El ensayo Irresponsables. ¿Quién llevó a Hitler al poder?, del historiador francés Johann Chapoutot, analiza el nombramiento de Adolf Hitler como canciller en enero de 1933 para responder a una pregunta de alcance contemporáneo: cómo una democracia avanzada como la República de Weimar acabó en manos del nazismo y qué lecciones tiene ese proceso frente al auge de la ultraderecha y a las tendencias autoritarias actuales.
La tesis central de la obra, publicada por Alianza, sostiene que la llegada de los nazis al poder no fue un desenlace inevitable. El partido de Hitler no disponía de mayoría absoluta y su fuerza electoral estaba menguando; además, el canciller se designaba por el presidente. Por tanto, el ascenso nazi fue el resultado de decisiones políticas conscientes de líderes con influencia estatal, mediática y económica.
Chapoutot plantea de forma explícita que no fueron únicamente los votantes quienes llevaron a Hitler al Gobierno, sino miembros de una élite “poderosa e irresponsable” que lo impulsaron porque lo consideraban un instrumento contra la amenaza comunista y, en muchos casos, porque no tenían fe en la democracia.
El autor, profesor de la Sorbona y especialista en nacionalsocialismo, es autor también de La ley de la sangre y La revolución cultural nazi, ambos publicados por Alianza. En este ensayo incorpora deliberadamente una perspectiva que enlaza el pasado con el presente, un enfoque que, según el texto, generó un amplio debate en Francia.
En el epílogo Chapoutot establece ese vínculo con el presente al señalar que hay reminiscencias entre la situación actual y la Alemania de 1932, hasta el punto de que su enumeración resultaría prolija; la afirmación subraya la persistencia de preguntas que trascienden el periodo estudiado.
El libro reconstruye una red de maniobras políticas, rivalidades personales e intereses de clase que contribuyeron al desenlace. Chapoutot advierte que acontecimientos tan decisivos pueden depender de intrigas, venganzas y susurros entre dirigentes que apostaron el destino colectivo desde sus despachos.
Entre los protagonistas destaca Alfred Hugenberg, magnate de la prensa en las décadas de 1920 y 1930, que puso su maquinaria mediática al servicio del impulso ultraderechista. El autor lo presenta como antecedente de propietarios mediáticos contemporáneos, comparándolo con figuras como Rupert Murdoch.
El libro también subraya una zona opaca: la magnitud de la implicación empresarial en el ascenso nazi no puede documentarse por completo, no porque carezca de importancia, sino porque, según el autor, muchos documentos fueron destruidos o suprimidos.
La reconstrucción histórica se sitúa en un contexto de descomposición política y social: la República de Weimar convivía con una violencia generalizada protagonizada por nazis y comunistas, y la crisis económica iniciada en 1929 aumentó la pobreza a niveles extremos.
A ese contexto se sumaron la derrota en la Primera Guerra Mundial y las condiciones impuestas por los vencedores, que alimentaron un nacionalismo virulento y el antisemitismo. En la Alemania de principios de los años treinta, además, pocas fuerzas políticas defendían con convicción la democracia.
Esa combinación explica la fragilidad del sistema, pero no exonera a quienes adoptaron la decisión final. Chapoutot insiste en que la historia pudo haber seguido otros caminos y que no era inevitable que desembocara en la Segunda Guerra Mundial, en la muerte de millones ni en el Holocausto.
La lectura dialoga con estudios recientes sobre el mismo periodo, como El fracaso de la República de Weimar, de Volker Ullrich, y The Death of Democracy. Hitler’s Rise to Power, de Benjamin Carter Hett. Lo distintivo de Irresponsables es que mantiene la mirada en el presente sin caer en anacronismos.
Chapoutot resume esa continuidad histórica recordando que Weimar sigue planteando interrogantes y lecciones para las democracias actuales: si la Gran Guerra mostró la mortalidad de las civilizaciones, la caída de la República de Weimar demostró que la democracia también puede ser frágil y perecedera.

