28 de junio de 2026
Buenos Aires, 9 C

Creí buscar sexo pero necesitaba otra cosa

“No morimos por falta de sexo, sino por falta de caricias”. Valerie Tasso.

No siempre se engaña por deseo sexual; a veces la traición nace de una carencia afectiva.

Llevamos quince años como amantes. Los primeros doce fueron fluidos y alegres; los últimos tres se volvieron más complejos.

Carina llegó a mi estudio para que la ayudara con un divorcio largo y difícil. Ella tenía treinta y nueve años y yo cincuenta. Su exmarido le hacía la vida imposible, lo que nos obligó a hablar con frecuencia y a compartir momentos de mucha tensión. Cuando ella se quebraba, yo la acompañaba, le ofrecía mi mano o la abrazaba.

Con mi esposa estamos juntos desde los dieciocho años. Nos conocimos en la facultad y, además de estudiar, trabajábamos todo el día para salir adelante. Ambos veníamos de familias humildes y queríamos construir un futuro distinto.

Nos mudamos juntos en cuanto pudimos porque no era posible pagar dos alquileres. Con jornadas de trabajo de hasta doce horas, apenas quedaba tiempo para nosotros. Con mucho esfuerzo nos recibimos y seguimos progresando. Tuvimos dudas sobre tener hijos por el temor de no poder ofrecerles la vida que empezábamos a alcanzar; tras largas conversaciones y sacrificios, finalmente decidimos formarnos una familia.

Hasta los cuarenta años mi vida fue empujar sin descanso. La sexualidad con mi mujer se redujo a lo imprescindible, no solo porque llevábamos veintidós años juntos, sino por la presión constante: primero por combinar trabajo y estudio, luego por trabajar intensamente para sostener a la familia. Mi mujer también trabajaba en el estudio contable, aunque dedicaba menos horas para ocuparse de nuestros dos hijos.

Durante casi una década viví mi sexualidad en soledad. Al llegar a la cama mi mujer se mostraba exhausta, así que recurría a la masturbación casi a diario. Era una forma de canalizar mi deseo y conservar un espacio íntimo donde, al menos en mi imaginación, podía estar con quien quisiera. Hoy lo lamento; siento que perdí años valiosos de mi vida sexual, aunque no estoy seguro de haber tenido alternativas fáciles que no implicaran traicionar a mi esposa.

A los cuarenta años tuve una aventura con una mujer de Tribunales. Dudé mucho antes de cruzar ese límite, pero me angustiaba la idea de seguir viviendo así sin cambios.

Esa primera experiencia me dio una sensación de libertad que necesitaba. Me demostró que podía permitirme algo distinto sin quemarme por completo. Conocía a gente que acudía a prostitutas para evitar enamorarse; ese no era mi caso. Yo estaba satisfecho con mi familia, pero necesitaba un alivio temporal para mi deseo.

Quizá también estaba cansado de que la iniciativa sexual fuera siempre mía o de mantener relaciones solamente con mi mujer. Así empecé a tener amantes, intentando no descuidar lo más importante: mi familia.

Después de varios años apareció Carina. No la busqué; la cercanía surgió por la intimidad emocional que se generó durante su divorcio y así nos convertimos en amantes.

Desde el primer día le dije que no se enamorara. Menos de un año después quedó claro que no me había hecho caso. Cuando lo evidente ya no se podía negar, le propuse dejar de vernos.

—¿Cómo voy a querer que dejemos de vernos si es lo más lindo que me pasa en la vida? —me respondió.

Así seguimos durante diez años; nuestro vínculo se profundizó, pero al menos en mi caso eso no me llevó a crisis. Valoraba lo que teníamos, pero no contemplaba dejar a mi esposa ni abandonar a mi familia.

