23 de febrero de 2026
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Detección temprana y nuevas tecnologías en la diabetes tipo 1

La diabetes tipo 1 constituye entre el 5% y el 10% de todos los casos de diabetes y se distingue por la presencia de anticuerpos específicos en el organismo.

Esos anticuerpos, llamados antiislotes, son proteínas producidas por el sistema inmunitario que atacan por error las células beta del páncreas, responsables de fabricar insulina. Además, son los marcadores principales de la diabetes tipo 1 autoinmune y aparecen en más del 95% de los diagnósticos iniciales.

La enfermedad se caracteriza por la destrucción autoinmune de las células beta productoras de insulina en el páncreas, lo que conduce a una eventual insuficiencia de insulina.

Aproximadamente 2 millones de personas en Estados Unidos y 8,4 millones en el mundo viven con diabetes tipo 1; la enfermedad se asocia con complicaciones microvasculares y macrovasculares, como retinopatía, nefropatía, neuropatía y enfermedad cardiovascular.

“Entre el 90% y el 95% de las personas con diabetes tipo 1 tienen al menos 1 autoanticuerpo cuando se les diagnostica diabetes”, describe una revisión de estudios científicos realizada por los doctores Laura Jacobsen y Desmond A. Schatz, publicada en la revista médica JAMA Network.

El trabajo fue destacado en la red social X por el cardiólogo Eric Topol, quien lo calificó como “una nueva revisión estelar sobre la diabetes autoinmune tipo 1”.

Los autores explican que estos autoanticuerpos incluyen los dirigidos contra la insulina, la descarboxilasa del ácido glutámico 65 (GAD65), la proteína asociada al insulinoma 2 (IA-2) y el transportador de zinc 8 (ZnT8). Estos marcadores suelen estar ausentes en la diabetes tipo 2 y en la diabetes monogénica.

Los autoanticuerpos aparecen antes de los síntomas clínicos y permiten identificar las primeras etapas de la enfermedad. Hasta el 44% de los niños y el 23% de los adultos con diabetes tipo 1 presentan cetoacidosis al diagnóstico. Aunque la aparición es más frecuente entre los 10 y los 14 años, la edad media de diagnóstico en Estados Unidos es de 24 años, según los investigadores.

Las personas con diabetes tipo 1 necesitan terapia con insulina de por vida, que puede administrarse mediante inyección subcutánea o con bomba de insulina. Los regímenes que buscan imitar la fisiología normal combinan una insulina basal de acción prolongada (una o dos veces al día) con insulinas de acción rápida en bolo antes de las comidas y para corregir hiperglucemias.

Ensayos clínicos aleatorizados han mostrado que los sistemas que combinan monitores continuos de glucosa (MCG) con bombas de insulina y ajustes automáticos en la administración reducen la hipoglucemia y mejoran los niveles de hemoglobina A1c, con mayor beneficio en quienes presentan niveles iniciales más elevados.

La doctora Laura Jacobsen decidió dedicarse a la medicina desde joven, aunque no siempre pensó en la endocrinología pediátrica. Una experiencia en un campamento para niños con diabetes definió su vocación y orientó su carrera hacia la investigación en diabetes tipo 1.

Uno de sus principales enfoques actuales es la detección temprana. Junto con la doctora Carla DeMeterco-Berggren, Jacobsen participa en el desarrollo de un protocolo para identificar autoanticuerpos, marcadores que pueden anticipar la aparición de la diabetes tipo 1 antes de la manifestación de síntomas.

La detección precoz es fundamental: “Ahora tenemos una terapia que puede retrasar la aparición de la diabetes tipo 1”, explicó Jacobsen. Reconocer a quienes están en riesgo permite hacer seguimiento y evitar complicaciones graves, como la cetoacidosis diabética, potencialmente mortal.

El proceso plantea desafíos: las pruebas pueden generar ansiedad en las familias, por lo que el acompañamiento clínico y la información adecuada son esenciales. El objetivo es aumentar la concienciación y ofrecer herramientas para actuar a tiempo.

Otro foco de su trabajo es mejorar el acceso a tecnologías de tratamiento en poblaciones minoritarias. Aunque en su clínica el uso de monitores continuos de glucosa es elevado, la adopción de bombas de insulina sigue siendo inferior a lo esperado.

“Queremos aumentar su utilización y mejorar nuestros datos para entender las barreras”, señaló Jacobsen. También está desarrollando un programa que facilite la transición de la atención pediátrica a la de adultos, una etapa crítica en la que muchos jóvenes pierden continuidad en su tratamiento.

Su trayectoria personal explica parte de su enfoque comunicativo: aprendió el lenguaje de señas americano motivada por dos compañeros sordos en la escuela y eligió la universidad en parte por ese programa.

Esa habilidad le permite acercarse mejor a pacientes y reducir barreras. A pesar de su agenda, sigue vinculada al campamento donde se forjó su vocación, participando como voluntaria más de una década después. Su compromiso combina ciencia, innovación y empatía.

En un campo donde los avances científicos amplían las posibilidades, investigadores como Jacobsen buscan no solo mejorar tratamientos, sino cambiar el futuro de la enfermedad, con la meta de detectar la diabetes tipo 1 antes de su aparición y, algún día, evitar que se desarrolle.

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