24 de mayo de 2026
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García Cuerva sobre la dificultad de hablar y respetar la diversidad en tiempos de intolerancia

En la antesala del Tedeum por el 25 de Mayo, el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, advirtió sobre un clima de intolerancia y rechazo hacia quienes piensan distinto, y cuestionó las descalificaciones a las opiniones opuestas. Estas palabras las pronunció durante la misa en la Catedral Metropolitana, un día antes de la ceremonia a la que asistirá el presidente Javier Milei.

Tras la lectura de la carta de San Pablo a los corintios, el arzobispo afirmó que esas palabras resultan muy actuales: es difícil hablar y respetar la diversidad en tiempos de intolerancia, cuando se tiende a considerarse dueño de la verdad y a descalificar cualquier opinión contraria.

Basándose en la lectura del Evangelio, planteó como eje la diversidad de dones, ministerios y actividades, unidos por un mismo espíritu, y trasladó esa idea religiosa a la convivencia pública en el presente argentino.

Sostuvo además que la discusión sobre la diversidad no se limita a diferencias de perfil o trayectoria, sino que obliga a revisar cómo se trata al adversario, cómo se procesa el desacuerdo y qué concepción de comunidad sostiene hoy a la Argentina.

El mensaje llegó en un contexto de distanciamiento entre figuras del Ejecutivo: la vicepresidenta Victoria Villarruel no fue invitada al tedeum de mañana, por primera vez desde el inicio del mandato, lo que sumó un elemento al escenario político.

En otro tramo de la homilía vinculó la reflexión con la identidad colectiva: afirmó que, siendo distintos y diversos, formamos un solo cuerpo y que, como pueblo argentino, somos una nación y no solo la suma de individuos que viven en un territorio.

Con ello advirtió del riesgo de reducir la vida en común a una agregación de intereses particulares y afirmó que la idea de nación exige una conciencia compartida que respete diferencias sin fragmentar el vínculo social.

Amplió la comparación con una imagen familiar: una familia no es solo un conjunto de personas que comparten apellido o techo, sino una realidad que excede la suma de sus miembros, y aplicó esa imagen a la noción de hogar, cuerpo y nación.

El tercer eje de su homilía fue el bien común. Insistió en la necesidad de recuperar un bien que vaya más allá del beneficio individual y que responda al interés colectivo, especialmente en tiempos de egoísmo, individualismo y competencia feroz.

Asoció la celebración patria con una crítica a la lógica del beneficio propio como criterio dominante, y presentó al bien común como una noción en retroceso frente al individualismo y la competencia entre personas.

Retomando el lenguaje de San Pablo, subrayó que las diferencias no deben conducir a la exclusión: la diversidad solo se sostiene mediante el reconocimiento mutuo y una orientación hacia lo colectivo.

Hacia el cierre formuló una oración pidiendo al Espíritu Santo que regale la capacidad de aceptar y respetar la diversidad, recordando que el Espíritu se manifiesta para el bien común y que, aunque seamos distintos miembros, constituimos un solo cuerpo, una sola familia y una sola nación.

Antes de esa súplica, pidió para el pueblo argentino la capacidad de reconocer que Dios nos creó distintos, únicos e irrepetibles, y de entender que esas diferencias no rompen la fraternidad; el cuerpo puede tener muchos miembros y, aun así, ser uno.

El mensaje se pronunció 24 horas antes del tedeum en la misma catedral con la participación de Milei, y recorrió como eje central la defensa de la diversidad, el rechazo a la descalificación y la demanda de una idea de nación que no se reduzca a individuos aislados.

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