Sin embargo, algo cambió en los últimos tres años. Ver el sufrimiento de Carina, que no tiene con quién compartir su vida fuera de las horas que pasamos juntos, me afectó. Nunca pasé una noche con ella. Me pregunto si es por miedo a perder el control o si hay razones más complejas detrás de esa decisión.

En este tiempo comprendí que mi conflicto supera la relación con Carina. Con mi esposa llevamos más de cuarenta años, hemos trabajado juntos para sostener una familia, pero hace tiempo que entre nosotros falta calidez y ternura.

¿Acaso alguna vez hubo verdadera ternura o fuimos solo compañeros de lucha que unimos fuerzas para conseguir estabilidad económica y emocional? Si fue así, ¿eso resta valor a lo que construimos?

Con Carina encontré el afecto que anhelaba y que no conocía: una conexión que va más allá del sexo. Ella me escucha, me acaricia, me mira con ternura y me da aquello que no encuentro en casa. Incluso me brinda cosas que yo mismo no sabía que necesitaba.

Me veo en medio de un dilema: por un lado, mi compañera de toda la vida, con la que formé una familia, pero con quien la relación carece de calor; por otro, Carina y la cercanía afectiva que tanto necesito.

Durante años prioricé la supervivencia por encima del afecto. Ahora, con sesenta y cinco años, siento que estos son los últimos años buenos de mi vida y eso intensifica mi conflicto: ¿romper la familia a esta altura para buscar felicidad? ¿Pasar las fiestas y los encuentros familiares separados, enfrentar el rechazo de hijos y nietos? ¿Qué pasará si me enfermo? Pero si no me separo, ¿seguiré viviendo sin ternura? ¿Tengo derecho a elegirme si eso implica dañar a los demás?

Tengo la conciencia tranquila porque cuidé de lo que debía cuidar, muchas veces negándome a mí mismo. Pero llegó un punto en que ya no pude sostener esa negación. La realidad me descongeló y hoy quiero calor; dejar de sobrevivir y empezar a vivir.

¿Y entonces? ¿Qué estoy esperando?

Algunos amigos me dicen que hable con mi mujer, como si no lo hubiera intentado o como si fuera probable que ella cambie a esta altura. Otros me juzgan moralmente: «el que juega con fuego se quema». Me parecen juicios sencillos. Mi problema real fue vivir tanto tiempo en una existencia fría, sin margen para lo afectivo. Ahora, en el otoño de mi vida, tuve la suerte —o la desgracia— de encontrar el amor.

Un buen amigo me recuerda que todos somos adultos.

—Todos han elegido y siguen eligiendo, incluida tu esposa. No es necesariamente una víctima. En su lugar, quizá elige no ver o negar lo que está frente a ella, y en eso comparte responsabilidad —me dice—. No te cargues con todo lo que no te corresponde.

Sé que la vida es contradictoria. A veces intentamos salir indemnes de situaciones complejas cuando quizá la única salida es aprender a convivir con las contradicciones. No podemos separar una cara de su reverso sin romper la moneda.

¿Puedo darme el tiempo y el espacio para recorrer este camino incierto? ¿Cómo hacer para vivir lo mejor posible el tiempo que me queda?

No puedo elegir con certeza porque ambas partes de mi vida son reales y me definen. No quiero traicionar lo que construí, pero tampoco deseo traicionarme. Quizá el acto de amor más grande ahora sea no forzar una decisión apresurada.

***

La fidelidad no es solo no traicionar: es sostener aquello que amamos, aun cuando nos parte en dos.

La madurez no consiste en tener todas las respuestas: consiste en saber qué hacer con aquello que no tiene solución evidente.

Nadie sale ileso de una vida vivida plenamente.

* Juan Tonelli es escritor y conferencista, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”. www.youtube.com/juantonelli

Artículo anterior

Ensayo en pleno Mundial

Artículo siguiente

Por qué el Reino Unido cambia de primer ministro con frecuencia

Continuar leyendo

Últimas noticias

Comienza el Mundial en: