15 de enero de 2026
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Guacamayos y loros en el mayor complejo prehispánico del suroeste estadounidense

Durante siglos, las culturas indígenas del suroeste de Estados Unidos mantuvieron vínculos estrechos con aves exóticas procedentes de regiones lejanas. Una investigación, publicada en la revista KIVA y difundida por Taylor & Francis Online, ofrece nuevos detalles sobre el papel de guacamayos y loros en el Cañón del Chaco, un importante centro monumental prehispánico en Nuevo México, Estados Unidos.

El estudio concluye que estas aves no eran meras mercancías: ocuparon un lugar central en prácticas rituales y simbólicas y se alojaban en grandes viviendas acondicionadas para su manutención. El Cañón del Chaco, con ocupación principal entre mediados del siglo IX y mediados del siglo XII, es uno de los conjuntos arqueológicos más extensos de Norteamérica.

En la región existen miles de sitios, incluidas grandes casas como Pueblo Bonito, Pueblo del Arroyo, Kin Kletso, Una Vida y el sitio 29SJ 1360, además de más de mil asentamientos menores en el valle y las mesetas. No obstante, solo una fracción de estas construcciones fue excavada completamente, por lo que gran parte del registro arqueológico permanece sin explorar.

Bishop, autora del reanálisis, señala que la presencia de aves exóticas en el Cañón provocó un debate persistente sobre su origen y el valor asignado a estos animales. Guacamayas rojas y loros de pico grueso, especies ajenas al entorno local, aparecieron en espacios destacados de los principales sitios, lo que atrajo la atención de sucesivas generaciones de especialistas.

En su reexaminación, Bishop contabilizó 45 aves en total: 42 guacamayos y 3 loros de pico grueso, todas provenientes de zonas lejanas. El equipo estudió físicamente 38 ejemplares, mientras que algunos registros solo constan en documentación histórica. Los restos se distribuyeron en cinco emplazamientos del cañón, destacando Pueblo Bonito por su cantidad y diversidad de hallazgos.

En Pueblo Bonito se recuperaron 35 guacamayos y 2 loros de pico grueso, en su mayoría en la sección denominada “arco norte”. La sala 38, en particular, contenía restos de 14 guacamayos: dos depositados en un pozo subterráneo y doce en una capa gruesa de excrementos junto a la pared este.

Estos hallazgos sugieren la existencia de perchas o compartimentos internos para agrupar las aves. Otra sala relevante, la 249A, presentaba un estante de adobe cubierto de excremento y restos de alimento, lo que respalda la hipótesis de que allí se mantenían aves vivas con acceso posible mediante una trampilla en el techo. En los otros sitios identificados, los restos aparecieron de manera aislada o en cantidades menores.

El análisis de 2.481 huesos no mostró señales de descuartizamiento ni mutilación, lo que indica que las aves fueron depositadas completas, probablemente con propósitos rituales o funerarios, y no como residuos alimentarios.

La mayoría de los restos proviene de salas amplias, con paredes enlucidas y sistemas para conservar el calor, lo que demuestra que los habitantes acondicionaron espacios adecuados para el bienestar de estos animales en un entorno árido y frío. En algunos contextos se encontraron restos de urracas junto a guacamayos, una asociación poco común que, según Bishop, podría relacionarse con la coloración de las aves o su capacidad de imitación vocal.

El rango de edades registrado —desde 11 o 12 meses hasta más de 25 años— sugiere cuidados mantenidos a lo largo de generaciones, lo que evidencia una relación prolongada entre humanos y aves.

Desde la óptica etnográfica, se subraya el fuerte simbolismo ligado a las guacamayas rojas. Bishop apunta que estas aves se asocian con el sol, el cielo, la lluvia, el arcoíris, la sal y la dirección sur dentro del sistema simbólico de las culturas Pueblo. El color rojo de las plumas se vincula al sol, mientras que tonos azules y amarillos remiten al arcoíris y las lluvias, elementos clave para una cosmovisión agrícola.

Las plumas, altamente valoradas, se utilizaron en ceremonias y ornamentos durante siglos, y varias naciones indígenas formaron clanes o linajes relacionados con estas especies. Aunque los registros históricos de los siglos XIX y XX aportan información parcial, las comunidades Pueblo actuales son fundamentales para comprender la continuidad y profundidad cultural de estos vínculos.

Los autores señalan que los estudios anteriores sobre aves exóticas en el Cañón del Chaco, realizados hace más de cincuenta años, contienen errores o carecen de suficiente contexto. Bishop enfatiza la necesidad de reconstruir los contextos de depósito, las asociaciones materiales y las relaciones humano-ave no solo mediante la arqueología, sino también a través de archivos y colecciones museísticas.

El trabajo destaca la importancia de investigar más a fondo la patología esquelética de los guacamayos, ya que algunos marcadores aún no se explican plenamente. Bishop indica que interpretaciones previas que sugerían maltrato deberían revisarse, dado que el nuevo análisis aporta evidencia de cuidados y de condiciones de alojamiento adecuadas.

De cara a investigaciones futuras, la autora considera esencial estudiar el papel de otras aves, como pavos, águilas y pájaros cantores, para ampliar el conocimiento del repertorio simbólico y ecológico indígena. Además, insiste en que las interpretaciones culturales se enriquezcan con el saber de las comunidades Pueblo actuales, reconocidas como interlocutoras clave para entender el pasado y el presente de estas especies.

En conjunto, la investigación reciente muestra que la relación entre los habitantes del Cañón del Chaco y las aves exóticas fue más compleja y cuidadosa de lo que se pensaba, revelando un esfuerzo sostenido por garantizar la manutención, la alimentación y el valor ritual de estos animales en la vida cotidiana y en el ámbito sagrado.

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