Es cierto que las comparaciones suelen ser impopulares, pero durante un Mundial la atención está puesta en los partidos y también en las tribunas. La presencia del público es clave para completar el espectáculo: el colorido y la diversidad de las gradas generan sensaciones distintas y ponen de manifiesto las costumbres y culturas de cada pueblo.
Comparar a veces ayuda a entender mejor un tema. En el mundo del vino existe una comparación recurrente relacionada con su origen, que resulta especialmente interesante.
Los conceptos de Viejo y Nuevo Mundo son frecuentes al hablar de vino. El Viejo Mundo agrupa a los países vitivinícolas tradicionales de Europa (Francia, Italia, España, etc.), donde el vino se identifica fundamentalmente por su origen geográfico más que por la variedad de uva. En denominaciones célebres como Champagne, Chianti, Borgoña o Rioja no siempre aparece la variedad en la etiqueta.
Estos vinos están regulados por sistemas de denominación de origen que establecen áreas, variedades permitidas, rendimientos, tiempos de crianza y otras normas para resaltar las características del lugar. La historia y la consistencia de esas reglas han contribuido a su prestigio mundial.
En el Nuevo Mundo (Argentina, Australia, Sudáfrica, Chile, Nueva Zelanda, Uruguay, Estados Unidos, México, Canadá, entre otros) las reglas son distintas y la identificación por variedad tiene mayor peso. Eso da más libertad para experimentar y crear estilos propios; solo el tiempo y la historia suelen faltar para alcanzar la misma reputación. No obstante, los mejores vinos del Nuevo Mundo también pueden elaborarse con una filosofía de lugar, a partir de viñedos singulares donde el terroir predomina sobre la variedad.
Los tres países anfitriones de la Copa Mundial de la FIFA 2026 —Canadá, Estados Unidos y México— ocupan lugares diferentes en el mapa vinícola. Los tres producen vino, cada uno con trayectorias, climas y estilos propios, y algunos de sus vinos ya gozan de reconocimiento internacional.
Cómo son los vinos de Estados Unidos, México y Canadá
En general, en los países del Nuevo Mundo todavía predomina la identificación por varietal y por técnicas de vinificación más que por la indicación estricta del origen. Sin embargo, la viticultura tiende a orientarse cada vez más hacia la valorización del lugar, porque el terroir es la característica que resulta más difícil de reproducir.
Para consolidarse en el mercado, un vino necesita no solo cualidades distintivas sino también reconocimiento por parte de los consumidores y la crítica.
México ocupa un lugar destacado en la historia vitivinícola americana: allí se instaló la bodega comercial más antigua del continente, en una trayectoria ligada a la colonización española. Tras la caída de Tenochtitlan, los colonizadores y la Iglesia demandaban vino para la misa y las celebraciones, y en 1524 Hernán Cortés impulsó la plantación de viñedos entre los colonos.
En Estados Unidos, los intentos iniciales de reproducir las tradiciones europeas chocaron con el clima y las plagas, igual que en Canadá, hasta que la adaptación a cepas locales y la aportación de monjes y pioneros cambiaron la dirección del desarrollo vitivinícola.
En Canadá, la producción comercial moderna tardó en consolidarse por las duras condiciones climáticas. Los primeros colonos intentaron plantar variedades europeas sin éxito y recurrieron a especies americanas como Vitis labrusca y Vitis riparia, que producían vinos rústicos con carácter “foxy”. Con el tiempo, la introducción de híbridos y de variedades resistentes al frío, junto con la innovación técnica, permitió elevar la calidad. La primera bodega comercial moderna fue Vin Villa en Pelee Island; la Ley Seca (1916-1927) y las restricciones posteriores limitaron el crecimiento, pero la aparición de variedades como la Vidal y bodegas como Inniskillin impulsaron el desarrollo de vinos de calidad y el surgimiento del Icewine.
El Icewine canadiense nació cuando productores dejaron congelar naturalmente las uvas para concentrar azúcares y acidez; el desarrollo de esta especialidad, junto con una regulación como la VQA (Vintners Quality Alliance), posicionó a Canadá como referente mundial en este estilo.
En México, las primeras vides exitosas pertenecían a la Vitis vinifera llamada localmente “Uva Misión”, que se adaptó al centro del país. En el Valle de Parras se autorizó la producción de vino y brandy a fines del siglo XVI, dando origen a Casa Madero, la bodega en funcionamiento más antigua de América. A pesar de prohibiciones reales posteriores que limitaron la producción comercial durante largos periodos, las órdenes religiosas mantuvieron la viticultura en misiones. Más tarde, la región de Baja California y, en particular, el Valle de Guadalupe, se consolidaron como el principal polo productor de México, impulsado por inmigrantes y técnicas europeas; hoy concentra gran parte de la producción y produce vinos con influencia marina y reconocimiento creciente.
En Estados Unidos, desde los primeros decretos coloniales que incentivaban la siembra de vides hasta los repetidos fracasos en la Costa Este por clima y plagas, la viticultura encontró su mayor desarrollo en el Oeste. Las misiones españolas introdujeron la “Uva de la Misión” en California; en 1769 Junípero Serra plantó el primer viñedo en San Diego y más tarde se extendieron viñedos a lo largo de la red de misiones.
A comienzos del siglo XIX, pioneros como Jean-Louis Vignes en Los Ángeles y Agoston Haraszthy en Sonoma impulsaron la plantación de variedades europeas y la producción comercial a gran escala. El descubrimiento de climas mediterráneos en valles como Napa y Sonoma favoreció la viticultura. Tras superar la Ley Seca, el vino estadounidense se fortaleció tecnológicamente en las décadas de 1960 y 1970; el punto de inflexión internacional fue el “Juicio de París” de 1976, una cata a ciegas en la que vinos de California superaron a ejemplares franceses, situando a Estados Unidos entre las grandes potencias del vino.


