20 de abril de 2026
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De Grant a Putin en la Argentina de la grieta

En la historia militar hay momentos en que no solo se enfrentan ejércitos, sino también concepciones estratégicas. Durante la Guerra de Secesión estadounidense, el general Robert E. Lee destacó por su capacidad para sacar partido de acciones puntuales, una postura defensiva y la habilidad para optimizar recursos limitados. Por su parte, el general Ulysses S. Grant entendió que la guerra moderna se resolvía más por la sostenibilidad de un esfuerzo prolongado que por victorias aisladas: la acumulación continuada de poder material, logístico y humano sería decisiva.

Grant no buscó la perfección táctica en cada choque. Incluso tras derrotas en el campo, mantuvo la orientación estratégica: avanzar de forma sostenida, ejercer presión continua y erosionar sistemáticamente la capacidad del adversario. Cada enfrentamiento, aun si no resultaba en una victoria, contribuía al desgaste de un enemigo con menor capacidad de reposición. La resolución del conflicto vino, por tanto, de un proceso acumulativo más que de una maniobra final espectacular.

Ese mismo patrón, con las diferencias propias de tiempo, tecnología y contexto, puede verse hoy en el conflicto entre Rusia y Ucrania. La estrategia rusa, bajo la dirección de Vladimir Putin, parece orientada hacia una lógica de desgaste: no buscar una victoria inmediata y decisiva, sino agotar la resistencia del adversario y de sus apoyos. En esa perspectiva, cada día de conflicto forma parte de una ecuación que incluye demografía, industria, energía y resistencia política.

Trasladada al plano argentino, esta lectura ayuda a entender ciertas dinámicas de poder. La polarización política ha funcionado durante años como un sistema de confrontación continua con reglas tácitas. Sin embargo, lo que hoy aparece es una disputa interna en un espacio que llegó al poder prometiendo ruptura con las prácticas políticas tradicionales. Esa disputa revela tensiones que no son solamente tácticas, sino vinculadas a la identidad del proyecto político.

Desde la responsabilidad de quienes apoyan ese proyecto, corresponde una advertencia: la fortaleza de un espacio político no reside únicamente en su respaldo electoral, sino en la coherencia entre sus ideas, las acciones de sus dirigentes y su práctica pública. No se trata de señalar personas concretas, sino de reconocer que dinámicas internas de desgaste, confusiones de roles o desviaciones de principios afectan al conjunto y pueden minar la capacidad de llevar adelante el proyecto que se propuso.

Al igual que en las campañas de larga duración, donde los recursos y la identidad importan, en política la coherencia es vital. La identidad que impulsó a determinados dirigentes y que movilizó a votantes no debe diluirse en prácticas semejantes a las que se criticaron. Mantener claridad en convicciones, orden en la conducción y coherencia en las acciones convierte el desgaste en una ventaja; cuando esa coherencia se resquebraja, el riesgo deja de venir del exterior y se instala en el interior, con costos significativos para el proyecto político.

La historia muestra que los procesos políticos pueden fracasar tanto por la presión externa como por contradicciones internas. Un proyecto con convicciones claras y conducción coherente puede sostenerse y aprovechar un proceso prolongado; si esas condiciones se pierden, no hace falta un adversario que derrote, basta con equivocarse en la dirección para que el costo sea alto.

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