23 de marzo de 2026
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Noelia Petti: vida acuática y veteranos en alta competición

Noelia Petti no encaja en el perfil típico del deportista de alto rendimiento: no fue una promesa temprana ni creció dentro del circuito competitivo desde la infancia. Su trayectoria se construyó de otra manera: comenzó más tarde y decidió perseverar.

Nació el 9 de noviembre de 1974 en Lomas de Zamora, provincia de Buenos Aires, y encontró en la natación un espacio para desarrollar una carrera que la posicionó, con los años, como una referencia argentina tanto en aguas abiertas como en pileta.

Su recorrido se caracteriza por la constancia, los resultados y una forma personal de entender la competencia. Entre sus logros se destacan el cruce a nado del Río de la Plata en 2014, numerosas participaciones en pruebas nacionales de larga distancia y su incorporación al circuito internacional, donde obtuvo un tercer puesto en una prueba de 15 kilómetros en Lac-Mégantic, Canadá, válida por el calendario de la Federación Internacional de Natación (FINA).

Además, acumuló una amplia presencia en competencias de aguas abiertas dentro y fuera del país, consolidándose como una nadadora de resistencia enfocada en el recorrido más que en la velocidad pura.

Radicada en Adrogué, Petti compagina su carrera deportiva con la labor de entrenadora y formadora, acompañando a nadadores que compiten en pruebas de larga distancia como Santa Fe-Coronda o la Capri-Nápoles. Su vínculo con el deporte supera lo competitivo y se expresa en la transmisión de experiencia y en la construcción de una comunidad alrededor del agua.

La entrevista se realizó pocos días después de su participación en el Desafío de la Ribera en San Nicolás de los Arroyos, una prueba de ocho kilómetros que congregó a nadadores de distintos niveles en su primera edición. Petti llegó octava en la clasificación general; la competencia fue ganada por Gonzalo Guidi y la primera mujer en arribar fue Mai Azul Roldán.

Más allá de la ubicación final, la prueba sirvió como punto de partida para una reflexión sobre cómo se vive el deporte cuando el cuerpo cambia, cuando la competencia deja de medirse con los mismos parámetros y la exigencia se vuelve más bien interna.

En ese marco, la conversación aborda su presente y rememora momentos clave: el inicio tardío en la natación, el salto al plano internacional, los costos del alto rendimiento y la necesidad de redefinir objetivos con el paso del tiempo. Se percibe a una deportista que sigue compitiendo y, al mismo tiempo, se observa a sí misma en ese proceso.

El deporte como medida personal

—¿Qué lugar debería ocupar el deporte en personas que atraviesan los 50 años?

—Es una pregunta que me hago a menudo. Cuando uno hizo alto rendimiento durante mucho tiempo, es difícil desprenderse de esa lógica de evaluación constante: cada competencia puede sentirse como un examen. Lo que intento sostener es el compromiso personal: presentarse a la largada sabiendo que se hizo el esfuerzo para estar ahí, sin importar el nivel.

Todos, en distintos grados, superan un límite, vencen un temor o renuncian a algo para competir. Lo importante es concluir la prueba con la sensación de haber estado a la altura de ese sacrificio.

—¿Ese planteo es aplicable a cualquier competidor, sin importar su nivel?

—Sí. Muchas veces se cree que este enfoque pertenece solo al alto rendimiento, pero no es así. En carreras como la de San Nicolás, donde participan muchos amateurs, aparece con fuerza el prejuicio y el miedo al qué dirán: “¿y si llego última?”, “¿qué pensarán si soy lenta?”. Esas dudas son barreras reales.

—¿Vos también pasaste por eso?

—Sí. Empecé tarde y desde abajo. Cuando comencé a tener buenos resultados a nivel nacional tuve que decidir: quedarme en ese ámbito o animarme a competir internacionalmente, aun sabiendo que iba a estar entre las últimas. Elegí intentarlo. Al principio perdía y terminaba última, pero arriesgarme a perder fue el motor para llegar a donde llegué después.

Empezar tarde, insistir igual

—Volvamos a ese momento: cuando diste el salto internacional habiendo iniciado “de grande”. ¿Cómo viviste ese punto de inflexión?

—Para el mundo del deporte, empezar a los 28 años es poco habitual. No solo por lo físico, sino por el contexto: entrenadores, gente del ambiente y discursos instalados que marcan límites antes de empezar. Muchas veces escuché que era tarde, que las disciplinas de resistencia demandan años de formación y que no llegaría a un alto nivel.

Lo más difícil fue convivir con esos prejuicios sin permitir que definieran mi camino. No digo que no me afectaran, pero tenía una convicción más fuerte: sabía qué quería. Con esa claridad, fui ordenando mi vida en función de ese objetivo.

Decidir competir internacionalmente fue consciente: sabía que no competiría para ganar inmediatamente, que podía estar al fondo del pelotón o incluso ser la última. Aun así, entendí que era el camino necesario para crecer.

—¿Qué implicó esa elección en la vida diaria?

—Tuvo un costo alto. No solo en lo deportivo, sino en lo cotidiano: muchas horas de entrenamiento, disciplina, exigencia física y renuncias en lo social y familiar. El alto rendimiento es más que la competencia visible; es todo lo que se sacrifica para llegar. En esa etapa estaba dispuesta a pagar ese precio porque prefería intentarlo en serio a quedarme con la duda. Aceptar que al principio iba a perder fue parte esencial del aprendizaje: medirse a ese nivel aunque eso implique empezar desde atrás.

