Oleksandr Pankieiev pide un café en un bar de Buenos Aires y aclara que estudia la propaganda desde hace quince años, pero desde una perspectiva distinta a la habitual: trabajo de campo con familias, conversaciones cotidianas y el material que la gente comparte bajo presión, como memes enviados desde ciudades bombardeadas. Señala que las historias personales son únicas y genuinas, mientras que la propaganda tiende a repetirse y resultar monótona.
Pankieiev es titular de la Cátedra Kule de Etnografía Ucraniana en la Universidad de Alberta y dirige el Peter and Doris Kule Centre for Ukrainian and Canadian Folklore. Fue invitado por la Embajada de Ucrania para participar en la Tercera Conferencia Internacional sobre Manipulación Informativa e Injerencia Extranjera (FIMI) en la Casa de la Cultura de Buenos Aires. También es editor en jefe del Forum for Ukrainian Studies y coordinador de investigación del Canadian Institute of Ukrainian Studies (CIUS). Un día después del panel, conversó con Infobae.
Su visita incluyó la presentación de Ecos de Guerra: Perspectivas Académicas sobre la Invasión Rusa a Ucrania, una compilación de ensayos y entrevistas con más de cuarenta especialistas sobre los dos primeros años de la invasión. El libro, publicado por el CIUS, busca ofrecer al público hispanohablante análisis sobre historia, identidad, propaganda y geopolítica que a menudo están dispersos o poco accesibles. Pankieiev insiste en una advertencia constante: ignorar lo que sucede en cualquier rincón del mundo es peligroso, porque la ignorancia puede costar vidas.
—Usted es etnógrafo de formación y el miércoles participó de un panel junto a expertos en seguridad y defensa. ¿Qué aporta el trabajo etnográfico al estudio de la propaganda?
—Aunque la propaganda no es un tema nuevo para mí y la estudio desde hace años, mi aporte es mirar a la gente común. Es esencial analizar cómo la propaganda afecta la vida cotidiana y las relaciones entre comunidades. Sin entender ese impacto real es muy difícil diseñar respuestas efectivas. Las suposiciones basadas solo en redes o titulares requieren contraste con entrevistas y observación directa, tanto con las víctimas como con quienes son instrumentalizados para atacar a otros.
—¿Cómo se traduce eso en su trabajo reciente?
—Realicé un documental etnográfico sobre cuatro familias ucranianas que se instalaron en Alberta, que seguimos durante casi año y medio para ver su adaptación y cómo procesaban narrativas de pertenencia. Me sorprendió la gran respuesta: esperábamos pocas familias y se ofrecieron más de cincuenta, muchas con la necesidad de contar su experiencia. Esto demuestra que las historias personales son diversas y sinceras, mientras que la propaganda repite fórmulas buscando que alguna versión funcione, a menudo a partir de supuestos erróneos. Esa dinámica explica, en parte, por qué Rusia no tuvo la recepción que esperaba al inicio de la invasión.
—En el panel se habló mucho de operaciones de información en la Argentina. ¿Algo lo sorprendió, qué le confirmó lo que ya sabía?
—Confirmó lo que ya observaba: sigo con atención la propaganda y la desinformación en América Latina y la narrativa interna rusa sobre la región. Los países latinoamericanos aparecen con frecuencia en la propaganda rusa dirigida al público interno porque Rusia intenta conservar o expandir su influencia aquí y presenta la región como parte de su esfera. Además, la propaganda no siempre busca convencer a una mayoría; a veces basta influir en una sola persona en posición clave para abrir puertas estratégicas.
—Una de sus líneas de investigación son los memes como folklore digital de guerra, es decir, como relatos que el pueblo produce y comparte espontáneamente, igual que antes se contaban cuentos o canciones. ¿Qué encontró al estudiarlos, y en qué se diferencian de los de otras guerras?
