Las repetidas alertas sobre una inminente e inevitable invasión china de Taiwán contrastan con las limitaciones operativas del Ejército Popular de Liberación (EPL) y con cambios tecnológicos en la región. Esa es la conclusión del almirante retirado estadounidense Dennis Blair en Foreign Affairs, en un texto titulado “El espejismo de la ventaja militar de China”. Blair sostiene que, pese al rearme de Pekín, la tecnología y la geografía favorecen hoy la defensa de la isla.
Blair afirma que, en la actualidad, China no dispone de la capacidad necesaria para conquistar Taiwán ni es probable que la alcance en el corto plazo. Señala problemas internos en el EPL, como déficits en liderazgo y altos niveles de corrupción que han afectado la eficacia operacional de las fuerzas armadas.
El análisis también subraya que la doctrina militar china sigue dominada por oficiales procedentes del ejército de tierra con escasa experiencia naval y donde el peso de la subordinación política supera a la competencia técnica. Según Blair, el ascenso por lealtad o por prácticas corruptas no se traduce en pericia para operaciones marítimas complejas.
Para Pekín, las alternativas a una invasión a gran escala —como un bloqueo aeronaval o ataques selectivos con misiles— presentan riesgos elevados y escasa legitimidad internacional. Un bloqueo podría desencadenar una respuesta rápida de otros actores, y los aliados ya contemplan medidas como convoyes de escolta por aguas japonesas y filipinas, lo que reduciría la efectividad de presiones económicas sobre Taiwán.
Asimismo, la opción de una campaña punitiva por misiles se enfrenta a una nueva realidad tecnológica. Blair destaca el despliegue estadounidense de misiles hipersónicos de largo alcance en el Pacífico, que limita la protección de las defensas antiaéreas chinas y pone en riesgo la infraestructura continental del sureste de China. Esa superioridad tecnológica estadounidense complicaría la obtención de una superioridad aérea y marítima previa a cualquier ofensiva china.
Las lecciones aprendidas en Ucrania e Irán
El entorno estratégico internacional ha ofrecido lecciones recientes. El conflicto de seis semanas en Irán, que terminó con un alto el fuego el 8 de abril de 2026, mostró que grupos de combate de la Armada estadounidense pudieron operar pese al lanzamiento de proyectiles iraníes guiados con ayudas tecnológicas rusas y chinas, sin sufrir impactos relevantes. Para Blair, ese antecedente genera dudas en Pekín sobre la eficacia de su doctrina de saturación ante contramedidas electrónicas occidentales.
Además, la resistencia ucraniana frente a Rusia ha influido en la doctrina defensiva de Taipéi. El uso masivo y relativamente barato de drones, tanto comerciales como militares, ha demostrado que fuerzas con menor tamaño pueden frenar el avance de un adversario superior y condicionar operaciones navales en espacios marítimos confinados.
Blair resume este aprendizaje con la idea de que, tal como ocurrió en Ucrania, una fuerza menor que emplee sistemas asimétricos modernos puede detener a un invasor.
Tomando en cuenta esa asimetría, el Gobierno de Taiwán propuso en noviembre de 2025 un presupuesto especial de defensa de 40.000 millones de dólares para ocho años, enfocado principalmente en desplegar enjambres de drones y misiles antibuque para dificultar cualquier intento de agresión.
El escudo de las alianzas regionales
Otro elemento disuasorio importante, según el artículo, es la respuesta de los países vecinos. Ante la mayor agresividad percibida de Pekín, Japón ha reforzado sus políticas de seguridad. La primera ministra Sanae Takaichi declaró que una agresión contra Taiwán podría constituir una “situación que amenaza la supervivencia” de Japón, lo que ha llevado a aumentos presupuestarios, la adquisición de capacidades de contraataque y el refuerzo de las islas Ryukyu para limitar el acceso de la Armada china al Pacífico.
En Filipinas, la administración de Ferdinand Marcos Jr. ha ampliado el acceso militar estadounidense a bases bajo el Acuerdo de Cooperación Mejorada en Defensa (EDCA), estrechando el perímetro operativo frente a los movimientos del EPL en el Mar de la China Meridional mediante proyectos de infraestructura financiados por Washington por alrededor de 100 millones de dólares.
Sin embargo, hay voces críticas y análisis que moderan el optimismo. Centros como la Rand Corporation y el Center for a New American Security (CNAS) recuerdan factores políticos y psicológicos: la polarización interna de Taiwán, la presencia de corrientes partidarias que favorecen acercamientos con Pekín, y la posibilidad de que Xi Jinping esté dispuesto a asumir costos altos por un objetivo de reunificación. También plantean que China podría optar por una guerra híbrida —ciberataques, operaciones psicológicas y presión financiera— en lugar de un desembarco tradicional.
Frente a esas objeciones, Blair sostiene que mantener la paz en el estrecho no depende de la complacencia sino de una combinación de realismo y confianza entre los aliados. Según su evaluación, mientras Estados Unidos conserve ventajas tecnológicas como misiles hipersónicos en el Pacífico y Pekín contemple los costos elevados de una acción militar, la disputa sobre Taiwán tenderá a permanecer en el terreno ideológico y económico, más que en el uso abierto de la fuerza.


