En 1822, el sargento mayor Juan Lavalle, de 24 años, comandaba un escuadrón de 96 granaderos a caballo, unidad creada por José de San Martín. Había ingresado al regimiento el 27 de agosto de 1812, a los 14 años casi cumplidos.
En ese momento, las fuerzas españolas, muchas compuestas por americanos, se retiraban de Sudamérica. San Martín controlaba la mayor parte del Perú, mientras que Simón Bolívar operaba en lo que hoy son Colombia, Venezuela y Ecuador.
Antonio José de Sucre dirigía el ejército del sur y seguía de cerca a los realistas, planificando movimientos y maniobras para derrotarlos definitivamente.
El acecho de los realistas
Los realistas se habían ubicado en posición defensiva cerca de Río Bamba, un poblado fundado en 1575, reconstruido después del terremoto de 1797.
Se apostaron en la retaguardia con la caballería en vanguardia para proteger a la infantería y facilitar la retirada.
Para Lavalle no era su primera campaña, pero sí una sucesión de frustraciones: no participó en San Lorenzo, y tras su ascenso en 1813 como teniente sufrió el descontento por no haber sido enviado a refuerzos en el Norte ni al litoral contra las guerrillas artiguistas.
En Buenos Aires corrían rumores que lo tildaban de cobarde o inepto por permanecer en el cuartel del Retiro. Tuvo la oportunidad de rehabilitarse cuando dos escuadrones fueron enviados al sitio de Montevideo, donde su conducta arriesgada fue objeto de reproches. La rendición de la plaza le resultó amarga aunque recibió una medalla por la participación.
Posteriormente combatió en el litoral bajo las órdenes de Manuel Dorrego, experiencia que alimentó su desconfianza hacia algunas decisiones militares en esas campañas.
El bautismo de fuego de Lavalle
Con menos de 20 años, recuperó el ánimo cuando el regimiento se movilizó a Mendoza para el cruce de los Andes. Integró la vanguardia al mando del brigadier Miguel Estanislao Soler. En Mendoza se casó con Dolores Correa al concluir la campaña.
En Las Achupallas encabezó una carga de 25 granaderos que obligó a huir a una treintena de españoles, acción registrada como meritoria. Participó también en el combate de Las Coimas y en Chacabuco, donde tomó prisioneros tras la victoria y fue promovido a capitán de la segunda compañía del cuarto escuadrón.
Se distinguió en la Vega de Talcahuano, sufrió la sorpresa en Cancha Rayada y en Maipú comandó el cuarto escuadrón, capturando numerosos prisioneros, entre ellos al coronel Antonio Morgado, quien ofreció su espada en señal de rendición, gesto que Lavalle rechazó.
Río Bamba
El domingo 21 de abril de 1822, bajo lluvia persistente en la llanura de Tapi, Sucre vigilaba los movimientos realistas. Los españoles, con tres escuadrones al mando del coronel Narciso López, protegían la infantería y cubrían la retirada.
Sucre consideró que los 96 granaderos de Lavalle eran la caballería más experimentada disponible, pues los Dragones de Colombia estaban desmoralizados tras una derrota y los Cazadores a Caballo del Perú aún no tenían experiencia de combate.
Lavalle recibió la orden de reconocer al enemigo. Al atravesar el pueblo y subir una lomada, con el volcán Chimborazo como referencia, observó a 420 húsares españoles dispuestos en tres escuadrones.
Notó que el adversario se disponía a entrar en un desfiladero, lo que obligaría a desarmar su formación. Reconociendo la oportunidad, decidió atacar: en su informe señaló que una retirada hubiera significado la pérdida y la deshonra del escuadrón, y que era el momento de poner a prueba su valor.
Mandó desenvainar los sables y, al grito de “¡A degüello!”, lanzó a sus hombres contra la caballería española.
La valiente acción de Lavalle
La sorpresa y el empuje de la carga provocaron la retirada desordenada de los españoles hacia su infantería, dejando 12 muertos según el parte; para evitar quedar expuestos al fusil, Lavalle ordenó luego una retirada al trote.
Sucre, convencido de que los granaderos habían sido aniquilados, decidió no enviar refuerzos y expresó que quien quisiera ayudarlo debía actuar por su cuenta.
El coronel Diego Ibarra pidió permiso para auxiliar a Lavalle y, con alrededor de cincuenta Dragones de Colombia, se dirigió al lugar del combate.
Al llegar, la caballería española se había reagruapdo y cargaba de nuevo conducida por el general Tolrá. Lavalle respondió ordenando una nueva carga en el centro de los cuatro escuadrones enemigos; en su parte reconoció que era inevitable buscar la gloria con una segunda acometida.
La relación de fuerzas era de aproximadamente cinco contra uno a favor del enemigo.
A pesar de ello, los patriotas rechazaron a los realistas, que se retiraron dejando en el campo 52 muertos, 40 heridos, y material bélico. Entre las bajas enemigas hubo cuatro oficiales y 45 soldados. Las fuerzas patriotas sufrieron la muerte del granadero Timoteo Aguilera y del sargento de Dragones Vicente Franco, y resultaron heridos el sargento Julio Vicente Vega y el soldado Pedro Lucero.
Tras esa acción, la caballería realista quedó neutralizada durante el resto de la campaña.
En su parte de guerra, Lavalle destacó el desempeño del sargento mayor Alejo Bruix, del teniente Francisco Olmos, de los sargentos Díaz y Vega y del granadero Lucero, y envió ese informe a San Martín.
Sucre, al conocer la acción, elogió la audacia de Lavalle y habló de su valor y serenidad, calificando su carga como ejemplo raro por su intrepidez.
El 7 de junio, un decreto del gobierno del Perú distinguió a los granaderos con un escudo celeste entre dos palmas blancas y la leyenda “El Perú al heroico valor en Río Bamba” para lucirse en el brazo izquierdo: bordado en oro para jefes y oficiales, en seda para sargentos y cabos y en hilo para los soldados.
Los realistas continuaron su retirada y el 24 de mayo fueron derrotados en Pichincha, lo que permitió la liberación de Quito e incorporarla a los territorios ya independizados.
En momentos de críticas, acusaciones de traición o cuando la propaganda lo atacó, Lavalle mostraba con orgullo en su brazo izquierdo el escudo ganado en Río Bamba como prueba de su entrega en combate.
Ese reconocimiento hizo que Lavalle fuera conocido como “el león de Río Bamba”; para él, ese sencillo emblema fue su condecoración más apreciada.