El salto internacional

—¿Qué encontraste al competir fuera del país?

—Al comienzo fue duro, pero con el tiempo me sentí parte de ese nivel. Nunca gané internacionalmente, pero el tercer puesto en Lac-Mégantic en la prueba de 15 kilómetros fue para mí casi como una victoria: venía de empezar tarde y de haber llegado última en muchas carreras, y subirme al podio tuvo un valor enorme.

—¿Cómo resignificás ese resultado?

—Depende de la historia personal. Para mí fue un logro muy importante. Más allá del puesto, la experiencia me dejó aprendizaje y crecimiento. El deporte me aportó herramientas para la vida que van más allá de los resultados puros.

Competir con el paso del tiempo

—¿Cómo viviste la carrera reciente en San Nicolás?

—Estoy en una etapa en la que cuesta aceptar que ya no gano las generales. Es algo con lo que trabajo. En esa prueba me ganó una nadadora de 23 años, lo cual es natural, pero aun así resulta difícil: la cabeza sigue competitiva y el cuerpo no responde igual.

—¿Cómo se transita esa transición?

—Es un proceso. Intento aceptarlo sin que afecte mi disfrute. Mantengo un buen nivel para mi edad, pero no es el mismo que antes, y reconocerlo no siempre resulta fácil. Trabajo esto también desde lo personal, incluso con apoyo psicológico, para recolocar la natación en el lugar que hoy ocupa en mi vida. Una carrera no me define por completo; salir segunda o tercera no borra todo lo anterior, aunque el proceso no sea lineal ni esté totalmente resuelto.

Además surge la necesidad de hallar referentes que hayan pasado por lo mismo. En mujeres, los espejos que encuentro son pocos: muchas de mi generación eligieron otros caminos o son más jóvenes. Por eso este tránsito es en buena medida propio.

—¿Hallaste referentes que te inspiren?

—Sí. Por ejemplo, Claudio Pitt, un nadador marplatense con una larga trayectoria, cercano a los 70 años y aún participando en carreras. Ya no gana, pero su presencia tiene otro valor: lo invitan, lo reconocen y lo consultan. Cuando lo veo me provoca admiración y ganas de aprender; eso me hace pensar qué sensación genero yo para quienes me ven competir hoy.

Eso me lleva a entender que la percepción externa puede ser distinta: lo que siento como pérdida de rendimiento, otros lo interpretan como aporte o experiencia. Muchas veces la exigencia mayor proviene de mí misma, de la necesidad de confirmar quién fui y cuánto puedo sostener.

—Hay, entonces, una diferencia entre la Noelia del rendimiento y la Noelia como identidad deportiva.

—Exactamente. No soy la misma en términos de resultados, pero mantengo la esencia. Esa distinción, aunque parezca sutil, es muy relevante. Parte de la tensión surge porque sigo midiéndome con parámetros anteriores.

—¿La competencia con las nuevas generaciones también influye?

—Sí. Los más jóvenes quieren ganarme, y está bien: es lógico y es parte del deporte. A veces escucho “le gané a Noelia” y la otra persona tiene 18 años. Por un lado es un reconocimiento: soy un rival a superar. Por otro lado, la comparación es inevitable y genera una lectura interna sobre mis propias capacidades en distintos momentos de la vida.

Esa mezcla de incomodidad y motivación es también lo que me mantiene activa: no me resulta indiferente perder y esa tensión me empuja a seguir entrenando y a intentar sostenerme.

—¿Cómo convivís con esa contradicción?

—Aceptar que forma parte del proceso. No cuento con muchas referencias claras dentro de mi grupo generacional porque muchas compañeras tomaron otros rumbos. Así construyo un recorrido personal con contradicciones incluidas: hay días en que pesa la frustración y otros en que predomina el disfrute, y ambos son válidos.

Más allá de la competencia: vida y proyectos

—¿Cómo era tu vida antes de la natación?

—Siempre estuve ligada al deporte. Practiqué waterpolo y llegué a la selección. Desde chica supe que quería ser profesora de Educación Física; cuando empiezo algo, lo llevo hasta el final.

—En 2014 cruzaste el Río de la Plata. ¿Qué significó ese cruce?

—Fue el cierre de una etapa y estuvo ligado a la decisión de ser madre. Sabía que no podía postergarlo más, así que hice ese cruce como un desafío final de ese ciclo. Al año siguiente nació mi hijo.

—¿Cómo es tu vida hoy?

—Vivo en Adrogué con mi familia: mi esposo, Nacho, y mi hijo Álvaro. Mi tiempo se reparte entre entrenamiento, trabajo y la familia. Sigo vinculada al deporte, también como entrenadora.

—¿Tu hijo sigue los mismos pasos?

—No. Sabe nadar, pero prefiere el fútbol, y está bien: es otra elección que hay que respetar.

El agua como espacio común

—¿Qué le dirías a quien no se anima a nadar?

—Que el agua es un espacio inclusivo. No hace falta competir para beneficiarse; cualquier contacto con el agua suma. En una misma carrera conviven objetivos distintos, y eso es valioso: cada persona puede encontrar su lugar.

Noelia Petti evita hablar de “retiro”: prefiere considerar su etapa actual como una transformación. Esa palabra expresa continuidad y cambio a la vez. Hoy su relación con la natación ya no gira exclusivamente en torno al resultado, sino en una interacción distinta con el deporte, donde el tiempo deja de ser un límite absoluto y se convierte en una variable dentro de un recorrido que todavía continúa.

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