13 de mayo de 2026
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Argentina duplica la sal recomendada por la OMS

En Argentina, el consumo diario de sal está en torno a 10–12 gramos por persona, más del doble del límite de 5 gramos que la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda para un adulto.

Datos oficiales del Ministerio de Salud señalan que el país supera ampliamente ese umbral, lo que dificulta la prevención de la hipertensión, los infartos y las enfermedades renales.

El Colegio de Nutricionistas de la provincia de Buenos Aires lanzó una campaña destinada a frenar el avance de las enfermedades crónicas no transmisibles, con especial énfasis en las cardiovasculares, que son las principales causas de muerte y discapacidad a nivel mundial.

Desde el punto de vista clínico, el exceso de sodio en la dieta produce efectos claros y medibles sobre la salud.

La manifestación más visible es su vínculo con la hipertensión arterial, un factor de riesgo que a su vez aumenta la probabilidad de sufrir infartos y accidentes cerebrovasculares.

Además, un consumo elevado de sal acelera el deterioro de la función renal, puede provocar pérdida de proteínas en la orina y empeorar el pronóstico en personas con enfermedad renal previa.

La OMS recomienda consumir menos de 5 gramos de sal al día (aproximadamente 2 gramos de sodio) en adultos. Esa cifra se basa en evidencia que muestra reducción de la presión arterial y de las complicaciones cardiovasculares al disminuir la ingesta de sal.

Los estudios epidemiológicos indican que, en promedio, la ingesta duplica lo recomendado. La principal fuente de ese exceso son los alimentos ultraprocesados: galletitas, embutidos y fiambres, caldos concentrados, conservas, snacks, aderezos industriales, comidas precocinadas, panificados y quesos.

Según la licenciada en Nutrición Paola Del Grosso (MP 3210), “el exceso de sodio no proviene principalmente del salero en la mesa. Entre el 65% y el 70% del sodio que consumimos viene de alimentos procesados e industrializados; la sal que añadimos al cocinar o al comer es solo una fracción menor”.

Ese patrón de consumo tiene un impacto claro en la salud pública: la Encuesta Nacional de Factores de Riesgo de 2018 mostró que entre el 34% y el 46% de los adultos argentinos presenta hipertensión arterial, condición estrechamente ligada a enfermedades cardiovasculares, accidentes cerebrovasculares e insuficiencia renal crónica.

Reducir la ingesta de sodio requiere un enfoque multidimensional que combine acciones educativas, regulatorias y de salud pública.

“No alcanza con pedir que se use menos sal en la mesa; es necesario unir la educación alimentaria y la enseñanza para leer etiquetas con políticas que incentiven a la industria a reformular productos”, señaló Del Grosso.

“Gran parte del sodio está oculto en productos procesados, ya sea como sal añadida o como parte de aditivos (potenciadores de sabor, conservantes, agentes leudantes). Por eso las y los nutricionistas tienen un rol clave: identificar las principales fuentes de sodio, enseñar a interpretar las etiquetas y promover educación alimentaria a nivel individual y comunitario”, añadió.

Prevención

En prevención primaria, cambiar hábitos alimentarios puede reducir de forma significativa la aparición de hipertensión y del síndrome metabólico.

En pacientes que ya presentan hipertensión, insuficiencia cardíaca o enfermedad renal, una restricción moderada de sodio forma parte del tratamiento no farmacológico junto con otras intervenciones; esto ayuda a controlar la presión arterial y mejora el manejo de estas enfermedades, retrasando o evitando aumentos en la medicación.

La solución no consiste en eliminar completamente la sal, sino en modificar el tipo de alimentos que consumimos: privilegiar productos frescos como frutas, verduras, legumbres, cereales integrales, huevos y carnes, y preparar comidas en casa para tener mayor control sobre la cantidad de sodio.

Para compensar la reducción de sal se pueden usar hierbas aromáticas, especias, jugo de limón, vinagre o ajo, que realzan el sabor sin agregar sodio. También es importante cocinar con menos sal y limitar el consumo de productos procesados.

Los beneficios de disminuir la ingesta de sodio van más allá de la presión arterial individual: a nivel poblacional, reducen la carga de enfermedades cardiovasculares y generan repercusiones positivas en la salud pública y en la economía del sistema sanitario.

El Colegio de Nutricionistas de la provincia de Buenos Aires recomienda trabajar en tres frentes: generar conciencia en la población, apoyar políticas que obliguen o incentiven a la industria a reformular productos y facilitar que las personas tomen decisiones alimentarias más informadas.

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