15 de enero de 2026
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Tutankamón: mito de la maldición y explicación científica

El 26 de noviembre de 1922, Howard Carter abrió un pequeño hueco en una puerta sellada en el Valle de los Reyes, Luxor, y así permitió el descubrimiento de la tumba prácticamente intacta de Tutankamón, joven faraón de la dinastía XVIII.

El hallazgo sorprendió tanto a arqueólogos como al público por la abundancia y el buen estado de los objetos funerarios. A raíz de la muerte temprana de algunas personas relacionadas con la expedición, surgieron historias sobre una supuesta maldición dirigida a quienes interrumpieran el descanso del monarca.

La búsqueda que encabezó Carter y que financió Lord Carnarvon se inició en 1917; sin embargo, fue la campaña de 1922-1923 la que resultó decisiva. Tres días después de comenzar los trabajos se localizó la entrada sellada de la tumba.

Según relatos recogidos por History Extra, cuando Carter inspeccionó la abertura con una vela quedó impresionado por el brillo del oro y comentó a Carnarvon: “Cosas maravillosas”. La revisión inicial confirmó que la cámara funeraria conservaba su santuario dorado y sus sellos originales. La apertura formal ante autoridades y egiptólogos tuvo lugar el 17 de febrero de 1923.

La tumba de Tutankamón es notable por ser la única del Imperio Nuevo cuyo sarcófago y ajuar sobrevivieron sin profanación antigua. Aunque el recinto era modesto y había sufrido saqueos menores, permitió reunir una de las colecciones más completas para estudiar aspectos de la vida, la tecnología y las creencias funerarias del antiguo Egipto, desde joyas hasta utensilios cotidianos.

No obstante, el conjunto ofrecía escasas inscripciones de carácter no ritual, por lo que la información sobre la vida personal y los orígenes familiares de Tutankamón sigue siendo limitada.

Carter dedicó años a documentar y conservar los hallazgos, pero problemas de salud y otras dificultades impidieron que culminara una publicación final exhaustiva. Murió en 1939, décadas después del descubrimiento.

A finales de febrero de 1923, durante una pausa en las excavaciones, Carnarvon y su hija Lady Evelyn Herbert viajaron a Asuán. Allí Carnarvon recibió la picadura de un mosquito en la mejilla; al volver a El Cairo se raspó la costra al afeitarse, contrajo una infección que derivó en septicemia y neumonía, y falleció el 5 de abril de 1923 a los 57 años, semanas después de la apertura oficial de la tumba.

La noticia de la muerte de Carnarvon se propagó rápidamente, avivando el debate público y la idea de un peligro asociado a la investigación de tumbas antiguas. En un contexto social aún marcado por la Primera Guerra Mundial y la pandemia de gripe, la preocupación por el respeto a los muertos y la posibilidad de represalias sobrenaturales ganó fuerza.

También contribuyeron al auge de la leyenda obras literarias sobre momias y advertencias previas de autores sensacionalistas, que facilitaron la circulación de la noción de una maldición.

El tratamiento mediático del descubrimiento, potenciado por la exclusividad de acceso concedida al periódico The Times, generó resentimiento entre otros periodistas, que difundieron rumores y relatos sensacionalistas para suplir la falta de información directa. Entre esos rumores circuló una inscripción inexistente que supuestamente decía: “La muerte llega con alas veloces a quien perturbe la tumba del faraón”, mensaje que nunca apareció en la tumba.

Carter negó la existencia de una maldición y declaró a la prensa: “Es demasiado pedirme que crea que algún fantasma vigila y protege al faraón muerto, listo para vengarse de cualquiera que se acerque demasiado”.

Pese a su escepticismo, algunos interpretaron las negaciones como un intento de ocultar sucesos extraños. Figuras públicas como Sir Arthur Conan Doyle favorecieron explicaciones sobrenaturales, mencionando incluso la intervención de entidades invisibles.

Pronto surgieron explicaciones científicas alternativas: se sugirieron hongos tóxicos o esporas y la presencia de contaminación por excrementos de murciélago, aunque la aridez del Valle de los Reyes hizo dudar de la viabilidad de algunas de estas hipótesis.

Un estudio estadístico del egiptólogo Herbert Winlock en 1934 mostró que, de las 26 personas presentes en la apertura, solo seis murieron en la década siguiente, mientras que Carter y Lady Evelyn vivieron muchos años más. En 2002 el investigador Mark Nelson concluyó que quienes estuvieron más vinculados al hallazgo alcanzaron una edad media cercana a los 70 años, comparable con la longevidad de adultos longevos de la época.

La leyenda se alimentó de numerosas anécdotas. El Daily Express afirmó que El Cairo quedó sin electricidad cuando murió Carnarvon, aunque los apagones eran habituales en la ciudad; también se difundió la historia, no verificada, de la perra terrier de Carnarvon, Susie, que supuestamente aulló y murió al mismo tiempo que su dueño en Inglaterra.

Otros sucesos, como el suicidio del profesor H.G. Evelyn-White o las muertes del abogado Richard Bethell y de su padre Lord Westbury, fueron incorporados al mito sin pruebas que los vinculen a causas sobrenaturales. Igualmente se atribuyeron desgracias a objetos egipcios concretos expuestos en museos.

Comparada con las expectativas de la época, la longevidad de la mayoría de los participantes en la excavación indica que los percibidos “infortunios” obedecen en mayor medida al azar y a las condiciones médicas de principios del siglo XX que a una maldición real.

En resumen, la leyenda de la maldición perduró por el impacto mediático, la fascinación popular y el contexto cultural, pese a la evidencia científica y la longevidad de muchos protagonistas. La tumba de Tutankamón continúa siendo un símbolo de misterio y atracción, pero no existe prueba de fuerzas ocultas asociadas a su apertura.

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