26 de enero de 2026
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La Mona Jiménez en Cosquín: 38 años de la noche que cambió el cuarteto

El 27 de enero de 1988, el Festival de Cosquín vivió una de sus jornadas más caóticas. Lo que debía ser la consagración de Carlos “La Mona” Jiménez en el escenario Atahualpa Yupanqui derivó en un desborde masivo, con heridos y una proscripción que lo mantuvo fuera del festival durante décadas, y que finalmente contribuyó a consolidarlo como un icono nacional.

El colapso de la Plaza Próspero Molina

La expectativa por la actuación de Jiménez en la “capital del folklore” fue inédita. Aunque el cuarteto ya había tenido un antecedente exitoso en 1987 con el Cuarteto Leo, la magnitud de la convocatoria superó la infraestructura disponible y las previsiones organizativas.

Aquel día la ciudad quedó desbordada: con temperaturas superiores a 41 °C, se estima que alrededor de 100.000 personas ocuparon calles y alrededores. La Plaza Próspero Molina, con capacidad para poco más de 10.000 espectadores, se vio colmada tras la sobreventa de entradas y la presión de una multitud que logró vulnerar los controles de ingreso.

El espectáculo comenzó cerca de las 23:40, pero la euforia pronto se transformó en peligro. Por avalanchas y el riesgo para quienes estaban en las primeras filas, el cantante tuvo que interrumpir su actuación. Solo llegó a interpretar cuatro canciones: “Agujita de oro”, “¿Quién se ha tomado todo el vino?”, “Mi gallo es bien gallito” y “Nuestro estilo cordobés”.

“La mugre más grande”: el peso del prejuicio

Más allá de los problemas organizativos, el episodio dejó al descubierto tensiones sociales y culturales. Para sectores más tradicionales, la presencia del cuarteto en Cosquín fue percibida como una amenaza a la “pureza” del folklore. Jiménez manifestó años después el desprecio que sintió por parte de las autoridades del festival: “Cosquín es de Córdoba y nunca invitaron a un cuartetero a tocar… Era como si fuéramos la mugre más grande”.

Los medios de la época calificaron esa noche como “la noche negra”, una denominación que hoy se cuestiona por su carga estigmatizante hacia el género y su público. La organización responsabilizó al artista por los incidentes, lo que derivó en una proscripción que lo mantuvo alejado del escenario principal durante 24 años.

En medio del desorden, Jiménez intentó calmar a sus seguidores antes de ser escoltado fuera del predio por la policía. Sus palabras de esa noche reflejaron la angustia y la pulsión identitaria del momento: “Ahora nos vamos todos tranquilos a Córdoba, porque tenemos que demostrar que no somos indios”, y agradeció incluso “a los que se portaron mal, por quererme tanto”. Tras el escándalo, él interpretó el episodio como una demostración del arraigo del cuarteto en la provincia: “Fue una demostración de que Córdoba era cuarteto”.

De la proscripción a la redención histórica

El veto se levantó en 2012, cuando La Mona regresó a Cosquín para un recital reparador que comenzó alrededor de las tres de la mañana y se extendió casi dos horas. Al terminar esa presentación, resumió su regreso con una frase que aludía a su largo exilio: “Fuimos echados como perros de Cosquín, pero esta igual no es una revancha. Vinimos a terminar lo que quedó pendiente en el ’88”.

Hoy, a 38 años de aquel 27 de enero, el legado de esa noche es evidente. Un episodio inicialmente accidentado y violento contribuyó a nacionalizar el cuarteto: como reconoció el propio artista, el suceso hizo que “los diarios de Buenos Aires y todos los porteños empezaron a considerar que el cuarteto es una realidad”. Aquella llamada “noche negra” pasó a ser vista, en cambio, como el momento en que La Mona Jiménez dejó de ser un fenómeno regional para convertirse en un símbolo de la cultura popular argentina.

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