Un giro decisivo en el debate sobre el traslado de los megalitos de Stonehenge ha sido planteado por un equipo de la Universidad Curtin (Australia), que publicó un estudio que descarta la hipótesis de un transporte glaciar y atribuye el movimiento de estos grandes bloques exclusivamente a acción humana. La investigación, difundida en Communications Earth & Environment, utiliza análisis geoquímicos avanzados para ofrecer nuevas evidencias sobre el origen y las posibles rutas de las piedras.
Stonehenge, en el sur de Inglaterra, es uno de los monumentos prehistóricos más conocidos. Su construcción se llevó a cabo en varias fases por comunidades del Neolítico y la Edad del Bronce entre aproximadamente 3000 a. C. y 1500 a. C. El conjunto incluye grandes bloques de arenisca local de cerca de 25 toneladas cada uno, las denominadas piedras azules de dos a cinco toneladas, y la Piedra del Altar, de alrededor de seis toneladas.
La procedencia de esos materiales ha sido objeto de numerosas investigaciones. Según el equipo de Clarke y Kirkland, los bloques de arenisca proceden de Marlborough Downs, a unos 32 km de Stonehenge; las piedras azules provienen de las colinas de Preseli, en el suroeste de Gales, a unos 290 km; y la Piedra del Altar se relaciona con la cuenca Orcadiana, en el noreste de Escocia, a más de 700 km del sitio.
Durante décadas han coexistido dos hipótesis contrapuestas: una propone que las piedras fueron trasladadas por comunidades humanas mediante rodillos, trineos o transporte marítimo; la otra sugiere que los glaciares las habrían transportado y depositado. La falta de pruebas concluyentes mantuvo abierta la controversia.
Clarke y Kirkland aplicaron ahora métodos geoquímicos detallados, en particular datación U–Pb en minerales como circones y análisis de apatita, para reconstruir la historia sedimentaria de la región. Recolectaron muestras de sedimentos de varios arroyos alrededor de Stonehenge buscando señales minerales que indicarían la presencia de actividad glaciar.
Los resultados muestran que los circones encontrados en los sedimentos fluviales coinciden con fuentes locales británicas y carecen de aportes significativos de regiones lejanas, como sería de esperar si un glaciar hubiera traído las piedras desde Gales o Escocia. De forma similar, la composición de la apatita no revela un origen glaciar externo y se ajusta a depósitos locales.
El estudio observó una coincidencia aislada con minerales característicos de las piedras azules galesas, pero la evidencia es insuficiente para sostener la hipótesis del transporte glacial. Los autores subrayan que, de haberse desplazado cientos de toneladas por hielo, el registro sedimentario local habría dejado señales claras, las cuales no aparecen en sus análisis.
Por tanto, la investigación descarta la llegada de los megalitos por acción glaciar y apunta a un transporte por intervención humana o, al menos, a procesos sin implicación de glaciares. Esto refuerza la idea de que las comunidades neolíticas contaban con capacidades organizativas y técnicas suficientes para mover grandes bloques a largas distancias. “Algunos sostienen que las piedras podrían haberse movido por mar o sobre troncos, pero quizá nunca sepamos cómo lo lograron”, afirmó el geólogo Clarke, según declaraciones recogidas por Anne Doran.
El trabajo también pone de manifiesto el potencial de la geoquímica avanzada para resolver preguntas arqueológicas e históricas de larga data. El enfoque interdisciplinario aporta nuevas perspectivas sobre la relación entre sociedades antiguas y su entorno natural.
Aunque el método exacto de transporte de los enormes bloques sigue sin determinarse con precisión, el consenso derivado de este estudio es claro: las piedras de Stonehenge no fueron depositadas allí por acción del hielo.


