto implique un aumento de enfermedades a corto plazo, el contacto temprano con virus y bacterias se relaciona con una menor frecuencia de infecciones en etapas posteriores, en especial al comenzar la escuela.
El análisis, publicado en Clinical Microbiology Reviews, señala que un niño de un año que inicia la guardería puede sufrir entre 12 y 15 infecciones respiratorias en su primer año, además de episodios gastrointestinales y enfermedades de la piel. Aunque la mayoría de estos cuadros son leves, en ocasiones requieren atención médica y alteran la rutina familiar.
Un sistema inmunológico en construcción
La principal causa de esta mayor frecuencia de enfermedades es la inmadurez del sistema inmunológico en los primeros años. Al nacer, los bebés reciben anticuerpos maternos, pero esa protección disminuye progresivamente durante el primer año de vida.
A partir de entonces, el organismo comienza a “aprender” a defenderse. En entornos con contacto cercano entre niños, como las guarderías, la exposición a distintos patógenos es más habitual y acelera ese aprendizaje.
“Es normal que los niños se enfermen mucho porque su sistema inmunológico nunca antes había estado expuesto a estos gérmenes”, explicó la doctora Lucy van Dorp, especialista en enfermedades infecciosas. Aunque incómodo en el corto plazo, este proceso es clave para desarrollar defensas más eficaces.
Esta fase de adaptación afecta también a las familias, ya que las infecciones recurrentes suelen provocar ausencias laborales y la necesidad de reorganizar la vida cotidiana.
“Todos tenemos experiencia de que nuestros hijos vuelven de la guardería con algún virus que a veces nos deja a toda la familia enferma”, comentó la viróloga Charlotte Houldcroft, de la Universidad de Cambridge.
Los autores del estudio destacan que estas situaciones forman parte de un proceso natural y tienden a disminuir con el tiempo: a medida que el sistema inmunológico madura, la frecuencia de infecciones baja y las interrupciones en la vida diaria se vuelven menos comunes.
Un “entrenamiento” para el organismo
Los datos indican que la exposición temprana no es un fenómeno aislado, sino una respuesta adaptativa. El doctor Leo Swadling, del Instituto de Infección e Inmunidad de University College London, lo sintetiza así: “La guardería funciona como un campo de entrenamiento para el sistema inmunológico de los niños”.
Esta “preparación” tiene efectos a largo plazo: los niños que pasan por más infecciones en los primeros años suelen enfermar menos al comenzar la escolaridad formal, en comparación con quienes no estuvieron expuestos a entornos grupales.
En otras palabras, el organismo va creando una memoria inmunológica que permite respuestas más eficientes ante futuras infecciones.
Prevención y cuidados necesarios
Aunque existen beneficios en la exposición temprana, los especialistas subrayan la necesidad de adoptar medidas de cuidado para evitar complicaciones. Entre ellas, seguir las recomendaciones sanitarias y no llevar a los niños a la guardería cuando presentan síntomas infecciosos.
También se aconseja mantenerlos en casa uno o dos días después de la recuperación para reducir la transmisión a otros niños y a las familias.
Otro aspecto fundamental es la vacunación: tener al día el calendario oficial es la medida más eficaz para prevenir enfermedades graves en la infancia. En particular, se destaca la importancia de vacunas combinadas como la MMRV, que protege contra sarampión, paperas, rubéola y varicela.
El desafío para las familias es hallar un equilibrio entre permitir que el sistema inmunológico se desarrolle mediante la exposición natural a patógenos y mantener las medidas preventivas adecuadas.
Lejos de indicar fragilidad, las infecciones frecuentes en los primeros años pueden formar parte de un proceso necesario. Aunque requieren paciencia y ajustes en la rutina, contribuyen a construir un sistema inmunológico más robusto y preparado para el futuro.



