El Ministerio de Exteriores de Rusia informó el lunes que sus fuerzas armadas comenzarán “ataques sistemáticos” contra instalaciones militares e industriales en Kiev y pidió al personal diplomático que abandone la capital “lo antes posible”. La advertencia se produjo dos días después de uno de los bombardeos más intensos sobre la ciudad desde el inicio de la invasión a gran escala en febrero de 2022.
El comunicado indicó que los ataques se centrarán tanto en centros de toma de decisiones como en puestos de mando, y lanzó una advertencia dirigida al personal de misiones diplomáticas y organizaciones internacionales. Francia rechazó la petición y, según AFP, un portavoz de su Ministerio de Exteriores afirmó que estaban “acostumbrados a las amenazas de Putin” y que no evacuarían a sus diplomáticos. El ministro de Exteriores ucraniano, Andriy Sybiga, calificó la advertencia como “chantaje” y pidió a los aliados que no cedan ante la presión de Moscú.
El bombardeo de la noche del sábado al domingo involucró, según las fuerzas aéreas ucranianas, alrededor de 600 drones y 90 misiles lanzados desde tierra, aire y mar. El ataque dejó al menos cuatro muertos y más de 80 heridos, y alcanzó edificios residenciales, escuelas, un centro comercial y un mercado en varios distritos de la capital. También resultaron dañados o destruidos el Museo Nacional Chernobyl y el Museo Nacional de Arte de Ucrania, ubicados en el casco histórico.
Desde el punto de vista militar, lo más relevante fue el uso del misil balístico hipersónico Oreshnik, capaz de portar ojivas nucleares y de alcanzar distancias próximas a los 5.600 kilómetros. Un proyectil de este tipo impactó en Bila Tserkva, ciudad de alrededor de 200.000 habitantes a unos 80 kilómetros al sur de Kiev. Es la tercera vez que Rusia emplea este sistema en el conflicto: previamente se usó en Dnipro (noviembre de 2024) y en la región de Leópolis (enero de 2026). Kaja Kallas, alta representante de la UE para la política exterior, calificó su uso como una táctica de intimidación política y un juego nuclear irresponsable.
Moscú justificó el bombardeo como represalia por un supuesto ataque ucraniano con drones el 22 de mayo contra un complejo educativo en Starobilsk, una localidad bajo ocupación rusa en la región de Lugansk. Las cifras de víctimas difieren según la fuente: la ONU informó de al menos seis muertos, mientras que el Ministerio de Emergencias ruso elevó el balance a 21. La ONU señaló que no tiene acceso a la zona ocupada y no pudo verificar independientemente los datos. El Estado Mayor ucraniano negó haber atacado un objetivo civil y sostuvo que sus fuerzas apuntaron a infraestructura militar rusa en la zona.
No es la primera vez que Rusia exige la evacuación de diplomáticos de Kiev. A comienzos de mayo, con motivo del Día de la Victoria —el 81.o aniversario de la derrota nazi en la Segunda Guerra Mundial—, Moscú declaró un alto el fuego unilateral y amenazó con un “ataque masivo de misiles” sobre el centro de la capital si Ucrania perturbaba los actos conmemorativos, advirtiendo también a las representaciones diplomáticas que debían marcharse. El patrón se repite ahora con otro pretexto y una escala mayor.
Desde 2022, el conflicto ha provocado más de 60.000 bajas civiles, según la Misión de Monitoreo de Derechos Humanos de la ONU, y se considera el conflicto más mortífero en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. La amenaza de ataques sistemáticos contra la capital sugiere que Moscú intenta aumentar la presión sobre las instituciones ucranianas en un momento en que las negociaciones de paz están estancadas.

