19 de febrero de 2026
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La IA redefine el armamento en Europa y Estados Unidos

Las fuerzas armadas occidentales están experimentando una transformación profunda impulsada por la necesidad de adaptarse a nuevos desafíos tecnológicos y mantener capacidades operativas frente a conflictos más prolongados y exigentes.

Un análisis reciente de McKinsey identifica como giro estratégico la adopción de arquitecturas modulares y una mayor integración de soluciones basadas en inteligencia artificial para responder a la creciente demanda tecnológica y al ritmo de consumo en el campo de batalla.

El origen de este cambio es la crisis del modelo tradicional de defensa: durante décadas las fuerzas de la OTAN y sus aliados se organizaron alrededor de plataformas verticales y heredadas de la Guerra Fría, poco preparadas para la dinámica actual.

Hoy los combates presentan nuevas características: las fuerzas combinadas pueden perder miles de sistemas no tripulados cada mes y, según simulaciones citadas por McKinsey, Estados Unidos podría agotar su inventario de municiones de precisión en menos de una semana en un conflicto de alta intensidad en Asia.

Ante esto, es necesario superar las limitaciones de reposición y adaptación de material. La modernización apuesta por abandonar las plataformas verticales en favor de una defensa modular articulada en varias capas que faciliten escalabilidad y resiliencia.

Ese diseño modular se compone de cinco capas principales: la plataforma física (hardware esencial); la infraestructura digital de defensa (capacidad de cómputo); la malla de transporte de datos; el tejido de interoperabilidad que integra sistemas; y la capa de aplicaciones y análisis donde opera el software avanzado y la IA.

Cada capa cumple una función estratégica para la innovación militar. La plataforma física, por ejemplo, debe ser escalable, económica y fácilmente reponible para que las pérdidas se puedan asumir sin depender de cadenas de producción lentas o artesanales.

En cuanto a la infraestructura digital, el reto es proporcionar el poder computacional necesario para las aplicaciones de vanguardia; solo en Estados Unidos McKinsey estima inversiones requeridas entre USD 160.000 millones y USD 230.000 millones para cerrar la brecha informática.

La malla de transporte introduce redes robustas y multimodales capaces de sostener la transmisión de información táctica en entornos hostiles; sin una red así, el flujo de datos y la seguridad operativa quedan limitados.

El tejido de interoperabilidad es clave porque permite que nuevas aplicaciones de software se integren en distintas plataformas, evitando desarrollos exclusivos y costosos que reducen la reutilización y la escalabilidad.

En la capa de aplicaciones y análisis la inteligencia artificial tiene mayor protagonismo: McKinsey destaca avances como la autonomía colectiva, la fusión de sensores y algoritmos de puntería que permiten decisiones operativas compartidas entre humanos y máquinas en tiempo real.

El capital de riesgo se concentra principalmente en ese nivel: en 2024 la inversión en inteligencia artificial fue de alrededor de USD 12.000 millones, y la destinada a software y redes alcanzó unos USD 40.000 millones; no obstante, la infraestructura subyacente sigue limitando el potencial de estas innovaciones.

La modernización enfrenta retos estructurales importantes. El modelo tradicional de adquisición, centrado en programas a medida, ha generado sistemas cerrados y ha ralentizado la actualización digital de las fuerzas armadas.

Eso obliga a grandes contratistas y a empresas tecnológicas disruptivas a proporcionar paquetes integrales, lo que dificulta la reutilización de componentes y la escalabilidad de las soluciones, y mantiene la brecha en infraestructura digital.

Esta fragmentación en la inversión y la obsolescencia de plataformas exigen reformas profundas. McKinsey sostiene que la adopción de arquitecturas de sistemas abiertos y la modernización simultánea de hardware y software son esenciales para cerrar la brecha computacional.

Ya hay señales de cambio: Alemania avanza hacia una defensa definida por software; el Pentágono impulsa iniciativas de inteligencia artificial; Japón ha creado un instituto de ciencia y tecnología para la innovación en defensa; y la OTAN promueve fondos y programas que priorizan tecnologías de doble uso y sistemas autónomos.

El espacio actúa como un laboratorio de esta transformación: los satélites caros y aislados están siendo reemplazados por constelaciones de pequeños satélites conectados por redes ópticas láser, una evolución liderada por actores privados que reduce costes y traslada el valor estratégico del hardware al software y al procesamiento de datos.

Estas tendencias afectan a todo el sector militar e industrial occidental. Los grandes contratistas se ven empujados a pasar de arquitecturas cerradas a plataformas abiertas, con oportunidades en la modernización digital y en el desarrollo de tiendas de aplicaciones militares.

Al mismo tiempo, las empresas emergentes ocupan espacios antes reservados a multinacionales, fomentando alianzas e integraciones más ágiles. Los inversores pueden convertir la capacidad industrial militar en un activo rentable a largo plazo si los gobiernos contribuyen a reducir riesgos y facilitan el acceso a financiación para ampliar la producción.

El informe concluye que el futuro de la tecnología militar occidental dependerá de la capacidad del ecosistema para superar obstáculos industriales y de conectividad digital; sin una modernización integral y un cambio en prioridades, incluso los ejércitos mejor equipados corren el riesgo de quedarse sin recursos clave en momentos críticos.

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