21 de julio de 2026
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Pasión argentina

El fútbol parece activar un fuerte sentimiento de identidad nacional: el país se tiñe de celeste y blanco y la gente reivindica su condición de argentino tanto en las victorias como en las derrotas. Esa conexión simbólica no elimina la dimensión territorial de la nación: la reivindicación de las islas Malvinas sigue presente. Al mismo tiempo, la lógica del capital ha transformado el deporte: la publicidad, las entradas costosas y los valores astronómicos en el mercado de pases evidencian una mercantilización que afecta incluso a nuestra pasión futbolera.

Que la selección rinda bien con jugadores formados en clubes de barrio evidencia, por contraste, las limitaciones del modelo de sociedades anónimas deportivas.

PASIÓN SUFRIDA

Tras cada triunfo ajustado o derrota, los hinchas repetían que “sin sufrimiento no es la Argentina”. La palabra “pasión” incluye esa dimensión de sufrimiento, pero también el impulso intenso hacia algo deseado.

La pasión puede entenderse como un compromiso total —en el deporte, en el amor o en la creación artística—. Autores como Eduardo Mallea hablaron de una “pasión argentina”. Si nuestra identidad se define por esa intensidad, cabe preguntarse por qué, como nación, a menudo nos resulta difícil encontrar la unidad, alcanzar el éxito colectivo o alcanzar la perfección.

Da la impresión de que la Argentina no ha encontrado una forma institucional que le acomode; la democracia republicana, tal como se ha practicado, parece haber acentuado divisiones en lugar de integrarlas. A lo largo de un siglo y medio, las instituciones democráticas han generado tensiones y episodios de paralización política, mientras que los períodos asociados a liderazgos fuertes —con todas sus controversias— suelen recordarse como momentos de mayor eficacia.

Un comentario en Twitter resumió esta sensación: “La política es un producto sintético… Argentina es demasiado compleja para la política. Los argentinos somos para la religión, no para la política.” Esa observación apunta a que, en nuestra identidad, hay elementos que exceden la lógica técnica de la organización burocrática y se vinculan más con emociones, afectos y una intuición de lo trascendente y lo creativo.

La selección nacional ejemplifica ese funcionamiento: no opera como un órgano deliberativo prolongado, sino bajo un liderazgo definido que impone un proyecto compartido. Los jugadores aceptan roles y renuncias personales en favor del conjunto, lo que exige disciplina y compromiso, y parece responder mejor a la manera en que muchos funcionan colectivamente.

En los orígenes de nuestra institucionalidad hubo quienes defendieron modelos distintos, como la monarquía, creyendo que armonizarían lo popular, lo militar y lo religioso. La opción republicana se impuso, pero persisten dudas sobre si siempre ha sido la forma más adecuada para nuestra realidad social y cultural.

Algunos sostienen que una monarquía, con su articulación de diferentes ámbitos sociales, podría ajustarse mejor a ciertos rasgos de la idiosincrasia nacional. En clave irónica o simbólica se mencionan ejemplos históricos y culturales que muestran afinidades diversas con figuras monárquicas, pero esa reflexión abre un debate amplio sobre forma de gobierno, tradición y modernidad.

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