Cuando los embalses que abastecen de Corpus Christi, Texas, cayeron a cerca del 10% de su capacidad, las autoridades municipales decidieron tomar medidas urgentes ante la posibilidad de quedarse sin agua en pocos meses tras años de sequía.
El ayuntamiento aprobó casi medio millón de dólares para identificar nuevas fuentes de suministro y autorizó pagos adicionales a contratistas para acelerar un proyecto de aguas subterráneas de casi 500 millones de dólares, aun sin todos los permisos en regla.
Para afrontar estos gastos de emergencia, el administrador municipal advirtió que las tarifas de agua podrían duplicarse en los próximos años, un ejemplo de cómo el coste del suministro está aumentando en numerosas comunidades estadounidenses debido al cambio climático.
A medida que las empresas de servicios hídricos se enfrentan a fenómenos meteorológicos extremos y a la necesidad de reparar y modernizar infraestructuras, esos costes se trasladan progresivamente a las facturas de los consumidores.
Entre 1998 y 2020, el coste medio combinado de agua, alcantarillado y recogida de residuos creció mucho más que la inflación general de EE. UU., según la Oficina de Estadísticas Laborales.
“Esta sequía ha sido extremadamente severa”, señaló el administrador municipal, indicando que la ciudad llegó a una situación en la que había pocas alternativas viables.
En todo el país, eventos climáticos relacionados con el calentamiento global han dañado sistemas que antes se consideraban fiables, desde tuberías antiguas hasta plantas de tratamiento.
Sequías prolongadas y lluvias más intensas han forzado restricciones y presionado la disponibilidad de agua en diversas cuencas; un estudio del Servicio Forestal de 2019 proyectó que en unas décadas la demanda podría superar la oferta en muchas cuencas de Estados Unidos.
Históricamente el agua doméstica ha sido relativamente económica y predecible, lo que facilitaba la planificación financiera de las empresas públicas, señaló una analista de Bluefield Research.
Sin embargo, el cambio climático introduce incertidumbre y costes adicionales por fenómenos extremos para los que muchas compañías no estaban preparadas.
Según expertos, el clima extremo es uno de los principales impulsores emergentes de costes en el sector y su importancia crecerá con el empeoramiento del cambio climático.
Ese impacto climático ya se traduce en gastos concretos y urgentes para reparar y adaptar infraestructuras hídricas.
El costo climático se filtra a los precios del agua
El huracán Helene, que afectó el oeste de Carolina del Norte en 2024, ocasionó daños por miles de millones de dólares a los sistemas de agua de la región, según evaluaciones estatales.
En Asheville, el colapso de tramos de tubería y la entrada masiva de sedimentos en embalses dejaron a gran parte de la población sin agua potable durante semanas, incluso con trabajos de reparación continuos.
Asheville Water cubrió reparaciones iniciales con un préstamo sin intereses de la EPA, pero necesita cientos de millones adicionales para reforzar redes y modernizar instalaciones ante futuros eventos.
El responsable de la empresa señaló la dificultad de equilibrar la necesidad de inversiones con la capacidad de pago de los usuarios.
Además de solicitar ayudas federales, las entidades se enfrentan a un entorno en que la financiación federal para la infraestructura hídrica ha disminuido drásticamente en las últimas décadas.
Sin suficiente apoyo público, las empresas deben recurrir a aumentos de tarifas para financiar mejoras, un proceso que suele requerir aprobación política local.
La EPA estimó en 2023 que se necesitarían cientos de miles de millones de dólares en inversión durante las próximas décadas para garantizar agua potable segura en todo el país.
Retrasar estas obras incrementa la vulnerabilidad frente a huracanes, olas de calor y otros fenómenos, y el agravamiento climático empeora los problemas existentes, advierten investigadores.
Por qué las tarifas de agua superan la inflación
Un análisis de grandes empresas municipales de agua mostró que las tarifas medias de agua y alcantarillado subieron un 5,1% entre 2024 y 2025, aproximadamente el doble de la inflación en ese periodo.
Además del clima extremo, factores como la necesidad de modernizar infraestructuras envejecidas y el aumento del precio de combustibles y químicos para el tratamiento contribuyen a encarecer el servicio.
En muchos casos las empresas comienzan a justificar alzas en las tarifas citando explícitamente los impactos del cambio climático.
En el sur de California, una megasequía a largo plazo motivó aumentos de tarifas de hasta un 17% en dos años para preservar recursos.
El condado de King, en Washington, propuso subidas de tarifas de alcantarillado para afrontar tormentas más intensas que incrementan los desbordes de aguas residuales.
Comunidades en la cuenca del río Colorado han aplicado recargos por sequía; por ejemplo, Denver anunció cargos adicionales para los consumidores con mayor consumo de agua.
Estas tarifas y recargos permiten financiar proyectos como reúso, desalinización y conservación, pero también pueden agravar la carga económica sobre los hogares con menores ingresos.
Un estudio de 2023 encontró que los recargos por sequía en algunos lugares elevaron las facturas del agua por encima de umbrales considerados sostenibles para hogares pobres, y estos hogares disponen de poco margen para reducir consumo.
El administrador de Corpus Christi señaló que la ciudad rechazó previamente un proyecto de desalinización por 1.200 millones de dólares por su elevado coste.
No obstante, los recursos tradicionales ya no bastan para atender la demanda, sobre todo con el crecimiento industrial que consume parte importante del suministro.
El ayuntamiento valora ahora opciones privadas de desalinización, la perforación de pozos y la reutilización de aguas residuales, mientras mantiene restricciones de riego y uso doméstico para conservar lo disponible.
Las autoridades insisten en la necesidad de invertir en un sistema más diverso y resiliente, ante la posibilidad de que estas condiciones hidrológicas adversas pasen a ser recurrentes.
(c) 2026, The Washington Post