—Mi interés remite a estudios clásicos sobre folklore y a la noción de “fakelore”: la URSS creó relatos supuestamente populares mediante manufactura estatal. Vi paralelismos cuando Rusia intentó instrumentalizar memes; la producción controlada ofrece poca variedad. En contraste, los ucranianos generaron miles de memes muy distintos en el primer año, un fenómeno global y espontáneo. Un ejemplo: una amiga en Zaporizhzhia me dijo que los memes le ayudaban a sobrellevar los bombardeos, porque le daban una tarea concreta y alivio emocional, así que los guardó para protegerlos.
—Pero no todo ese contenido es humor o resistencia. Usted decidió no estudiar los memes que muestran muerte real. ¿Qué le preocupa de esa exposición masiva a la violencia?
—Esa decisión fue intelectual y personal: la exposición directa a imágenes de violencia fue muy dura. Me inquieta que niños y jóvenes en Ucrania estén expuestos a fotos y videos sin censura en plataformas como Telegram. A diferencia de guerras anteriores, donde la violencia pasaba por la imaginación, hoy se muestra en bruto y sin filtro. Esa visualización directa tendrá efectos psicológicos profundos y duraderos en una generación y su procesamiento llevará décadas.
—Uno de los ejes de Ecos de Guerra es, justamente, el intento de desarmar lecturas erróneas sobre la guerra. Usted ha planteado que los estudios eslavos en Occidente fueron durante décadas colonizados por la mirada rusa. Además, muchos en la academia e incluso en la izquierda siguen rechazando calificar a Rusia como potencia colonial. ¿Cómo lo explica?
—Al iniciar la invasión montamos un monitoreo de medios y observamos que muchos comentaristas no tenían formación específica en Ucrania; provenían de estudios sobre Rusia o la URSS y asumían que eso bastaba. Esa formación ha marginado el estudio de las naciones que componían la URSS y dejó una huella en la interpretación occidental de la guerra. Hay además una dificultad teórica porque la noción clásica de colonia suele asociarse al capitalismo y al ultramar; sin embargo, el imperialismo puede ser también socialista. El Imperio Ruso y la URSS presentaron su presencia como integración o ayuda, pero en la práctica extraían recursos y reprimieron culturas: prohibiciones al idioma ucraniano o políticas como el Holodomor son ejemplos claros. Rusia, a su vez, redefine su discurso para presentarse como víctima del imperialismo estadounidense y presentar a Ucrania como un país que habría que “salvar”, invirtiendo la narrativa decolonial.
—Estamos en el quinto año de guerra. ¿Cuáles son sus principales preocupaciones hoy en el plano informativo?
—He experimentado personalmente cómo la propaganda puede afectar las emociones, generando sensación de derrota, pero con el tiempo constaté que muchas campañas potentes no cambiaban la situación fundamental: eran propaganda. Lo nuevo ahora es que la narrativa interna rusa muestra signos de colapso; les resulta más difícil justificar la guerra y, en respuesta, están cortando el acceso a internet, un último recurso para controlar la información. Ese recurso agotado indica pérdida de control interno. Históricamente, los imperios en declive pueden volverse más agresivos, buscando conflictos menores para ganar tiempo, lo que a menudo acelera su caída; Rusia estaría en esa fase peligrosa.
—Ecos de Guerra acaba de ser traducido al español. ¿Qué mensaje le gustaría que se lleve un lector latinoamericano?
—El mensaje principal es la necesidad de vigilancia y de aprender de otras experiencias: lo que ocurre en lugares lejanos puede repetirse aquí si no prestamos atención. Ignorar tragedias o procesos autoritarios porque “no nos conciernen” es una posición peligrosa. La conciencia y el aprendizaje colectivo son defensas. Además, como resume una frase de la periodista Evgenia Podobna incluida en el libro: el mal debe ser llamado mal; si algo es dañino hay que nombrarlo y enfrentarlo, porque cada concesión puede invitar a nuevas agresiones.



