30 de junio de 2026
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Qué es la curaduría y por qué no es decoración

Mientras el arte suele asociarse a museos y galerías, el diseño forma parte de la vida cotidiana desde que una persona despierta hasta que se acuesta, presente en objetos tan comunes como un cepillo de dientes, una llave de agua o un colchón.

Desde esa perspectiva, la primera tarea curatorial no es escoger piezas, sino sacar al diseño del fondo casi invisible en el que suele operar. Solo así, afirma el artículo, es posible distinguir qué objetos mejoran la vida de las personas y cuáles no aportan, una diferenciación que luego orienta lo que se compra y se conserva.

Frente a la idea extendida de que un curador selecciona en función de lo que le resulta atractivo, la curadora mexicana Ana Elena Mallet —especialista en diseño moderno y contemporáneo latinoamericano y reconocida por su trabajo curatorial y por proyectos en arquitectura e interiorismo— sostiene que la curaduría implica procesos de investigación y diálogo que forman parte de la evolución del propio diseño.

La especialista lo resume así: “Los museos siguen siendo fundamentales para la investigación y la construcción de conocimiento, pero hoy las conversaciones sobre diseño suceden en muchos otros lugares”. A la vez, advierte que el valor de la curaduría no reside en montar escenarios atractivos, sino en generar contexto, establecer conexiones y proponer una lectura crítica.

Esa expansión modifica también la práctica de arquitectos e interioristas. Proyectar un espacio ya no supone solo resolver una estética, sino seleccionar materiales, artistas, oficios y marcas que dialoguen entre sí para construir una narrativa coherente.

Mallet sitúa esa discusión en América Latina y subraya la densidad histórica de sus objetos.

“En América Latina hemos heredado historias complejas y profundamente entrelazadas. Durante mucho tiempo, el diseño fue leído desde perspectivas que privilegiaban los grandes nombres o las influencias internacionales. Sin embargo, cuando observamos con atención, descubrimos que detrás de cada objeto existe una conversación entre industrias, talleres, artesanos, arquitectos, diseñadores y comunidades. La curaduría puede reunir esas voces y construir relatos más amplios”.

La curadora amplía esa idea con una lectura de la cultura material como vía para entender a la sociedad. “No me interesa presentar el diseño como una sucesión de piezas excepcionales, sino como una forma de entender cómo una sociedad imagina y construye su entorno. En ese sentido, la cultura material se convierte en una herramienta para leer nuestra historia. Los objetos nos hablan de aspiraciones, de contradicciones, de formas de habitar y de maneras de relacionarnos con el mundo”.

A partir de las miradas de ambas especialistas, el artículo organiza un proceso curatorial en varias etapas: primero la investigación de contexto; luego la identificación de relaciones entre autores, materiales, técnicas y comunidades; después la definición de un concepto o relato; más tarde el establecimiento de criterios éticos y territoriales; y, finalmente, la decisión sobre lo que queda fuera.

El texto remarca que ninguna de esas fases es prescindible y que su omisión transforma la selección en un gesto más comercial que en un proceso curatorial riguroso. En esa lógica, el recorte no es secundario, sino una operación que contribuye al rigor del resultado.

La reflexión final de AD Latinoamérica vuelve a los objetos que perduran en la vida doméstica y a las historias que activan. Curar, desde esa premisa, significa elegir aquello que mantiene una relación con la memoria y con la manera en que una sociedad imagina, produce y habita su entorno.

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