25 de junio de 2026
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Efectos en cerebro, pulmones y cuerpo en la zona de la muerte del Everest

En la cima del mundo, cada respiración puede decidir la vida o la muerte: un fallo, una espera excesiva o quedarse sin oxígeno puede convertir la cima en una cuenta regresiva. El riesgo quedó claro cuando Purnima Shrestha agotó su suministro al alcanzar el Everest; según la BBC, el fallo de su último tanque provocó pánico tras una subida de 13 horas.

Por encima de 8.000 metros, en la llamada zona de la muerte, la presión atmosférica es tan baja que el cuerpo apenas recibe oxígeno y suele depender de suministro suplementario para mantener funciones básicas. Sin ese apoyo, los síntomas graves del mal de altura pueden aparecer en unos 30 minutos y volverse mortales, explicó a la BBC el doctor Nima Namgyal Sherpa.

Shrestha contó a la BBC que en ese momento comprendió que no era seguro permanecer allí ni un instante más. Aunque había coronado el Everest cinco veces, en esa ocasión su único objetivo fue regresar con vida.

Qué es la “zona de la muerte” y por qué el cuerpo no se adapta

La zona de la muerte se sitúa por encima de los 8.000 metros y obliga a los escaladores a depender de oxígeno suplementario para sobrevivir.

Desde que comenzaron los registros en la década de 1920, más de 300 personas han muerto intentando ascender el Everest. En la temporada más reciente, que terminó en mayo, al menos cinco fallecieron, según la BBC.

A mayor altitud, la presión atmosférica desciende y los pulmones captan menos oxígeno. Por debajo de la zona de la muerte el organismo puede adaptarse respirando más rápido y profundo, aumentando la frecuencia cardíaca y reduciendo la actividad digestiva. En la zona de la muerte esa capacidad de compensación desaparece: los escaladores llegan a respirar cerca de un tercio del oxígeno disponible al nivel del mar.

Expertos consultados por la BBC estiman que una persona sana puede aguantar entre 16 y 20 horas con oxígeno suplementario antes de que el cuerpo colapse, una referencia del límite fisiológico en una altitud donde cada minuto cuenta.

Los síntomas más graves en la zona de la muerte

En la cumbre del Everest las temperaturas pueden bajar hasta -40 °C y los vientos extremos agravan la exposición, lo que favorece la aparición de congelación.

El Dr. Nima Namgyal Sherpa explicó que, cuando baja la temperatura corporal central, el cuerpo desvía la sangre desde manos y pies hacia los órganos vitales, y por la falta de oxígeno las células comienzan a morir.

La congelación produce piel dura y fría, hinchazón, pérdida de sensibilidad y ampollas con sangre o líquido claro; en fases avanzadas la piel puede volverse negra y necrosada, y algunos casos requieren amputación.

Los dolores de cabeza son frecuentes y se relacionan con la deshidratación y la menor oxigenación de los vasos sanguíneos del cerebro.

La altitud también puede desencadenar edema pulmonar de gran altitud (EPGA), una condición potencialmente fatal si no se trata. Sus signos incluyen mucosidad rosada y espumosa, taquicardia y coloración azulada de piel, labios o uñas.

Quienes muestran síntomas de EPGA deben descender de inmediato y recibir oxígeno suplementario. El riesgo afecta incluso a personas nacidas en altura.

Nima Namgyal Sherpa, criado en Khumjung a unos 4.000 metros, relató que subió al Everest en 2013 para experimentar estos efectos en primera persona. Aunque la genética y la vida en altura ayudan, dijo, esto solo facilita la adaptación; el esfuerzo físico sigue siendo exigente para todos.

Confusión y alucinaciones a gran altitud

Los escaladores menos experimentados suelen aclimatarse por etapas para que el cuerpo se adapte gradualmente, pero incluso quienes tienen años en la montaña pueden sufrir complicaciones severas en el tramo final hacia la cumbre.

Una de las complicaciones más graves, aunque menos frecuente, es el edema cerebral de altura (ECA), que provoca inflamación cerebral y aumento de la presión intracraneal. Esto puede derivar en confusión, dificultad para hablar, pérdida de coordinación y alucinaciones.

El doctor Nima señaló que a menudo se oye hablar de escaladores o guías que pierden la cordura repentinamente a gran altitud.

En esos casos, los afectados pueden agitarse y comportarse de forma irracional, soltarse de las cuerdas fijas y, en ocasiones, caer al vacío y morir.

La masificación y los límites del rescate en el Everest

Al riesgo fisiológico se suma la concentración de personas en puntos críticos de la ruta. Shrestha observó desde la cumbre una aglomeración en el Escalón de Hillary, un tramo rocoso de 12 metros por donde solo puede pasar una persona a la vez.

Las esperas aumentan la probabilidad de agotar el oxígeno antes de completar la subida o iniciar el descenso. Shrestha recordó la súplica de otro sherpa que temía no volver con vida a su familia.

La junta de turismo de Nepal informó que más de 1.000 personas alcanzaron la cumbre esta temporada, la más concurrida de la historia, lo que reavivó el debate sobre la capacidad de carga del Everest y la seguridad en la montaña.

Las opciones de rescate tienen limitaciones. Aunque un piloto francés logró aterrizar un helicóptero en la cima en 2005, la mayoría de las operaciones no superan los 6.500 metros.

Según Nima Namgyal Sherpa, los equipos de rescate disponen de recursos escasos para estabilizar a un paciente a gran altitud y suelen emplear oxígeno como primera medida. Usan pocos medicamentos para cuadros como el edema cerebral o analgésicos antiinflamatorios para la congelación, porque en ese entorno extremo las posibilidades de éxito son reducidas.

Además, cada intento de auxilio en la zona de la muerte pone en riesgo también a quien acude al rescate. Shrestha pudo descender porque un sherpa local le compartió el oxígeno que le quedaba y otros compañeros la ayudaron más abajo.

Incluso quienes conocen bien la montaña y han vuelto varias veces reconocen que entrar en esa franja extrema deja una impresión duradera: cada respiración puede convertirse en una lucha por la supervivencia.

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