29 de mayo de 2026
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Luis Ignacio García: fascistas que se declaran abiertamente

Luis Ignacio García parte de la saturación informativa y del desconcierto que, según él, caracterizan el presente: una acumulación de fragmentos que vuelve la incertidumbre el paisaje habitual. Su libro Fascismo cosplay, publicado por Caja Negra y subtitulado Crónicas del desconcierto en el laboratorio argentino, es su intento por reorganizar y reevaluar esa realidad.

A principios de 2024, meses después de la asunción del nuevo gobierno, este doctor en Filosofía, investigador del Conicet y docente universitario de Córdoba comenzó a publicar breves reflexiones en Instagram —hasta 2.200 caracteres acompañando una imagen— pensadas para la dinámica del “like”. La serie fue creciendo y a fines de 2025 se convirtió en un libro: descartó algunos textos, incorporó otros inéditos y ensambló un conjunto de piezas ensayísticas.

García describe ese proceso como “un exorcismo cotidiano” y valora Instagram como el espacio que le permitió procesar el desconcierto público y privado. Este viernes presentará el libro en JJ Circuito Cultural (Jean Jaures 347, CABA) junto a Ana Longoni, Natalí Incaminato y Diego Sztulwark.

Una idea recurrente en el libro —159 capítulos breves en 223 páginas— es que la velocidad contemporánea no equivale a avance: “Cuanto más rápido vamos, menos nos movemos”. García explora tensiones como la coexistencia de una capacidad productiva inédita con una sensación generalizada de impotencia para concebir alternativas sociales.

Su método recupera la estrategia crítica de transformar la distorsión en material de análisis. Examina, además, la relación entre ruido y silencio: el ruido de las redes no facilita la palabra sino que muchas veces impide la posibilidad de decir. La temporalidad del hipermovimiento produce, según él, una forma de paralización o cancelación de la discusión pública.

Para explicar tácticas contemporáneas cita a Steve Bannon y la idea de “inundar la zona de mierda”: no se busca refutar argumentos, sino saturar el espacio público con exceso verbal hasta desarticular la gramática del diálogo compartido, lo que daña la posibilidad misma de debate.

El título del libro proviene de uno de sus ensayos. García define “fascismo cosplay” como un fenómeno global que mezcla lo terrorífico con lo frívolo, lo siniestro con la parodia: una apariencia lúdica o autoirónica que, precisamente por eso, facilita la circulación de repertorios autoritarios. La máscara se presenta como tal para negar que sea fascismo y, a la vez, naturalizar prácticas afines.

Ante esta ambigüedad surge una pregunta estratégica: ¿responder o desatender? Responder puede ser entrar en la lógica del adversario; dejarlo pasar permite que avance. El autor intenta captar esa oscilación y observa que la autoironía convierte a esos movimientos en imitaciones de sí mismos.

García recurre a ejemplos públicos —el saludo polémico atribuido a Elon Musk, gestos y encuentros entre líderes— para ilustrar cómo la ironía y la teatralidad normalizan una presencia política que se declara o se maneja como “fascista” sin sufrir sanciones simbólicas.

También menciona a figuras como Agustín Laje y la idea de que lo irónico en redes abrió ventanas de tolerancia en el discurso público. García sostiene que el carácter “fake” o de fantasía de cierto autoritarismo le permite prosperar en una época escéptica, porque se presenta como espectáculo y como simulacro.

Fascismo cosplay ilumina esa escena pública: sus imágenes, sus engranajes y sus contradicciones. García evita limitar su análisis a un solo dirigente —por ejemplo Milei— y busca comprender las condiciones más amplias que hicieron posible su emergencia.

Si estos liderazgos responden a una crisis de representación, entonces no son solo un reflejo de la ruptura sino parte activa de ella. En el debate público se confrontan dos modelos: el político profesional y el expositor desordenado que ostenta un carisma distinto, más cercano a la figura del influencer. García se pregunta qué tipo de magnetismo generan esas figuras.

Sobre el futuro, García distingue imaginar de especular y propone un énfasis en “materialismo somático” frente al “realismo especulativo”: demanda menos promesas grandilocuentes y más imaginación crítica para pensar alternativas. Recuerda que el fascismo nunca fue la primera opción histórica, sino una salida de emergencia ante crisis profundas.

Para él, muchas de las estrategias actuales combinan la provocación del caos con la preservación de fuerzas de orden y modelos de acumulación. La inestabilidad global, que arrastra consecuencias desde 2008, funciona como una fuga hacia adelante; no cree que esas tácticas conduzcan a una estabilización porque dependen de la desestabilización continua de la sociedad y de la salud mental colectiva.

García espera que la situación extrema sirva para unir a fuerzas contrarias a este liberalismo desbocado y para impulsar la búsqueda seria de alternativas al capitalismo dominante. Señala patrones históricos: la crisis de 1930 dio paso al Estado de Bienestar, la de los 70 al neoliberalismo; la de 2008, en cambio, habría profundizado el neoliberalismo sin abrir una alternativa clara.

Define el periodo actual como un “paréntesis extraño” que se extiende desde 1989 hasta hoy y advierte que ese modelo no es sustentable ni para la humanidad ni para el planeta. Se pregunta si surgirán proyectos colectivos capaces de superar el capitalismo y subraya que, bajo los parámetros presentes, resulta difícil imaginar formas sostenibles de convivencia.

*Luis Ignacio García presenta Fascismo cosplay en diálogo con Ana Longoni, Natalí Incaminato y Diego Sztulwark, este viernes en JJ Circuito Cultural (Jean Jaures 347, CABA) con entrada libre y gratuita.

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